El pasado en la calle: cuatro rostros familiaresAquel encuentro casual lo obligó a enfrentar las consecuencias de sus acciones diez años atrás.

6 min de leitura

El todoterreno negro se detuvo con suavidad casi impertinente frente al semáforo en rojo de la Gran Vía. Afuera, Madrid bullía con su mezcla de cláxones, turistas y el aroma de los puestos de churros que se colaba como un susurro cálido en la noche húmeda. Adentro, los cristales tintados guardaban el silencio y el brillo del lujo.

Javier Montero se aflojó el nudo de su corbata de seda y se permitió un instante de satisfacción. La fusión con el conglomerado europeo estaba cerrada. Otro contrato de nueve cifras firmado con su nombre. Otro paso para convertir a Inversiones Montero —que antaño fue un negocio familiar— en un imperio sin fronteras.

—¿Tomamos la M-30 para volver a la oficina, don Javier? —preguntó el chófer, Miguel, observándolo por el retrovisor.

Javier miró la estatua de Cibeles a lo lejos, blanca y distante como un sueño que ya no le emocionaba.

—No, Miguel. Déjame aquí. Necesito estirar las piernas.

Miguel dudó, pero el tono de Javier no admitía discusión.

—Como usted mande.

Javier bajó. El aire olía a asfalto recién mojado y a chocolate caliente de alguna cafetería cercana. Caminó con la espalda recta, como si el peso de la capital le perteneciera. A sus cincuenta y dos años, las primeras canas en su pelo oscuro no le restaban autoridad: se la aumentaban. Sus ojos —un verde claro, frío, heredado de su abuelo vasco— habían hecho bajar la mirada a consejos de administración enteros.

El semáforo peatonal se puso en verde. Javier avanzó con la muchedumbre, calculando mentalmente la reunión del consejo que tenía en cuarenta minutos. Fue entonces cuando las vio.

Cuatro niñas idénticas, apiñadas en una esquina, colocaban ramos hechos a mano en cubos de plástico. Llevaban chaquetas desiguales, claramente de segunda mano, y guantes sin dedos que dejaban ver sus manos enrojecidas por el frío. Un cartel apoyado en un cubo decía: “Flores por esperanza. 1 euro.”

Javier habría seguido su camino, como siempre. Tenía por costumbre ignorar todo lo que le recordaba que el mundo no era un club privado. Pero algo lo detuvo: la línea delicada de sus pómulos, la dignidad en la inclinación de sus cabezas… y esa sensación absurda de familiaridad que no lograba explicarse.

Una de las niñas alzó la mirada.

Javier contuvo la respiración.

El bullicio de la ciudad se volvió un rumor lejano, como si alguien hubiera bajado el volumen del mundo. Aquellos ojos… los ojos de su estirpe. El verde exacto de los Montero. No en un rostro. En cuatro.

La llamada de su móvil lo sobresaltó. Se le resbaló el maletín de la mano.

—Don Javier, el consejo pregunta si llegará con retraso —dijo la voz de su asistente, lejana como si viniera de otra vida.

—Yo… te llamo luego —murmuró, colgando sin apartar la vista.

La niña que lo había mirado primero dio un paso adelante y le tendió un pequeño ramo de margaritas y claveles.

—¿Quiere flores, señor? Son bonitas. Cuestan un eurito.

La cadencia de esa voz le quebró algo por dentro. No por el tono infantil, sino por el eco: la misma música que tuvo tiempo atrás la voz de Valeria Salazar, su exmujer, antes de que él la echara de su vida.

—¿Quiénes… quiénes sois? —se le escapó.

La niña frunció el ceño, como si la pregunta le resultara extraña.

—Yo soy Lucía. Ellas son Martina, Jimena y Alba —dijo, señalando a sus hermanas—. Nos llaman “las niñas de las flores”. Así nos conocen.

Alba, la más pequeña, tiró de la manga de Lucía con urgencia.

—Tenemos que irnos. Doña Carmen se va a preocupar.

En menos de un minuto, recogieron cubos y ramos con una eficiencia aprendida y se esfumaron entre la gente.

