Mi marido me arrastró a la fiesta para impresionar a su nuevo jefe, pero el multimillonario ignoró su mano, me tomó la mía y susurró: «Llevo 30 años buscándote… aún te amo». Y a mi marido se le cayó la copa de champán.
Aquella misma tarde, mientras las lilas perfumaban el salón y Esteban me leía en voz alta un poema de Machado, supe que el pasado por fin quedaba enterrado.