Papá, mi hermana no despierta y el hambre nos consume.

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Oye, escucha, te voy a contar algo. “Papá.” “¿Santiago, qué pasa? ¿Por qué me llamas desde otro número?” “Papá, Alma no se despierta.” “¿Qué? ¿Dónde estás? ¿Y tu madre?” “No está. No está desde el viernes. Tengo hambre. No queda nada para comer.” “¿Qué quieres decir con que no está? ¿Te has quedado solo?” “Sí. Ya no sé qué hacer más.”

Tomás se quedó callado un instante, luego se levantó de un salto, apartó la silla de una patada, cogió las llaves del escritorio y salió corriendo sin decir nada a nadie. Bajó en el ascensor mientras llamaba a Leticia. Su móvil estaba apagado. Otra vez. Tres veces más. Nada.

Se metió en el coche, arrancó y marcó otra vez. Buzón de voz. —¡Maldita sea!

Tomás condujo directo a la casa de Leticia. Tardó menos de media hora. Aparcó de cualquier manera, se bajó y empezó a dar golpes en la puerta con todas sus fuerzas. “¡Santiago, soy tu padre! ¡Abre!”

Nada. Empujó la puerta. No estaba echada. Entró. La casa estaba en un silencio total. En el salón, encontró a Santiago sentado en el suelo abrazando un cojín. Tenía la cara sucia, los ojos hinchados y el pecho hundido. “Papá, pensé que no vendrías.” “¿Dónde está Alma?”

Santiago señaló hacia el sillón. Alma estaba allí tumbada, quieta, con la cara pálida y los labios secos. Tomás se acercó y la tocó. Ardía de fiebre, no reaccionaba. La cogió rápido. “Vámonos rápido. No digas nada, sólo vente.” “¿Está dormida, papá?” “No. Pero se va a poner buena. ¡Vamos ahora mismo!”

Tomás salió con Alma en brazos y Santiago lo siguió. Se metieron en el coche, puso los cuatro intermitentes y pisó el acelerador a fondo. Mientras conducía, volvió a llamar a Leticia. Buzón.

Santiago, desde el asiento de atrás, preguntó: “¿Mi madre está enfadada?” Tomás apretó el volante. “No, hijo. Tu madre no está bien. Pero yo me ocupo de vosotros, te lo prometo.”

“¿Qué le pasa a la niña?” preguntó una enfermera en cuanto Tomás entró corriendo en urgencias con Alma en brazos. “¿Cuántos años tiene?” preguntó, acercándose rápido con una camilla. “Tres años. No ha comido bien en al menos dos días. Tiene fiebre. Estaba inconsciente cuando llegué.” “Vamos a estabilizarla. Por favor, quédese aquí.”

Un médico cogió a Alma y la tumbó en la camilla. Santiago se agarró a la pierna de su padre, sin decir nada. Tomás se arrodilló y lo abrazó. “Van a ocuparse de ella. Se va a poner bien.” “¿No se va a morir, verdad?” “No, hijo. Te lo prometo.”

Mientras llevaban a Alma a urgencias pediátricas, Tomás fue a recepción. Dio los nombres de sus hijos, explicó lo poco que sabía y pidió hablar con servicios sociales.

En menos de media hora, dos personas ya le preguntaban por qué los niños estaban solos. “Se suponía que estaban con su madre. Me dijo que iban a pasar el fin de semana a un sitio sin cobertura y que no la molestara. Mi hijo me ha llamado hoy. Dijo que la niña no se despertaba y que no comían desde hacía días. Eso es todo lo que sé.” “¿Y dónde está su madre ahora?” “Ni idea. Su móvil lleva apagado desde el viernes.”

Una de las trabajadoras sociales empezó a tomar notas. “¿Tienen la custodia compartida?” “Sí, así está en el acuerdo. Nos turnamos las semanas. Esta le tocaba a ella.” “Vamos a tener que poner una denuncia por abandono, señor Gutiérrez.” “Hagan lo que tengan que hacer. Yo sólo quiero saber cómo está mi hija.”

