El ocaso sobre Valdelaguna se apagaba lentamente, como a regañadientes despidiéndose de la tierra. Nubes deshilachadas, teñidas de carmesí, se reflejaban en las oscuras aguas del río Manzanares, que parecía inundado no de agua, sino de sangre espesa y enfriada. En la vieja espadaña musgosa de la ermita de San Nicolás, en la loma, la campana repicó las horas con pereza y ronquera: una, dos, tres, y su sonido se derramó sobre la comarca enmudecida, sobre las casas de adobe oscuro, sobre las coquetas casitas de baño, sobre la carretera resquebrajada que se perdía hacia Villanueva. A esa hora, cualquier alma viviente solía buscar ya el fuego, el calor, el hogar seguro. Pero en el pueblo de Valdelaguna, esa tarde nadie encendió las lámparas de petróleo ni se sentó a cenar. Por los patios, las traseras y las cocinas, susurraba una noticia tan increíble como la nieve en verano y tan inquietante como el tañido fúnebre.
Por el camino que llevaba desde la carretera maltrecha hasta las afueras del pueblo, vagaba un hombre. Caminaba sin prisa, moviendo con pesadez sus pies calzados con botas rotas atadas con cordeles. La capa militar, desteñida hasta el blanco en los hombros y quemada en varios lugares, le colgaba como en una percha. A la espalda le bailaba una mochila vacía; dentro, aparte de un mendrugo de pan seco envuelto en una camiseta limpia y una taza de hojalata sin asa, no había nada. El rostro del caminante, surcado por arrugas profundas como barrancos, estaba cubierto por una barba gris y erizada, ajena a las tijeras desde hacía mucho, y sus ojos hundidos miraban desde bajo unas cejas tupidas con una especie de fuego oculto y aterrador. Esos ojos habían visto demasiado y ya no esperaban nada del mundo. En ellos se leía alternativamente súplica, una calma glacial y, de repente, una pena mortal e imborrable, tan intensa que los pocos transeúntes que lo veían apartaban rápidamente la mirada.
Máximo Robledo regresaba a casa.
Trece años habían pasado desde aquella mañana de enero del cuarenta y dos, cuando su tren, sin llegar al frente, fue bombardeado cerca de Guadalajara y se convirtió en un montón de hierros retorcidos. Trece años sumidos en el negro embudo del olvido: hospitales, cautiverio, campos de filtración, largas travesías por tierras ajenas e inhóspitas. Todos esos años figuró en las listas de desaparecidos, y luego directamente fue borrado de la memoria de los paisanos, como se tacha de los registros a un difunto. Dejó de existir: para la familia, para el estado y, aparentemente, para sí mismo. Pero en el interior, en lo más hondo de su alma semimuerta, todo ese tiempo había ardido un pensamiento diminuto, como una brasa en la ceniza: regresar. Llegar. Ver.
Y ahora estaba en las afueras, junto al viejo pozo con la grúa torcida, y no podía dar los últimos pasos. El corazón le latía de forma acelerada y desordenada, amenazando con romperle las costillas. Tenía la vista nublada, ya fuera por el cansancio y el hambre, ya por la conmoción. Miraba hacia donde, tras una empalizada escuálida y una vieja y deshojada lila, se oscurecía una casa. Su casa. O, mejor dicho, aquella casa que había construido con sus propias manos tres años antes de la guerra, cuando aún era joven, lleno de fuerzas y esperanzas.
La vivienda, a primera vista, apenas había cambiado. El mismo caballete alto tallado por su padre, los mismos marcos de ventana tallados que él mismo había ensamblado a la luz de la candela en las largas veladas invernales. Solo al fijarse, Máximo notó las diferencias. El porche era nuevo, cubierto con tablillas, con unas barandillas sólidas. La puerta no chirriaba, sino que colgaba recta, con goznes nuevos que aún brillaban con grasa. De la chimenea salía humo, espeso y aromático; sin duda, quemaban leña de pino. Tras la casa se adivinaban los contornos de un cobertizo que antes no estaba, y se oía el tranquilo masticar del ganado.
La hacienda vivía una vida plena. Una vida fuerte, saciada, indiferente a él.
—Timoteo —susurró Máximo con los labios entumecidos, y ese nombre le quemó la garganta más que el aguardiente—. Hijo mío.
Dio un paso adelante. Luego otro. Sus piernas no le obedecían, se enredaban en el barro espeso y chapoteante. La verja estaba entreabierta y Máximo, reuniendo sus últimas fuerzas, la abrió hacia sí. El cerrojo oxidado chirrió y al instante, desde el fondo del patio, ladrando con desesperación, salió disparado un perro grande y peludo. Máximo se quedó inmóvil. El perro, gruñendo con rabia, se abalanzó sobre él, pero de repente, como si tropezara con una barrera invisible, se calló y retrocedió, olfateando el aire con desconfianza.
Al porche salió corriendo una niña de unos doce años. Descalza, a pesar del frío, con un vestido de percal y trenzas rubias despeinadas, se quedó paralizada mirando al extraño señor, y en sus ojos sorprendidos y muy abiertos no había miedo, sino más bien curiosidad.
—¿A quién busca, señor? —preguntó con voz clara, apoyando las manos en las caderas con aire de dueña.
A Máximo se le cortó la respiración. Miraba a aquella niña y no podía articular palabra. No era su hija. Él había tenido una hija, en otro tiempo, pero se llamaba de otra manera y sus ojos eran distintos. Esta lo miraba con ojos ajenos, castaños, los ojos de su madre, y en sus facciones no había nada de los Robledo.
—¡Mamá! —gritó la niña, volviéndose hacia el interior del patio—. ¡Aquí hay un señor, qué miedo! ¡El perro le ladraba y ahora no le ladra!
Desde el zaguán se oyeron pasos firmes y pesados. Al umbral salió un hombre. Recio, de hombros anchos, con una barba oscura y poblada en la que ya brillaban canas. Llevaba una camisa limpia, aunque remendada, y pantalones de pana metidos en las botas. Salió, secándose las manos con un trapo, y se quedó inmóvil, clavando la mirada en el recién llegado. Un instante estuvieron uno frente al otro, y el aire entre ellos se tensó como la cuerda de un arco. El hombre reconoció a Máximo. Y Máximo reconoció al hombre.
—Hola, Arquímedes Lucas —la voz de Máximo sonó apagada, como salida de debajo de la tierra—. ¿No me esperabas?
Arquímedes Sazón —el antiguo capataz, con quien Máximo había tenido más de una disputa en las reuniones del pueblo— no respondió. Entrecerró los ojos, como intentando ver en aquel muerto viviente al Máximo de antes, fogoso y fuerte. Luego, pesadamente, con todo el cuerpo, se volvió hacia la casa y gritó hacia la oscuridad del zaguán:
—¡Paulina! ¡Pola! Sal un momento.
Y entonces apareció ella.
Paulina salió al porche, secándose las manos en el delantal. Había engordado un poco, estaba más redonda, en las sienes —las primeras canas prematuras. Pero la misma andar ligero, casi volando, el mismo hoyuelo en la mejilla derecha, la misma mirada, un poco recelosa, con una sonrisa oculta. Al ver aMáximo, el exsoldado, el antiguo marido, el que fuera padre, y ahora nadie, un fantasma con el destino roto, cruzó el umbral de su propia casa, hundiéndose con cada paso en un abismo helado y sin salida.