Esperaban que llegaras rota.
Ésa era la cuestión.
La familia Mendoza, una de las dinastías más ricas y frías de Madrid, te había enviado la invitación de boda por un único motivo: querían verte sufrir en público.
Querían que te sentaran cerca de la puerta de la cocina, en la mesa diecinueve, donde los camareros pasaban con bandejas vacías y nadie importante se molestaría en hablarte.
Querían que vieras a tu exmarido, Miguel Mendoza, casarse con una mujer más joven, de dinero rancio, postura perfecta y un apellido que las páginas de sociedad aún trataban como a la realeza.
Querían que entendieras tu sitio.
Exesposa.
Mujer desechada.
Error.
Pero Almudena Mendoza, la despiPero Almudena Mendoza, la despiadada, cometió un error grotesco: no tenía ni idea de que no acudirías sola.