Bajo una apariencia extrañaElla, sin embargo, no pudo evitar sentirse fascinada por su extraña belleza.

6 min de leitura

Hoy, sobre las once de la mañana, Clara regresó a casa tras un viaje de trabajo de cuatro meses.

No avisó por teléfono a su marido ni a su hijo. En su bolso llevaba unas verduras, un trozo de carne y algo de comida que a los dos les gustaba; simplemente quería prepararles algo calentito, como un buen desayuno.

Mientras subía las escaleras del edificio, el silencio la golpeó y la dejó paralizada. No se oía música, ni tele, nada en absoluto. Llamó a la puerta una vez. Después llamó un poco más fuerte. Nadie contestó.

Clara frunció el ceño.

—¡Estos dos…!

Se acercó a la puerta y volvió a llamar:

—¡Toc, toc, toc…!

Era extraño que nadie abriese a esas horas, casi las once y media de la mañana. Esperó un momento, pero no vio salir a su marido ni a su hijo.

Entonces Clara rebuscó entre sus cosas para encontrar la llave de casa. Como hacía tiempo que no la usaba, no le costó mucho dar con ella. Clara abrió la puerta.

Lo primero que le sorprendió fue que la vivienda seguía limpia y ordenada, de una forma extraña, o como ella se imaginaba, un lugar desordenado por la falta de la mano femenina.

Clara avanzó, dejando los paquetes con suavidad sobre la mesa. Entonces los vio.

Un par de zapatos de mujer, de tacón bajo y discretos, apoyados junto a la pared.

Se quedó helada. No eran los suyos. Lo supo con una certeza inquebrantable, casi física. Ella jamás había llevado zapatos de tacón bajo. Un pensamiento cruzó por su mente:

—¿Estarán pensando los dos en comprarme un regalo sorpresa?

Clara se acercó y cogió los zapatos para examinarlos. Parecían usados… y, sobre todo, eran distintos a su estilo habitual. Más llamativos, más raros.

Clara tragó saliva.

¿De quién podrían ser…?

Su corazón empezó a latir más rápido de lo normal. Caminó hacia el pasillo, cada paso más corto que el anterior, como si el suelo pudiese hundirse en cualquier momento.

La puerta del dormitorio principal estaba entreabierta.

Se acercó y empujó la puerta, gritando en voz alta:

—¿Qué…?

Se detuvo.

La luz de la mañana se filtraba, proyectando sombras irregulares sobre la cama. Las sábanas estaban arrugadas. Había dos personas. O al menos eso parecía al principio. Clara no sabía realmente lo que estaba viendo. No de inmediato.

Había algo que no encajaba.

Dio otro paso.

El silencio dejó de ser silencio. Era algo más. Más denso. Más pesado.

—¿Quién está ahí…?

Nadie respondió.

Entonces, un detalle. Pequeño. Significativo. Pero suficiente.

Clara notó que le temblaban las manos. Dio otro paso, casi sin darse cuenta. De repente, le costaba respirar.

Y en ese momento, comprendió lo que estaba a punto de descubrir…

No iba a ser algo pequeño.

Clara se acercó al borde de la cama. No gritó. Todavía no. Había algo en su pecho que no se lo permitía, como si el aire se le hubiera atascado.

Extendió la mano.

Duda.

La retiró.

Entonces, casi enfadada consigo misma, agarró la esquina de la sábana y la levantó de repente.

Un mechón de pelo. Largo. Oscuro. No era el suyo.

Eso fue todo.

No necesitaba ver más.

Su cuerpo se tensó, como si alguien le hubiese reemplazado la sangre con vidrio. Por un segundo, dos, tres… nada. Ningún pensamiento. Ninguna lógica. Solo una sensación cruda, directa, casi animal.

Entonces vio.

Una ola.

Caliente. Violeta.

Clara soltó la sábana como si le quemase. Dio un paso atrás, luego otro. Su respiración se volvió entrecortada. No lloraba. No gritaba. Era peor. Era esa clase de silencio que precede a romper algo.

Se giró.

Salió de la habitación.

