El Hombre Rico se Burla, pero su Arrogancia se Convierte en AsombroAl ofrecerle humildemente el agua, la joven se incorporó y caminó, dejando al hombre rico mudo de la incredulidad.

6 min de leitura

El insomnio tenía forma de rueda.

Alejandro Delgado llevaba dos años escuchando, en la oscuridad de su dormitorio en La Moraleja, el mismo sonido: el suave chirrido del aro metálico cuando su hija Ana se movía por el pasillo para ir al baño o cuando su mujer, Laura, la acomodaba con cuidado para que no se le durmieran las piernas.

Cada noche, Alejandro se quedaba mirando al techo, repasando los “y si” como quien cuenta ovejas: y si hubiéramos ido antes al especialista… y si solo hubiera sido una inflamación… y si el médico no hubiera soltado “irreversible” con esa tranquilidad de quien no vive en esta casa.

Esa mañana de martes, se obligó a seguir adelante. Traje impecable, ojeras disimuladas a base de cafés, y Ana con su vestido amarillo —el que más le gustaba porque “parece de princesa”— ya sentada en la silla, con su lazo torcido y su mirada apagada.

—¿Lista para ver a otro doctor, princesa? —preguntó Alejandro, forzando un tono de seguridad.

Ana lo miró sin dramatismo, sin lágrimas, como si a sus cinco años ya hubiera asimilado la palabra “resignación” sin que nadie se la hubiera enseñado.

—Si tú quieres, papá.

Eso fue lo que le partió el alma.

Salieron hacia el todoterreno y, justo cuando Alejandro iba a arrancar, vio a un niño plantado frente a la verja. Tendría ocho, quizá nueve. Piel morena, pelo muy negro y unos ojos oscuros que no parpadeaban. Llevaba una camiseta roja desteñida, que le venía grande, y unas zapatillas desgastadas con los cordones anudados de cualquier manera.

El niño no pedía limosna. No fingía una pena que no sentía.

Miraba la silla de ruedas como si estuviera viendo algo que le dolía… y que, a la vez, comprendía.

Alejandro pensó en pisar el acelerador. Cualquier cosa para esquivar más “esperanzas” que luego se convertían en escombros. Pero el chico se acercó al cristal con paso firme.

—Señor… ¿me regala un minuto?

Alejandro bajó la ventanilla, más por curiosidad que por paciencia.

—¿Qué quieres? Vamos con prisa.

El niño señaló los pies de Ana, que asomaban bajo el vestido.

—Yo puedo lavarle los pies… y ella va a volver a caminar.

A Alejandro se le escapó una risa seca, casi un bufido. Era absurdo. Era cruel, incluso, venir a ofrecer milagros donde ya habían dejado más de cien mil euros y toda la fe del mundo.

—Mira, chaval… no sé qué timo es este, pero—

—No es timo, señor —lo interrumpió el niño, sin alterarse—. Me lo enseñó mi abuela. Se llamaba doña Remedios. Ella curaba gente por allí, en Valverde del Camino. Yo sé dar masajes con hierbas. Si no funciona, usted me echa. Pero si funciona… —y entonces el niño lo miró fijamente, sin pestañear— la princesa va a correr.

Alejandro sintió, por primera vez en meses, un pellizco de algo que no era dolor. Era esa mezcla peligrosa de esperanza y desesperación, como cuando apuestas lo único que te queda.

Ana, que había permanecido callada, se inclinó hacia delante.

—Papá… ¿quién es?

El niño sonrió, y la sonrisa le transformó la cara. De repente ya no parecía un crío de la calle, sino un niño… simplemente un niño.

—Hola, princesa. Me llamo Mateo. Mateo López.

Alejandro frunció el ceño.

—¿Y cómo sabes cómo se llama?

Mateo se encogió de hombros, como si fuera lo más normal.

—Pues… todo el mundo lo sabe. La señora del ultramarinos contó que la hija del señor Delgado ya no anda. Dijo que usted anda con el alma hecha trizas.