Javier se quedó solo, con el maletín en el suelo y un vacío que le ardía en el pecho.

Diez años.

Diez años desde que Valeria lloró frente a él, con una mano sobre el vientre aún plano, repitiendo que era un milagro.

Diez años desde que él, diagnosticado como “estéril” desde la universidad, la acusó de infidelidad y la expulsó de su casa para proteger el apellido Montero.

Esa noche, en su ático de Salamanca, Javier abrió una caja de piel que no tocaba desde hacía años. Fotos, postales, recuerdos de cinco años de matrimonio. En la imagen de su boda, Valeria sonreía con ojos castaños y esperanza intacta. Javier se vio a sí mismo más joven, capaz aún de una felicidad que ahora le parecía ajena.

Recordó la última discusión con una claridad dolorosa.

—Es un milagro, Javier —había dicho Valeria, temblando—. Los médicos se equivocaron. Son nuestros bebés.

Y él, frío, impecable, devastador:

—Los especialistas fueron claros. Yo no puedo tener hijos. ¿De quién son, entonces?

Valeria se fue al día siguiente. Sin nota. Sólo la ausencia y su anillo sobre la mesa del comedor.

Javier creyó haber ganado. Se aferró a esa versión porque le permitía seguir sin mirar el vacío que se abrió después. Y su hermana, Elena Montero, reforzó esa historia con una calma perfecta.

“Sólo te estaba utilizando.”
“Te lo dije.”
“La familia es lo primero.”

Ahora, cuatro pares de ojos verdes le decían que la verdad había sido muy diferente.

Marcó a su jefe de seguridad.

—Sanz… necesito que localices a cuatro niñas. Son idénticas, de nueve años. Y encuentra a Valeria Salazar.

La respuesta llegó al día siguiente, como un puñetazo.

—Señor… Valeria está en Alcalá-Meco. Condena de seis meses por robo menor. Lleva cuatro ingresada.

A Javier se le nubló la vista.

Robo menor. Valeria… la mujer que pedía disculpas por coger la última galleta. La mujer que cantaba mientras arreglaba flores en la cocina.

La tarde siguiente, Javier siguió a las niñas desde la Gran Vía hacia calles cada vez más humildes. Las vio partir un solo bollo de pan con jamón en cuatro trozos iguales en una panadería de barrio, como si repartir el hambre fuera su rutina. Después entraron en un edificio desgastado con un letrero desconchado:

HOGAR ALEGRÍA — Refugio para mujeres y niños.

Doña Carmen, una mujer mayor de mirada firme, las recibió con abrazos cálidos. Las niñas le entregaron el dinero de la venta como si le dieran un tesoro.

Javier cruzó la calle y llamó a la puerta.

—Siempre necesitamos voluntarios —dijo doña Carmen, escudriñándolo de arriba abajo. Su ropa “informal” no lograba engañar del todo—. Y necesitamos hombres que no vengan a jugar a héroes. ¿Qué sabe hacer usted?

Javier tragó saliva. Sintió, por primera vez en años, vergüenza de verdad.

—Puedo repartir comida. Arreglar cosas. Acompañar a las niñas… si me lo permite.

Doña Carmen no sonrió, pero abrió la puerta.

—Empiece hoy. Y una advertencia: ellas no confían fácilmente.

En la cocina, las cuatrillizas —porque eso eran, lo supo al instante— servían potaje con delantales que les quedaban enormes. Lucía lo vio primero. Sus ojos se entrecerraron con recelo, como si ya supiera que los adultos llegaban y se iban.

—Él es “don Javi” —anunció doña Carmen, usando el nombre falso que Javierse iban. —Va a ayudarnos un tiempo.

Jimena dio un paso al frente, protectora.
—Entonces mañana que cargue los cubos. Pesan mucho.
Martina lo observó con ojos de artista.
—Y que no estropee las flores. Se marchitan.
Alba lo miró como se mira un milagro tímido.
—¿Va a volver?
Javier sintió que un nudo se le apretaba en la garganta.
—Sí —prometió, y por primera vez en su vida una promesa le pesó como un juramento—. Voy a volver.

Leave a Comment