Caminó hasta el salón sin mirar atrás. Cada paso más firme, más pesado. La casa, tan ordenada unos minutos antes, ahora le parecía una mentira bien organizada.

Miró a su alrededor.

Sus ojos se fijaron en la escoba, apoyada contra la pared.

Fue directa hacia ella.

La cogió.

No la alzó de inmediato. La sostuvo durante unos segundos, como si ese simple objeto necesitase convertirse en algo más, una extensión de lo que sentía.

—Claro… claro… —murmuró, casi sin voz.

Las ideas se agolpaban. Imágenes, sospechas, recuerdos que ahora parecían sospechosos. ¿Cuánto tiempo? ¿Desde cuándo? ¿Quién era esa mujer? ¿En su cama? ¿En su casa?

Apretó la escoba con más fuerza.

La madera crujió ligeramente bajo su mano.

Volvió al pasillo.

Cada paso era distinto ahora. Ya no eran cortos. Eran decididos. Duros. Como si cada pisada fuese una respuesta.

Se detuvo frente a la puerta.

Su respiración era pesada.

Levantó la escoba.

Y justo en ese momento…

Una puerta se abrió tras ella.

—¿Clara?

La voz.

La conocía demasiado bien.

Se giró.

Su marido estaba allí, saliendo de la habitación de su hijo, con el pelo despeinado, el rostro aún marcado por el sueño.

Tardó menos de un segundo en comprender lo que veía.

Clara, con la escoba en alto.

La puerta del dormitorio abierta.

Silencio.

—¡Clara, espera!

Se abalanzó hacia ella.

Demasiado rápido.

Le agarró del brazo justo cuando ella empezaba a bajar la escoba.

—¡Suéltame! —gritó Clara, ahora con la voz quebrada y cargada de emoción.

Él no la soltó.

—¡Escúchame, por favor!

—¡¿Escucharte?! ¿Qué tengo que escucharte?

Intentó soltarse, pero él la sujetó con más fuerza, sin hacerle daño, pero sin ceder.

—¡Mateo! —gritó hacia la otra habitación—. ¡Despierta! ¡Ahora!

Un movimiento dentro del cuarto.

Crujido de sábanas.

Una voz somnolienta.

—¿Qué pasa…?

Clara dejó de forcejear por un segundo.

Ese segundo bastó.

Mateo apareció en la puerta, despeinado, confuso, aún medio dormido.

Y tras él…

La mujer.

La misma.

Su pelo oscuro caía sobre los hombros, sus ojos de repente abiertos, desorientados.

Clara sintió que algo dentro de ella se rompía de nuevo.

Pero diferente.

No era la misma furia que hacía unos segundos.

Era… algo más complicado.

Más incómodo.

Más difícil de sostener.

—¿Mamá…? —dijo Mateo, su voz aún a medio camino entre el sueño y la sorpresa.

Nadie habló durante unos segundos.

Nadie sabía por dónde empezar.

Clara dejó de luchar.

La escoba bajó lentamente.

Su marido soltó su brazo con cuidado, como si temiese que cualquier movimiento brusco lo desencadenase todo de nuevo.

—Vamos… —dijo, con la voz más baja ahora—. Vamos al salón. Todos.

Clara no respondió.

Pero caminó.

Se sentó en la silla, rígida, sin mirar a nadie.

Mateo y la chica se sentaron juntos, casi rozándose, como si el espacio entre ellos pudiese protegerlos de algo.

El marido de Clara se quedó de pie unos segundos, luego también se sentó, pero al borde, quieto.

El aire era denso.

Pesado.

—Clara… —empezó.

Ella levantó la mano.

—No. —Su voz salió seca—. Primero… que alguien me diga quién es ella.

Breve silencio.

Mateo tragó saliva.

—Es… mi novia.

La palabra quedó flotando.

Clara la sostuvo en el aire, como si la hubiese escrito alY tres años después, en el salón de su nueva casita, con el pequeño correteando entre las risas de todos, Clara supo que aquel día no había ganado una nuera, sino que había ganado una hija más.

Leave a Comment