**Capítulo 1: La Armadura de los Fantasmas**
La chaqueta olía a jabón viejo, aceite de armas y a la parte trasera de un armario que llevaba años sin abrirse. Era un aroma complejo, una mezcla de metal afilado y polvo reconfortante que me llegaba a la nariz cada vez que me hundía en el cuello. Para todos en el Colegio Público Valle del Río, era un engendro. Una tienda de campaña verde oliva, sucia, que me tragaba entera. Para mí, era lo único que mantenía mis moléculas unidas.
Tenía diez años y me estaba ahogando.
Todas las mañanas era igual. Mi madre estaba en la cocina, mirando una tostada que no se comería, las ojeras como moratones bajo la luz del amanecer. Yo me vestía en silencio, me ponía los vaqueros y las zapatillas, y luego iba al perchero. Me echaba la pesada lona sobre los hombros. Las mangas eran tan largas que me tapaban las manos, trozos de tela inútiles que hacían difícil sujetar un lápiz. El bajo me llegaba a las espinillas. No caminaba, arrastraba los pies. Parecía una niña disfrazada con los restos de una guerra. Pero no me importaba. Cuando me la abrochaba, el mundo se volvía más silencioso. Seguro.
Las burlas empezaban en cuanto bajaba del autobús amarillo.
—Mirad esto —anunció Natalia Rueda, con una voz tan aguda que podía romper cristales. Estaba apoyada en las taquillas, rodeada de su corte de clones con chubasqueros pastel. —La mendiga ha vuelto. ¿Te la encontraste en el contenedor de la Caridad, Lucía? ¿O la desenterraste?
Bajé la cabeza, mirando las baldosas del suelo desgastadas. Pie izquierdo, pie derecho. Solo tenía que llegar a clase. No responder. No llorar.
—Es un insulto, de hecho —intervino Javier Morán. Era el tipo de niño que memorizaba normas solo para chivarse. Se plantó delante de mí, bloqueándome el paso al Aula 4B. Cruzó los brazos, inflando el pecho. —Mi padre dice que llevar equipo militar sin haberlo ganado se llama Robar el Honor. Es ilegal, Lucía. Eres una delincuente.
—No… no es ilegal —susurré, la voz atrapada en el cuello de lana. —Es de mi padre.
Javier soltó una risa seca que atrajo la atención de los mayores. —Ah, claro. ¿Tu padre? ¿El que nunca aparece? Seguro que la compró en un excedente para hacerse el importante. Falso. Como tú.
No lo sabían. Ninguno de ellos lo sabía. No sabían del golpe en la puerta tres meses atrás. No sabían de los dos hombres con uniforme de gala en el porche, sus caras máscaras de dolor profesional. No sabían de la bandera doblada en la repisa, ni de cómo mi madre se sentaba en la cocina a oscuras, mirando la nada, olvidando encender las luces al anochecer.
Apreté los puños de la chaqueta. Dentro, en el forro, aún podía olerlo. Un rastro de chicle de menta y lluvia. Si respiraba hondo, estaba caminando conmigo al colegio. Si cerraba los ojos, me agarraba la mano, su palma callosa y cálida.
—Déjala en paz, Javier —dijo una voz suave desde un lado. Era Sara, una chica de mi clase de arte, pero no se acercó. Solo parecía incómoda.
—Solo defiendo a los que sirven —bufó Javier, tirando de mi manga. —Quítatela, Lucía. Pareces un payaso.
Me aparté, la tela resistiendo. —No.
—Basura —susurró Natalia al pasar. —Pura basura.
La llevé todos los días. En el calor asfixiante de septiembre, sudaba bajo la camiseta, gotas resbalando por mi espalda, pero no me la quitaba. Era mi armadura. Sin ella, solo era una niña sin padre y sin voz. Con ella, era la hija del Sargento Martín. Aunque nadie más lo creyera.
**Capítulo 2: La Llegada del General**
Luego llegó el Acto del Día de los Caídos.
El gimnasio era una caja húmeda de ruido. Las gradas crujían bajo el peso de quinientos niños inquietos. El aire olía a cera, restos de bocadillos y ansiedad adolescente. Yo me senté arriba del todo, en un rincón, intentando hacerme invisible contra la pared. Natalia y su grupo estaban dos filas abajo, lanzándome palomitas cuando los profesores no miraban.
—Eh, soldado —susurró Natalia, volviéndose— ¿Vas a bajar a saludar? Quizá te den una medalla al “Mejor Disfraz”.
Las risas se extendieron como un virus. Me ardía la cara. Subí el cuello, escondiendo los ojos. Solo quería desaparecer. Quería que el suelo se abriera y nos tragara a mí y a la chaqueta. Toqué la costura del bolsillo con el pulgar. Aguanta, me dije. Papá querría que fueras valiente.
—¡Silencio! —rugió el director López por el micrófono—. Hoy tenemos un invitado muy especial. Un héroe que sirvió a nuestro país durante treinta años. Den la bienvenida al… General Alejandro Márquez.
Las puertas se abrieron de golpe.
El silencio fue absoluto. Como si alguien hubiera apagado el mundo.
El General Márquez entró. Era imponente. Un hombre enorme, con cuatro estrellas brillando en los hombros bajo las luces fluorescentes. Su uniforme estaba tan planchado que podías cortarte con los pliegues. No caminaba, desfilaba, tragándose el espacio entre la puerta y el atril con una zancada que exigía respeto. Tenía una cicatriz en la mandíbula, el pelo plateado cortado al ras y unos ojos que parecían haber visto el fin del mundo y sobrevivirlo.
Se acercó al micrófono. Lo ajustó sin mirar. Escudriñó el mar de estudiantes. No sonrió.
—La libertad —comenzó, con una voz grave que resonó en mi pecho— no es gratis. Se paga con sangre, con sudor y con las sillas vacías en las mesas de este país.
Era fascinante. Hasta Javier dejó de jugar con los cordones. El General habló de honor, de sacrificio, de los hermanos que había perdido en lugares que ni siquiera encontraríamos en un mapa. Habló del deber.
Y entonces, ocurrió.
Estaba escaneando el público, su mirada barriendo las gradas como un faro. Hablaba de valentía frente al miedo.
—Defendemos a los que no pueden… —dijo, y de pronto, se detuvo.
A mitad de frase.
Se quedó helado.
El silencio se alargó, incómodo y pesado. El director parecía nervioso. Los profesores se miraban confusos. ¿Había olvidado el discurso? ¿Estaba enfermo?
Pero el General no miraba sus notas. No miraba al director. Miraba hacia arriba.
Directamente a la esquina de las gradas.
Directamente a mí.
Su rostro, antes de piedra, palideció. Abrió la boca un instante, luego la cerró. Entrecerró los ojos, como si no pudiera creer lo que veía. Era la mirada de un hombre que ve un fantasma.
Dejó el atril, ignorando el micrófono. El sonido chirrió, pero no se inmutó. RodEl General se acercó a mí con lágrimas en los ojos, y en ese momento comprendí que la chaqueta no solo me protegía a mí, sino que guardaba el alma de un héroe que seguía caminando a mi lado.