La gente pasaba a su lado, pero nadie se detuvo. Ni la ejecutiva con prisas, ni el joven con auriculares, ni siquiera el taxista, que apenas echó un vistazo antes de seguir su camino.
El bebé respiró con dificultad, su mirada se nubló y sus labios adquirieron un tono azulado. Lucía temblaba de frío y miedo, mientras su hijo apretaba su manita, sintiendo la indiferencia del mundo que los rodeaba.
De pronto, un BMW negro frenó en seco junto a la acera. Del coche bajó un hombre de traje oscuro, pelo impecable y rostro tallado como piedra.
Era Javier Mendoza, el empresario más temido de España, dueño de una fortuna de cuatro mil millones de euros y una reputación intachable.
Nadie esperaba compasión de él. Pero en ese momento, el hombre que parecía incapaz de amar vio algo en los ojos de Lucía: un amor tan puro y desinteresado que solo podía ser real.
Agotada, Lucía cayó a sus pies. “Por favor”, suplicó con voz quebrada, “salve a mi hijo. No tengo nada más en este mundo”.
Javier la miró durante lo que pareció una eternidad. Luego, con un gesto que cambiaría sus vidas, se agachó y la levantó.
“Levántate”, dijo con firmeza. “Ahora tu hijo es también el mío”.
Sin más palabras, subió a Lucía y al pequeño al coche y aceleró hacia el Hospital La Paz.
El motor rugía, la lluvia golpeaba el parabrisas. Lucía lloraba en silencio, abrazando a Samuel, mientras Javier conducía como si de sus vidas dependiera.
“Sobrevivirá, ¿verdad?”, preguntó Javier sin apartar los ojos de la carretera.
“No lo sé”, sollozó Lucía. “Por favor, no puede morir”.
En el asiento trasero, el niño jadeaba. Javier adelantó coches, ignoró semáforos. En menos de siete minutos llegaron a urgencias.
El millonario salió corriendo con el bebé en brazos: “¡Necesitamos ayuda! ¡El niño no respira!”.
Los médicos lo atendieron de inmediato, colocándolo en una incubadora. Lucía intentó seguirlos, pero una enfermera la detuvo: “Espere aquí, por favor”.
Javier le tomó la mano. “Tranquila, harán todo lo posible”.
Ella miró sus ojos decididos. “¿Por qué hace esto?”, susurró.
Javier dudó. En su mirada vio algo que le recordó a sí mismo: un niño solo en un orfanato, esperando ayuda que nunca llegó. “Porque todos merecen una oportunidad”, respondió.
En la sala de espera, le dio su abrigo. Luego ordenó a su asistente: “Carlos, tráele ropa seca y algo caliente”.
Lucía lo miró incrédula. “¿Quién es usted?”.
“Alguien que quiere ayudar”, contestó él.
“¿Cómo se llama?”.
“Javier. ¿Y tú?”.
“Lucía. Mi hijo se llama Samuel, tiene tres meses y es todo lo que tengo”.
Dentro de Javier, algo se conmovió. El hombre que había construido un imperio con números, sintió calor humano por primera vez. “Samuel estará bien”, prometió.
Los médicos salieron: “Necesitamos operarlo de urgencia. Los costes serán altos”.
“Yo pagaré lo que sea”, interrumpió Javier.
“Serán como mínimo doscientos mil euros”, advirtió el médico.
“No importa la cifra”, insistió el millonario.
Lucía lo miró entre lágrimas. “¿Por qué?”.
Javier sostuvo su mirada. “Porque una vez fui un niño que necesitó ayuda y nadie vino”.
Mientras operaban a Samuel, Lucía contó su historia: “Tengo veintidós años. Quedé embarazada en la universidad. El padre nos abandonó. Mis padres me echaron de casa. Trabajo de camarera de noche y estudio de día. Hace una semana, Samuel empezó con problemas. Gasté todo en médicos. Hoy mis padres me cerraron la puerta…”.
Javier escuchó en silencio, sintiendo una rabia que nunca antes había sentido. “¿Dónde vives ahora?”.
