Querido diario:
Esperaban que llegase rota. Ese era el plan.
La familia Mendoza, una de las dinastías más ricas y frías de Madrid, me envió la invitación de boda con una sola intención: querían verme sufrir en público. Querían sentarme junto a la puerta de la cocina, en la mesa diecinueve, donde los camareros pasan con bandejas vacías y nadie importante se molesta en hablarte. Querían que viese a mi exmarido, Miguel Mendoza, casarse con una mujer más joven, de rancio abolengo, postura perfecta y un apellido que las páginas de sociedad todavía tratan como a la realeza. Querían que entendiese mi sitio. Exmujer. Mujer desechada. Error.
Pero Dolores Mendoza, la despiadada madre de Miguel, cometió un error grotesco. No tenía ni idea de que yo no iría sola.
La invitación llegó en un sobre grueso de color crema que olía levemente a un perfume carísimo. Mi asistente la dejMi asistente la dejó sobre mi escritorio, entre un contrato por siete cifras y las pruebas finales de una campaña de lujo que mi agencia acababa de ganar, y al leer las letras doradas —Miguel Mendoza e Isabel de la Vega solicitan el honor de tu presencia— solté una carcajada, no porque fuese gracioso, sino porque la crueldad disfrazada de caligrafía me parecía ahora ridícula.