La Protectora del Andén y el Secreto del ViajeLa joven sonrió con una gratitud inquietante y al apartar su mano, en la palma de la mujer quedó grabado con cenizas el mismo símbolo que había visto en una antigua leyenda urbana sobre ángeles vengativos.

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La noche cubría Villanueva de la Sierra con ese manto húmedo y pegajoso que solo se da a mediados de noviembre, cuando el otoño ya se retira pero el invierno aún no se decide a llegar. La llovizna no había cesado desde la mañana, colgaba en el aire como un fino polvo de agua que se posaba en las solapas, se colaba bajo la ropa y dejaba los rostros de los paseantes pálidos y desorientados. Las luces de los comercios se difuminaban en la niebla como borrones amarillos y rojos, y los sonidos de la ciudad se ahogaban en ese silencio húmedo, volviéndose apagados y lejanos. Marcos Sierra avanzaba con prisa por la calle de los Metalúrgicos, con la capucha de su vieja chaqueta de nailon calada hasta las cejas. Casi corría, esquivando a los pocos transeúntes, y bajo el brazo llevaba una bolsa gastada con su fiambrera y una camiseta de repuesto. El turno de noche en el taller de mecanizado de la Fábrica Metalúrgica de Villanueva empezaba a medianoche en punto, y la aguja pequeña de su reloj de pulsera se acercaba ya inexorablemente a las doce, mientras la minutero pasaba de los cincuenta.

Marcos siempre había vivido con un horario estricto, como un plano de ingeniería. Cada mañana: levantarse a las siete, ejercicio, un desayuno frugal. Cada tarde: camino hasta la entrada de la fábrica, relevo de turno, la máquina de control numérico cuyo zumbido constante le servía de música. Llevaba nueve años trabajando en la fábrica, desde que volvió de la mili. Primero como aprendiz, luego como operario, y ahora como instructor de los más jóvenes. Su vida era como un mecanismo perfectamente engrasado: trabajo, visitas esporádicas a su madre en el barrio de La Orilla Izquierda, pequeñas reparaciones en su piso, tardes tranquilas viendo la tele vieja. Toda variedad había desaparecido de ese esquema cuatro años atrás, cuando murió su hermana pequeña. Lucía se fue en apenas dos semanas, víctima de una fiebre repentina. Tenía trece años. Desde entonces, algo se había helado dentro de Marcos, alguna pieza crucial del alma se había escarchado y dejado de funcionar. No se permitía pensar en ello, encerrando el recuerdo en los sótanos más profundos de su conciencia.

En sus auriculares sonaba un resumen de las noticias locales: averías en las conducciones de la calle Invernadero, bajada de temperaturas hasta los tres bajo cero, atasco en el paso elevado. Marcos escuchaba a medias, sus pensamientos ocupados en la próxima puesta a punto de un nuevo módulo de fresado. Bajó al paso subterráneo cerca de la estación de autobuses, donde olía intensamente a aceite de máquinas de las tiendecitas de reparación de calzado y a chucrut del puesto de bocadillos cercano. En aquel olor había algo crónicamente cansado, igual que en él. Ajustó mecánicamente la correa de la mochila y se dirigió a los tornos de la entrada principal del metro.

Bajo las bóvedas de la estación de Los Libertadores, había relativamente poca gente. El eco de los escalones mecánicos, pasos dispersos, un vitral en la pared del fondo con unos engranajes abstractos. Marcos miró el reloj: faltaban cuatro minutos para la medianoche. Acercó su tarjeta de transporte al lector, ya anticipando que pillaría el próximo tren, cuando por el rabillo del ojo captó un revuelo en la zona de las taquillas. Allí, tras el cristal de una mampara, la encargada de la estación —una mujer corpulenta con uniforme— le estaba echando una bronca a alguien que apenas se veía tras una columna decorativa.

—¡No tengo tiempo para perderlo contigo! —le espetó la encargada—. Aunque tu madre esté enferma cien veces. No se puede, y punto. Vete por donde has venido.

