El pequeño Eli Martínez tenía siete años, pero esa noche parecía aún más chiquitito.
Sostenía un plato blanco contra su pecho mientras miraba la inmensa mesa del comedor. Había pollo asado, puré de patatas, verduras al vapor y pan recién horneado. El vapor se alzaba frente a los otros dos niños, Mateo y Sofía, que comían sin levantar la mirada.
Eli llevaba todo el día sin comer.
Lorena Gómez estaba junto a la encimera de mármol, revisando su móvil. Vestía un elegante vestido negro de un solo hombro. Su maquillaje impecable y su pelo recogido la hacían ver lista para una gala, no para una cena familiar.
Eli respiró hondo y dio un paso adelante.
Sus pasos apenas hicieron ruido sobre el suelo pulido.
Se detuvo al final de la mesa.
“Lorena, ¿hay comida para mí también?”
Mateo dejó de mover el tenedor por un instante, pero Lorena no respondió al momento.
Levantó la mirada lentamente. Primero, observó el plato vacío. Luego, examinó la camisa gris de Eli, sus zapatos desgastados y su rostro pálido.
“¿Cuántas veces tengo que decírtelo?”
Eli apretó los dedos alrededor del plato.
Lorena cruzó los brazos.
“No me llames para que te dé de comer. Yo cocino para mis hijos, no para callejeros.”
Sofía bajó la cabeza.
Mateo siguió comiendo, aunque sus manos comenzaron a temblar levemente.
Eli sintió su estómago encogerse. No solo por hambre, sino por vergüenza. Miró el plato como si esperara que apareciera algo en él.
“Solo quería un poco de pan,” susurró.
Lorena se acercó a la mesa y apoyó una mano sobre el respaldo de una silla.
“Si tienes hambre, espera a tu padre. Tú no eres mi responsabilidad.”
Eli alzó la vista.
“Papá dijo que llegaría tarde.”
“Entonces tendrás que esperar hasta que sea tarde.”
“Pero no desayuné.”
Lorena se inclinó hacia él.
“Ese no es mi problema.”
En ese momento, Rosa, la trabajadora que llevaba años con la familia, apareció por el pasillo. Llevaba una cesta con ropa limpia. Al escuchar las palabras de Lorena, se detuvo en seco.
Eli la miró con esperanza.
Rosa dio un paso hacia la cocina.
“Señora Lorena, puedo preparar algo para el niño.”
Lorena giró la cabeza.
“Usted hará exactamente lo que le pago.”
“Pero el pequeño está muy pálido.”
“Rosa, vuelva a la lavandería.”
La mujer miró a Eli y luego a la comida que sobraba en la mesa.
Había suficiente para alimentar a diez personas.
Sin embargo, Rosa sabía que enfrentarse a Lorena puede empeorar las cosas. Las veces que había intentado ayudar a Eli, ella había amenazado con despedirla y acusarla de robo.
Rosa retrocedió lentamente.
Eli sintió que su última esperanza se desvanecía.
Colocó el plato vacío sobre la mesa.
“Perdón por molestar.”
Se dio la vuelta para salir, pero de repente la puerta principal se abrió de golpe.
El sonido vibró en los cristales.
David Martínez apareció en el umbral.
Llevaba una camisa azul arrugada y sostenía un grueso sobre marrón. Su rostro estaba tenso. Había pasado las últimas horas en una clínica privada, después en la oficina de su abogado y, finalmente, en el banco.
Había descubierto tres secretos que podían destruir su matrimonio.
Pero nada lo preparó para la imagen que encontró al llegar.
Mateo y Sofía tenían los platos repletos.
Eli permanecía junto a ellos con las manos vacías.
David observó el rostro enrojecido del niño.
Luego miró a Lorena.
“¿Por qué Eli no está comiendo?”
Lorena cambió de expresión al instante.
Su rostro frío se convirtió en una máscara de falsa preocupación.
“Llegaste justo a tiempo. El niño estaba haciendo otro berrinche.”
Eli miró a su padre.
“No estaba haciendo un berrinche.”
Lorena golpeó suavemente la mesa con los dedos.
“Eli, los adultos están hablando.”
David dejó el sobre sobre la encimera.
