Aún recuerdo el temporal que se desató aquella tarde, como si el cielo hubiese querido advertir lo que se avecinaba. El enorme yate blanco avanzaba despacio sobre un mar casi negro, y el viento azotaba la cubierta con tanta violencia que las copas de cristal tintineaban solas al compás de las olas. Azucena permanecía junto a la borda baja, mirando el agua con una inquietud que le helaba la sangre. A su lado estaban su marido, Daniel Ortega, y su hermano gemelo, Miguel. Muchos confundían a los dos incluso después de tratarlos durante años, porque no solo eran idénticos por fuera, sino que también compartían la misma crueldad fría en el alma.
Meses atrás, Azucena creía tener un matrimonio envidiable. Daniel se mostraba atento, cariñoso y no perdía ocasión de repetirle cuánto la amaba. Miguel aparecía con frecuencia, ayudaba a su hermano en los negocios y siempre sonreía con una calma que invitaba a confiar. Sin embargo, con el paso delSin embargo, con el paso del tiempo, Azucena empezó a notar miradas esquivas y conversaciones que se apagaban al entrar ella, hasta que una noche, tras descubrir documentos sobre traslados ilegales de personas en el puerto de Valencia y grabar una charla donde los gemelos mencionaban a un testigo desaparecido, los hermanos la invitaron a navegar durante una galerna y, creyéndola incapaz de flotar por un antiguo miedo al agua, la arrojaron al Mediterráneo; pero ella, que en secreto había aprendido a nadar como una atleta durante dos años, resistió horas entre las olas hasta ser rescatada por un pescador en la costa de Denia, y semanas después regresó al caserón de los Ortega dejando huellas mojadas y un mensaje pintado con carmín que decía «El mar no me quiso», para luego aparecer tras Daniel y susurrarle que ahora le tocaba a ella sembrar el terror.