El médico volvió un rato después. “La niña está estable. Tiene una infección intestinal leve por la deshidratación y por no haber comido. La vamos a tener en observación. Lo bueno es que llegó usted a tiempo; un día más y la cosa habría sido muy distinta.”

Tomás soltó el aire que llevaba conteniendo sin darse cuenta. Santiago le apretó la mano. “¿Puedo verla?” “Dentro de un rato. Ahora está dormida, pero está bien.” “Vale.” Santiago asintió. “¿Y mi madre?”

Tomás no supo qué contestar. Se agachó y puso una mano en el hombro del niño. “No lo sé todavía, pero lo vamos a averiguar.”

Un par de horas después, una enfermera se acercó a Tomás. “Señor Gutiérrez, nos acaban de llegar partes de la policía. Su ex pareja ingresó en el hospital general el sábado por la madrugada tras un accidente de coche. Iba con un hombre que salió huyendo. Ingresó como paciente desconocida porque no llevaba documentación, pero ya la han identificado.” “¿Está viva?” “Sí. Estable, pero está sedada. Tiene fracturas y un traumatismo craneal. Se está recuperando.”

Tomás cerró los ojos un instante. Le dieron ganas de gritar, de romper algo, pero Santiago estaba allí mismo a su lado. “¿Puedo verla?” “Tendrá que esperar a que despierte. Aún no puede hablar.”

Tomás se levantó, sacó el móvil y llamó a su abogado. “Carlos, necesito iniciar los trámites de custodia. Es urgente. No voy a permitir que esto vuelva a pasar.” “Mándame la información y mañana mismo presentamos los papeles.”

Colgó y miró a su hijo. “Nos vamos a quedar aquí, ¿vale? Cerquita de tu hermana.” “¿Me puedo quedar contigo para siempre?” Tomás lo miró fijamente. “A partir de hoy, no os voy a soltar.”

Tomás se pasó toda la noche sentado en una silla junto a la cama del hospital donde dormía Alma, con el suero puesto. Santiago, ya caído de sueño, se había dormido en un sillón con una manta que le prestó una enfermera. Fuera empezaba a amanecer cuando la trabajadora social asomó de nuevo.

“Señor Gutiérrez, necesitamos hacerle unas preguntas más. Es parte del protocolo.” Tomás asintió sin levantarse. “Claro, lo que necesiten.” “¿Es la primera vez que los niños se quedan solos con su madre?” “Que yo sepa, sí. Pero mi hijo me ha dicho que otras veces los ha dejado solos, aunque menos tiempo.” “¿Y usted intentó contactar con ella durante el fin de semana?” “No. Me pidió que no la llamara. Dijo que iba a una finca donde no había cobertura con unos amigos. Según ella, quería desconectar.” “¿Le dijo con quién iba a ir?” “No, sólo dijo ‘con amigos’.” “Desde el Hospital General nos han comunicado que la señora Vargas ingresó con heridas graves y un traumatismo craneoencefálico. Iba con un hombre que salió huyendo. ¿Usted lo conoce?” “Ni idea de quién es, pero me imagino que es su novio. Ese tío ya me dio mala espina desde la primera vez que lo vi.” —Entendemos. Vamos a levantar un informe con todo esto. Por ahora, usted seguirá siendo el tutor provisional único de los menores. El informe se remitirá a fiscalía.

Tomás simplemente asintió. No quería perder tiempo con papeleos, pero sabía que tenía que hacerlo por sus hijos. Un rato después, se acercó una enfermera. “Señor, la nena está despierta. ¿Quiere pasar?”

A Santiago se le abrieron los ojos al oírlo. “¿Ya está Alma despierta?” “Sí, mi amor, ya puedes ir a verla.”

Entraron los dos. Alma estaba muy débil, pero al ver a su hermano, extendió sus brazos. Santiago corrió a abrazarla y se subió conSe subió con cuidado a la cama y la abrazó suavemente mientras Tomás, con el corazón aliviado, sonreía al verlos juntos y sanos otra vez.

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