“Pregunté por qué no tiene comida.”
Lorena soltó una pequeña risa.
“Porque no soy su sirvienta. Ya tengo dos hijos que cuidar.”
“Hay comida de sobra.”
“Es comida que preparé para mis hijos.”
David permaneció completamente quieto.
Rosa observaba desde el pasillo. Podía ver cómo la respiración del hombre se volvía más lenta, como si intentara controlar algo peligroso dentro de él.
Lorena levantó la barbilla.
“Si Eli tiene hambre, que su verdadero padre se preocupe de él.”
El silencio cayó sobre la cocina.
Eli retrocedió confundido.
David apretó la mandíbula.
“Soy su padre.”
“Entonces aliméntalo tú.”
David miró a Mateo y a Sofía. Ninguno de los dos niños se atrevía a levantar la vista.
Luego volvió a mirar a Lorena.
“Entonces tus hijos tampoco deberían comer.”
Lorena frunció el ceño.
David colocó una mano sobre el sobre marrón.
“Porque acabo de descubrir que ninguno de ellos es mío.”
El tenedor de Sofía cayó al suelo.
Mateo dejó de masticar.
Lorena perdió el color del rostro.
Durante varios segundos, nadie se movió.
Después, ella comenzó a reír.
Era una risa nerviosa, demasiado rápida y demasiado fuerte.
“No sé qué clase de broma estás intentando hacer.”
David abrió el sobre.
Sacó dos informes médicos.
“No es una broma.”
Lorena miró los documentos, pero no quiso tocarlos.
“Esos resultados deben estar equivocados.”
“Los análisis se realizaron en dos laboratorios diferentes.”
“Alguien los manipuló.”
“Yo mismo entregué las muestras.”
Lorena tragó saliva.
Eli observaba a los adultos sin comprender del todo lo que estaba sucediendo.
David se acercó a la mesa.
“No iba a decirlo delante de los niños. Quería hablar contigo en privado. Pero después de escuchar cómo tratabas a mi hijo, ya no mereces ninguna protección.”
“Cállate,” susurró Lorena.
David no apartó la mirada.
“Mateo y Sofía no comparten mi sangre.”
Lorena golpeó los documentos y los arrojó al suelo.
“¡Eso no cambia nada!”
David inclinó la cabeza.
“¿Qué acabas de decir?”
Lorena comprendió su error demasiado tarde.
Mateo levantó la vista.
“Mamá, ¿qué significa eso?”
Ella lo miró, pero no supo qué responder.
David recogió uno de los documentos.
“Significa que tu madre sabía la verdad.”
Lorena retrocedió.
“David, podemos hablar de esto.”
“¿Quién es el padre?”
“No aquí.”
“¿Quién es?”
Lorena miró hacia el pasillo, como buscando una salida.
En ese momento, Eli dejó escapar un suave gemido.
El plato resbaló de sus manos y se rompió en el suelo.
El niño se llevó una mano al estómago.
Sus rodillas cedieron.
David logró agarrarlo antes de que su cabeza impactara en las baldosas.
“¡Eli!”
El rostro del niño estaba pálido.
Rosa corrió hacia ellos.
“No ha comido desde ayer.”
David levantó los ojos hacia Lorena.
“¿Desde ayer?”
Rosa comenzó a llorar.
“Señora, cerró la despensa con llave.”
Lorena avanzó hacia ella.
“¡Mentirosa!”
Rosa se puso tras David.
“No puedo quedarme callada más.”
David sostuvo a Eli entre sus brazos.
“¿Cuánto tiempo lleva esto ocurriendo?”
Rosa respiró con dificultad.
“Desde que usted comenzó a viajar por trabajo.”
La mirada de David cambió.
Ya no era solo rabia lo que sentía.
También había miedo.
“¿Qué más le ha hecho?”
Rosa abrió la boca para contestar.
Pero antes de que pudiera, Lorena tomó su móvil y corrió hacia la puerta trasera.
David la vio.
“¿Adónde vas?”
Lorena se detuvo con la mano sobre la manija.
A través del cristal, se veía la silueta de un hombre.
El desconocido llevaba rato esperando fuera de la casa.
Cuando la luz iluminó su rostro, David sintió que algo se rompía dentro de él.