El sonido de la cremallera de la maleta cortó el silencia de la cocina con una intensidad que no debería haber tenido.
Lucía Mendoza permanecía de pie en medio de su cocina, las encimeras de mármol brillando bajo la luz cálida de las lámparas colgantes, mientras observaba al hombre que había sido su marido durante ocho años.
Diego apoyaba el codo en la isla de la cocina, los brazos cruzados, esa sonrisa de suficiencia que tanto odiaba jugueteando en sus labios. Llevaba un traje gris que probablemente costaba más que el alquiler mensual de muchos, su reloj de oro reflejando la luz con cada movimiento de muñeca. Todo en él gritaba dinero, poder, control.
—¿Así que realmente lo vas a hacer? —preguntó, con un tono cargado de burla—. ¿De verdad te vas a ir?
Las manos de Lucía no temblaron al dejar las llaves de la casa sobre la encimera. El metal resonó contra el mármol, un sonido definitivo.
—Sí.
Él se rio—de verdad se rio.
—Adelante. Vete. Te doy una semana sin mí, quizás menos. ¿Adónde vas a ir, Lucía? ¿Qué vas a hacer? No has trabajado en años. Has vivido de mi dinero, en mi casa, conduciendo mis coches.
Lucía no dijo nada. Simplemente sacó el móvil del bolsMiró la pantalla: eran las 11:47 p.m., y en trece minutos comenzaría un nuevo día, una nueva vida.