La nieve, fría y despiadada como el propio destino, danzaba tras la ventana helada, transformando la ciudad en un reino espectral de silencio y helor. En una pequeña habitación, donde el aliento se convertía al instante en una nube de vaho, una mujer se aferraba a una niña de frágil constitución.
—Mamá, no quiero separarme de ti—, un susurro quebrado tintineó en el aire gélido, como un trozo de hielo al resquebrajarse. Los ojos de la niña, enormes y azules como nomeolvides escarchadas, estaban arrasados en lágrimas.
—Mi golondrina, mi solecito, es necesario. Muy necesario. Pronto, muy pronto, estaré a tu lado—, las palabras sonaban a conjuro, a plegaria que la mujer repetía intentando convencerse a sí misma. Acariciaba el pelo fino como seda de su hija, y cada uno de sus dedos parecía entumecerse por la inminente separación.
—¿Y yo cómo voy a estar sin ti, sola?
—No estarás sola, contigo estará Santi. Él lo prometió.
Junto a la estufa, intentando calentar sus manos ateridas, estaba el hijo de unos vecinos. Sus rizos pelirrojos parecían guardar el rescoldo de un verano ya extinguido, y su mirada, adulta y seria para su edad, estaba fija en su pequeña amiga.
—Verónica, te di mi palabra. Una palabra fuerte. Te protegeré—, dijo con firmeza, acercándose y poniendo una mano en su hombro.
A Elena le resultaba insoportablemente duro, pero la razón, fría y lúcida, le repetía una y otra vez: era el único hilo de salvación, la única oportunidad de arrancar a los niños del infierno del cerco. El hambre, el frío que calaba los huesos, las estufas que apenas humeaban y los ojos vacíos de quienes ya se habían rendido. Santi había perdido a su madre el invierno anterior; ella se fue intentando dar vida a un nuevo ser, y ambos permanecieron para siempre en el piso helado. La ayuda no llegó a tiempo, se perdió en los remolinos de nieve de una ciudad condenada.
Suplicó al jefe de taller que le permitiera partir con los niños, pero solo recibió una respuesta seca, que no admitía réplica:
—Si todos los que tienen hijos se van, ¿quién se quedará junto a las máquinas? ¿Crees que a mí me resulta dulce estar aquí? Pero hay una orden. Una orden de hierro. Desobedecerla sería firmar tu propia sentencia.
—Se lo ruego… ¡Salve al menos a mi niña! La encontraré después, cuando termine esta pesadilla. Por muy aterrada que esté, debo pensar en su vida. Y a Santi… Está completamente solo en el mundo, es el hijo de nuestros vecinos.
Así fue como Verónica y Santiago se encontraron en una columna de otras pequeñas sombras perdidas, conducidas por el frágil hielo de una carretera que era a la vez vida y esperanza, tan estrecha sobre un abismo negro.
Los dos años siguientes, Elena vivió al límite, donde el cuerpo se niega a obedecer, pero el espíritu, impulsado por un único objetivo, la obligaba a dar un paso tras otro. Su meta era el reencuentro. Cada mañana despertaba con el pensamiento: «Hoy puede llegar noticia. Hoy puede terminar todo». Pero los días se alargaban en una cadena monótona e infinita. La gente, como sombras, caía en las calles y no volvía a levantarse. Su propia madre se convirtió en una de esas sombras, apagándose en silencio en una habitación helada. A ellos, los obreros de la fábrica de defensa, ni siquiera se les permitía pensar en marcharse.
A principios de febrero de 1944, cuando el cerco fue finalmente roto, una mujer delgada, casi translúcida, se acercó al jefe de taller. Su voz era baja, pero en ella resonaba un acero templado en el crisol del sufrimiento.
—El cerco ha terminado. Necesito encontrar a mi hija y a Santi. Déjeme ir.
—¿Sabes siquiera dónde buscarlos ahora? El país es enorme.