“En un cuarto de diez metros en Lavapiés, compartido con otras familias. No hay espacio para Samuel, pero no tengo otra opción”.
Imaginó a esa joven estudiando con su bebé en brazos, trabajando por un sueldo miserable y luchando cada día.
“Lucía”, preguntó de pronto, “¿qué quieres para tu vida si Samuel se recupera?”.
“Terminar mis estudios, ser profesora, darle un hogar digno a mi hijo”.
“¿Y si te digo que puedo hacerlo realidad?”.
Ella lo miró sorprendida.
“Trabajarías como mi asistente. Yo pagaría tus estudios, tu casa…”.
“No acepto caridad”, protestó.
“No es caridad, es una inversión. Necesito a alguien que me recuerde lo que es luchar por algo importante”.
En ese momento, el cirujano salió sonriendo: “El niño está fuera de peligro”.
Lucía se abrazó a Javier, llorando de alivio. Él la sostuvo, sintiendo una felicidad mayor que cualquier éxito empresarial.
Tres semanas después, se mudaron a un piso en Chamberí, con dos habitaciones y vistas al parque. Javier pagó sus estudios, le dio trabajo en su empresa y contrató una niñera.
Pasó los días con ellos. Formalmente, para asegurarse de que todo iba bien. En realidad, buscaba el calor de una familia. Ver a Lucía estudiar, el risa de Samuel… eso valía más que cualquier negocio.
“¿Por qué hace todo esto?”, preguntó ella una noche, cocinando juntos.
Javier dudó. ¿Cómo explicar que ella le había dado algo que nunca tuvo? “Porque me salvaste”, confesó al fin.
“¿Nosotros? ¡Tú salvaste a Samuel!”, dijo Lucía.
“No. Tú me salvaste de ser un hombre rico y vacío”.
Ella lo miró con ternura. “¿Qué te pasó? ¿Por qué temes amar?”.
Esa noche, Javier habló de su infancia en un orfanato, sin familia, decidido a no depender de nadie.
“No sé amar de verdad”, admitió.
Lucía le tomó la mano. “El amor es una lección que podemos aprender juntos”.
Seis meses después, su vida cambió. Su lujoso piso en Salamanca estaba lleno de juguetes. Lucía terminó sus estudios con honores y dirigió programas sociales en su empresa.
Samuel, de nueve meses, gateaba llamando “papá” a Javier, derritiendo su corazón.
Pero no todo fue fácil. La familia de Lucía apareció exigiendo dinero. La prensa se interesó por el magnate y la madre soltera. Los accionistas murmuraban.
“Tal vez deba irme”, dijo Lucía. “Estoy arruinando tu reputación”.
Javier sonrió. “Antes era un hombre sin alma. Ahora sé que la vida es más que dinero. Si esto arruina mi nombre, construiré otro”.
“¿Y tu empresa?”.
“Que hagan lo que quieran. He encontrado la felicidad”.
Ella lo miró con lágrimas. “¿Qué sientes por mí? ¿Por nosotros?”.
Javier miró a Samuel, dormido en sus brazos.
“Los amo”, dijo, sintiéndose libre. “A ti, a nuestro hijo, a nuestra familia. Si el mundo no lo acepta, que se vaya al diablo”.
Lucía lo besó. “Yo también te amo. Por el hombre que has llegado a ser con nosotros”.
“¿Te casarás conmigo?”, preguntó Javier. “Hagamos nuestro amor eterno”.
“¿Estás seguro? Soy solo una chica humilde con un hijo”.
“Eres la persona más valiente que conozco. La madre del niño que considero mío. Eres todo lo que quiero”.
El día del anuncio, la junta directiva de Mendoza Corp se reunió de emergencia. Los accionistas, liderados por Antonio Vega, le dieronLos accionistas lo amenazaron: “O rompes con ella o pierdes todo”, pero Javier, mirando la foto de Lucía y Samuel en su escritorio, respondió con calma: “Entonces elijo perderlo todo, porque sin ellos no tengo nada”, y al salir de aquella sala por última vez, supo que había ganado la única fortuna que realmente importaba: el amor de su familia.