Y a la mañana siguiente, cuando el sol despuntó sobre la dehesa, Apolo relinchó con la misma energía impertinente que gastaba antes de que todo se torciese y mi hija, en pijama y con las botas de agua puestas del revés, salió disparada hacia el establo gritando “¡Papá tenía razón, este caballo es un pesado mañanero, pero es nuestro pesado mañanero!”.
El caballo de guerra que enseñó a un pueblo el verdadero perdónAquella bestia que un día trajo sangre y lamentos se tumbó mansa en la plaza, y al lamer la mano temblorosa de un niño huérfano, el pueblo entero entendió que el perdón no se explica, se posa.
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