—Supe que su convoy fue enviado a la región de Valladolid. Buscaré en los orfanatos. Puede llevar tiempo.
—¿Y vas a ir sola? La guerra aún no ha acabado.
—¿Cree que después de todo lo vivido puedo temer algo aún?
Serafín Pérez, el jefe de taller, un hombre de rostro cansado y bigotes canos, suspiró con pesadez.
—¿Crees que es fácil dejarte ir? ¿Quieres que te quite la exención?
—¿Y si me da por… desaparecida? Entonces no habría preguntas. Mire a Prudencia Segura, estuvo tres meses como tragada por la tierra, y luego volvió. Un boticario anciano la cuidó entonces, la escondió en su casa. Miles de nosotros sobrevivimos como pudimos.
—No, no voy a acceder a eso. Puedo cubrirte dos meses. Pero para principios de abril, quiero que estés aquí y de vuelta al trabajo. Si no… ya me entiendes.
—Gracias—, susurró Elena y, moviendo con dificultad sus piernas debilitadas, salió del taller. La nieve ya no era un enemigo, solo era nieve. Comenzaba la búsqueda. Ya había hecho averiguaciones, sabía el nombre de la estación a la que habían llegado los evacuados. Ahora había que ponerse en camino.
Valladolid la recibió con el barro y el bullicio de la estación, tan extraño después del silencio sepulcral de Madrid. Estaba en el andén, perdida y desconcertada, cuando se le acercó una mujer mayor con un chaleco acolchado y un pañuelo en la cabeza.
—Hijita, ¿buscas a alguien?—, preguntó con suavidad, y en sus ojos brillaba una tranquila compasión.
—Sí—, exhaló Elena. —A unos niños. Un niño y una niña. Los trajeron aquí tras la evacuación. Necesito un sitio donde quedarme para hacer las gestiones.
—Ven a mi casa, vivo sola. No me pagues nada. Solo ayúdame con las tareas, mis manos ya no son lo que eran, me duelen.
—¡Con mucho gusto! Muchísimas gracias.
Así, Elena encontró refugio temporal en casa de Tarsila Stepanova, cuya bondad era un islote de salvación en el mar de desarraigo de la posguerra.
Esa misma tarde, de vuelta de la oficina, Elena se sentó a la mesa de la cocina, donde ya humeaba una tetera rechoncha y olía a pan de centeno recién hecho.
—Bueno, ¿cuéntame, cómo te fue?—, preguntó Tarsila Stepanova, sirviendo té en tazas de loza.
—He presentado solicitudes en todos los orfanatos de la región. Di no solo los nombres, sino también las señas. Mi Verónica tiene una cicatriz en el antebrazo izquierdo, en forma de media luna, se hirió una vez con el borde de una mesa. Debería haber permanecido. Y también pasaron las solicitudes a las escuelas, ya tiene siete años, debería estar estudiando. Santi tiene el pelo rojo, pecas y dos remolinos en la cabeza, siempre se le eriza—, por un instante, una sonrisa cálida, casi olvidada, asomó a los labios de Elena.
—Eso es, que sale a su padre, ¿pelirrojo? Y tú eres morena.
—No, no es mi hijo, es del vecino.
—Y aun así te preocupas tanto por él.
—Mi Verónica le tiene mucho cariño, son como hermanos. Y el chico da pena, su padre está en el frente, no hay noticias desde el inicio del cerco. Y su madre murió en el cuarenta y uno.
—¿Y tu marido?
—Cayó cerca de Madrid en los primeros meses.
—Pobrecita mía… ¿Tus padres viven?
—Mi padre murió en la milicia. Mi madre… no superó el invierno pasado.
—¿Y por qué no os evacuaron a vosotras?
—EY así, bajo el mismo techo que había conocido tanto dolor, aprendieron que la familia no solo se construye con la sangre, sino con los lazos inquebrantables del amor y la perseverancia forjados en la adversidad.