La secretaria descubre un impactante recuerdo de su pasado en la oficina del jefe

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**Diario personal – Un secreto familiar**

El ascensor ascendía por el rascacielos de cristal que reflejaba el cielo azul de **Madrid**. **Lucía Gutiérrez** apretó su carpeta contra el pecho mientras repasaba los consejos que su madre le había dado esa mañana. A sus veintiséis años, nunca había estado tan nerviosa. Este trabajo lo cambiaba todo. *”Piso 25. Martínez & Abogados”*, anunció la voz automatizada.

Respiró hondo, alisó su falda negra —la única formal que tenía— y avanzó hacia recepción. Sus tacones resonaron en el suelo de mármol mientras absorbía la discreta elegancia del bufete más prestigioso de la ciudad.

—Buenos días, soy **Lucía Gutiérrez**, la nueva secretaria del señor **Martínez** —dijo con una seguridad que no sentía.

La recepcionista, una mujer de pelo impecable y gafas, la examinó.

—Llegas justo a tiempo. El señor Martínez detesta los retrasos. **Elena** te explicará tus funciones.

**Elena**, una mujer mayor de mirada astuta, la guió por pasillos donde abogados en trajes carísimos discutían casos millonarios. Un mundo distinto al suyo, donde cada mes era una batalla para pagar las medicinas de su madre.

—El señor **Martínez** es exigente —advirtió Elena—. Puntualidad, organización y discreción. Nunca lo interrumpas en llamadas importantes.

—¿Cuándo lo conoceré?

—Ahora mismo. —Elena bajó la voz—. No te asustes si parece frío. Así es con todos.

El despacho era exactamente lo que imaginaba: sobrio, con vistas panorámicas a **Madrid**, estanterías repletas de libros jurídicos y un escritorio imponente. Detrás de él, un hombre de cincuenta y tantos años firmaba documentos sin mirarla. Su traje hecho a medida y su pelo entrecano peinado con precisión gritaban poder.

Cuando alzó la vista, un escalofrío recorrió a Lucía. Sus ojos grises eran penetrantes y, curiosamente, tristes.

—Señorita **Gutiérrez** —dijo con voz grave—. Siéntese, por favor.

Su currículum era modesto, pero sus referencias universitarias eran impecables. Él hablaba de responsabilidades, pero Lucía apenas escuchaba. Su atención se fijó en el marco de plata sobre el escritorio: una foto descolorida de una niña de unos cuatro años con un vestido blanco y un girasol. **Era ella**.

—¿Me escucha? —La voz del señor **Martínez** la devolvió a la realidad.

—Disculpe… —balbuceó, señalando la foto con dedos temblorosos—. ¿Quién es?

Su rostro se endureció.

—Es personal —murmuró, casi con dolor—. Puede retirarse. Elena le explicará el resto.

El resto del día pasó en un torbélino de archivos y presentaciones, pero su mente no salía de aquella fotografía. ¿Cómo era posible?

Al llegar a casa —una modesta vivienda al sur de la ciudad—, encontró a su madre, **Isabel**, en la cocina.

—¿Cómo fue, hija?

—Bien… —Lucía dudó—. Mamá, el señor **Martínez** tiene una foto mía en su despacho.

La taza que sostenía **Isabel** se estrelló contra el suelo.

—¿Qué?

—La del girasol. ¡La misma que guardas en tu caja!

**Isabel** palideció y, sin decir nada, se dirigió a su habitación. Sacó una pequeña caja de metal de debajo de la cama. Dentro, entre cartas amarillentas y un anillo sencillo, estaba **la misma foto**.

—Hay algo que nunca te conté sobre tu padre… —su voz quebró—. **Tu padre es Javier Martínez**.

El mundo se detuvo.

**Isabel** le relató cómo, siendo joven, trabajó como empleada en la mansión de los **Martínez**, cómo **Javier** —recién casado por conveniencia con **Adriana Montero**, una heredera— se enamoró de ella en secreto. Cuando **Isabel** quedó embarazada, **Adriana** la amenazó: si no desaparecía, arruinaría a **Javier**.

—Él me dio dinero para empezar lejos… pero nunca le dije que estabas en camino. Le envié cartas… fotos… pero nunca respondió.

Lucía sintió que el suelo se movía bajo sus pies. Su padre no solo estaba vivo, sino que ahora era su jefe.

—¿Qué hago? —preguntó, sintiéndose niña otra vez.

**Isabel** le tomó las manos.

—Depende de ti, hija. Puedes irte… o quedarte y descubrir qué clase de hombre es realmente.


**Lección aprendida**: A veces, la verdad duele más cuando se oculta. Pero solo enfrentándola se puede sanar.

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