UN MILLONARIO REGRESA DESPUÉS DE 18 AÑOS PARA VER A SU EXMUJER… Y SE QUEDA PARALIZADO CON LO QUE ENCUENTRA…
¿Abrirías la puerta al hombre que te abandonó embarazada… si volviera convertido en millonario?
Javier Herrera bajó de la limusina y se quedó inmóvil frente a la humilde casita de adobe en las afueras de Toledo. El ramo de flores en sus manos parecía una burla. Tejas rotas, paredes agrietadas, un cubo recogiendo goteras: allí estaba la promesa que había roto.
Dieciocho años atrás, juró a Lucía Méndez que volvería rico, construiría un hogar digno y daría seguridad a los hijos que ni siquiera existían. Se fue diciendo “será solo un tiempo”. El tiempo se convirtió en una vida entera. Y el silencio de lo que dejó atrás.
Al llamar a la puerta, ella abrió rápido, como quien teme perder una visita. Lucía apareció apoyada en un palo a modo de bastón. Cabello canoso recogido, rostro marcado por el sol. La voz era la misma, pero cansada.
“¿A quién busca, señor?”
Javier tragó saliva antes de decir su nombre. “¿La señora Lucía… la conoce?”
“Soy yo. ¿Nos conocemos?”
Entonces lo entendió: ella no lo veía bien. Cobarde, mintió: “Soy Antonio, recién llegado al pueblo.”
Lo invitó a pasar con amabilidad. El suelo de tierra estaba barrido, pero desigual. De pronto apareció una adolescente de mirada verde y desconfiada. “Mamá, ¿quién es?” Era Ana, con su misma mandíbula. Detrás de ella, un niño de diez años corrió con dibujos en las manos.
“Se parece al hombre que dibujo”, dijo Pablo, señalando un traje oscuro en el papel.
Lucía rio, sin notar el terremoto en el pecho de Javier. “Mi marido se fue para hacer fortuna. Desde entonces, apañamos como podemos.”
“¿Cuánto hace?”, preguntó él, sin aliento.
“Dieciocho años.” Lucía respiró hondo. “Nunca supe de él. Pero siempre le pedí a Dios que protegiera a Javier y lo trajera de vuelta.”
La taza agrietada tembló en sus manos. Antes de que confesara, la puerta crujió y entró Don Carlos con sus herramientas. El anciano se detuvo. “Javier Herrera… eres tú.”
El silencio llenó la habitación. Ana dejó caer la silla. Pablo soltó los dibujos. Lucía giró el rostro, buscando el sonido. “¿Javier?”
“Soy yo”, susurró él.
Ana estalló: “¿Sabes lo que fue ver a mi madre trabajar hasta casi perder la vista? ¿Sabes lo que es el hambre disfrazada de ‘hoy no tengo ganas’?”
Javier no tuvo defensa. Solo la verdad. “Me dio vergüenza. Y la vergüenza se volvió cobardía.”
Lucía levantó el bastón. “Vete hoy. Si quieres volver mañana, ven sencillo. Sin teatros. Ven a escuchar.”
Al día siguiente, regresó con vaqueros, sin flores. Subió al tejado con Don Carlos, se hizo ampollas, sudó, sangró. Por la noche, alquiló una habitación en casa de Doña Carmen y aprendió a vivir sin comprarlo todo con dinero.
Las semanas se convirtieron en meses. Organizó los bordados de Lucía para que los vendiera a un precio justo, y pagó su consulta oftalmológica como donación anónima. Cuando la clínica llamó, Lucía preguntó: “¿Por qué?”
“Porque no puedo volver atrás”, dijo él, “pero puedo elegir no ser ausente hoy.”
Un día, su antigua empresa lo llamó. Crisis. Contrato. Fue y volvió antes de la cena, aunque perdiera millones. Pablo sonrió: “Has vuelto.”
Lucía aún tenía miedo. Ana aún lo ponía a prueba. Pero Javier aparecía cada día, incluso en los malos. Hasta que, una noche sencilla, Lucía murmuró: “Podemos intentarlo de nuevo… poco a poco.”
Y él comprendió, al fin: la riqueza no es el lujo. Es la presencia repetida.
“Si crees que ningún dolor es mayor que la promesa de Dios, comenta: ¡YO CREO! Y dinos también: ¿desde qué ciudad nos sigues?”