Marcos, sin querer, aminoró el paso. De detrás de la columna salió una figurilla delgada. Era una niña de unos once o doce años, vestida con un abrigo de paño color ratón, demasiado grande para ella. Llevaba la cabeza cubierta con un pañuelo de Cuenca descolorido, del que escapaban mechones finos de pelo castaño. Pero lo más llamativo era que apretaba contra el pecho, con un brazo, una vieja muñeca de porcelana raída. A la muñeca le faltaba una pierna —en su lugar, del cuerpo sobresalía un alambre envuelto con hilo basto. El rostro de la niña estaba pálido, de pómulos marcados, y los ojos, desproporcionadamente grandes, grises, húmedos por lágrimas que no se derramaban.

—Por favor, señora —la voz de la niña era ronca, casi un susurro, con un deje de acento apenas perceptible—. Solo quiero pasar. Mi madre se está muriendo. Lo necesito mucho. No tengo nada de dinero, he venido andando desde el Poblado Oriental.

—A mí no me vengas con historias —la despidió la encargada con un gesto—. Todas «es que se muere mi madre». ¡Largo de aquí en cinco minutos o llamo al seguridad!

La niña se tambaleó, como si la hubieran golpeado. Cambió el peso de un pie a otro torpemente, y Marcos vio que llevaba zapatillas de lona ligeras, empapadas por el barro otoñal. Los pocos transeúntes pasaban como sombras indiferentes. Un estudiante con auriculares ni siquiera volvió la cabeza. Una pareja con bolsas grandes de la compra le lanzó una mirada de desdén y apretó el paso. A nadie le importaba.

Marcos se quedó parado, mirando. De repente, sintió un frío insoportable, aunque iba bien abrigado. Recordó otro tiempo, otro hospital, otra niña. Lucía tumbada en una cama de hospital, cubierta con una manta fina, pidiendo agua. Y él, que tenía prisa por llegar a un curso de formación por la tarde, le dijo: «Mañana vendré, Luci». Nunca llegó a ir al día siguiente. Ella murió por la noche, sin él. Aquella culpa se había clavado en su interior como una astilla, y se había prohibido acordarse de ella.

Sin darse cuenta, sus piernas lo llevaron hacia la taquilla.

—Oiga —dijo Marcos en voz baja pero con firmeza, dirigiéndose a la encargada—. Yo le pago el billete. ¿Cuánto es, cuarenta y ocho céntimos?

La encargada alzó las cejas, sorprendida. Echó un vistazo a Marcos, evaluándolo: ropa sencilla, bolsa de trabajo, cara cansada.

—¿Y a ti qué te importa, chaval? —preguntó, frunciendo los labios—. Se nota por el acento que es de los refugiados. Hay un campamento gitano bajo el puente. Te la van a jugar, y ni te darás cuenta.

—No le he pedido consejo —cortó él en seco, dejando un billete arrugado en el mostrador—. Haga el billete, por favor.

La encargada resopló, pero no discutió. Con un chasquido, salió un rectángulo de papel. Marcos lo cogió y se volvió hacia la niña. Ella seguía cabizbaja, apretando la muñeca como si fuera el tesoro más valioso del mundo.

—Toma —dijo Marcos en voz baja, ofreciéndole el billete—. Corre. Que tu madre se mejore.

La niña alzó la cabeza lentamente. Sus ojos grises, en los que parecía haberse congelado todo el frío de esa noche de noviembre, brillaron por un instante con una luz extraña, ámbar. No era el reflejo de las luces de la estación, sino una luminosidad interna. Cogió el billete, pero al hacerlo, sus dedos fríos y delgados rozaron deliberadamente su palma.

El contacto duró una fracción desintió una sacudida que no era electricidad, sino una ola deslumbrante y ardiente de un grito silencioso que inundó su ser desde fuera y le recorrió todos los huesos.

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