A Alejandro se le encogió el pecho. No había querido que su dolor se convirtiera en comidilla, pero el dolor, en España, vuela más que un mensaje de WhatsApp.

Ana alzó la manita, como pidiendo permiso.

—¿Tú de verdad me puedes ayudar?

Mateo se arrodilló para quedar a su altura.

—Puedo intentarlo. Pero tú también tienes que querer. Mi abuela decía que las piernas son cabezotas… pero el corazón es más cabezota aún.

Alejandro tragó saliva. Miró a su hija. Miró al niño. Y tomó una decisión que no era de empresario, sino de padre.

—De acuerdo. Pero lo hacemos bien. Con mi mujer delante. Y si algo no me gusta, se acaba.

Mateo dudó un instante, como si no creyera que la verja fuera a abrirse para él.

—Yo no tengo nada, señor… no quiero molestar.

—Si de verdad puedes ayudar a mi hija —dijo Alejandro, sorprendido por su propia firmeza— nunca más serás una molestia en esta casa.

La verja se abrió. El coche entró despacio. Mateo miraba los jardines como si fueran un museo: el césped impecable, la piscina reluciente, las buganvillas trepando por un muro blanco. Un mundo ajeno.

En el salón, Laura los recibió con una revista de decoración en las manos y la mirada gastada de quien ya no cree en nada.

—Alejandro… ¿qué es esto?

—Se llama Mateo. Dice que puede ayudar a Ana.

Laura soltó una risa amarga, esa risa de “ya no me duele porque ya me duele todo”.

—¿Vas a hacerle caso a un niño de la calle?

Mateo dio un paso al frente con educación, sacando de su pantalón corto una libreta pequeña, de tapas desgastadas.

—Señora… entiendo que desconfíe. Pero aquí tengo las recetas de mi abuela. Si quiere verlas.

Laura abrió la libreta. Dibujos de plantas, nombres extraños, instrucciones sobre puntos en los pies y los tobillos. Había algo… demasiado minucioso para ser inventado.

—¿Dónde está tu abuela?

La cara de Mateo se ensombreció de repente.

—Se marchó hace tres meses. Enfermó. Antes de irse me hizo prometer que seguiría ayudando. Dijo que si no, el saber se moría conmigo.

Laura sintió un vuelco en el corazón. Un niño solo. Un niño con una libreta como única herencia.

—Lo probamos —dijo al fin, respirando hondo—. Pero con condiciones. Aquí, en la habitación de Ana. Yo presente. Y al primer signo raro, paramos.

Mateo asintió, aliviado.

—Sí, señora.

Ese mismo día, con una palangana, agua templada, romero y hierbabuena del jardín, comenzó.

Mateo preparó una infusión concentrada y la echó al agua. La habitación se llenó de olor a campo. Ana cerró los ojos y suspiró cuando sus pies tocaron el agua.

—Huele bien… como después de la lluvia.

Mateo le masajeó con cuidado, presionando puntos concretos, sin prisa. Laura le sostuvo la mano a su hija, temblando. Alejandro observaba de pie, con los puños apretados, listo para gritar “¡basta!” ante cualquier cosa.

—¿Sientes algo, princesa? —preguntó Mateo.

—Como… un hormigueo por dentro.

Laura se quedó helada. Alejandro dio un paso.

—¿Seguro?

Ana asintió.

—Sí. Es raro… pero agradable.

No era un milagro. No era una escena de película. Era algo pequeño, casi invisible. Pero para ellos, después de dos años de nada, fue como ver una chispa en una habitación a oscuras.

Esa noche, mientras todos intentaban dormir con esa esperanza nueva —que daba tanto miedo como ilusión—, Alejandro le preguntó a Mateo dónde vivía.

—Bajo el paso elevado de la carretera —confesó el niño, bajando la mirada—. Pongo cajas deY justo cuando Alejandro, con el corazón aún encogido por la confesión de Mateo, iba a responder, Ana, desde su cama, estiró un brazo hacia ellos y susurró: “Papá, por favor, que se quede, así tendré un hermano que me cuente cuentos de su abuela”.

Leave a Comment