Hace mucho tiempo, en un pequeño pueblo de Castilla, presencié algo que nunca olvidaré. Treinta motoristas saqueaban una tienda de ultramarinos a las tres de la madrugada, y el dueño, allí plantado tras el mostrador, sonreía como si fuera lo más normal del mundo.
Yo, agazapada tras mi coche en el aparcamiento de enfrente, marcaba el 112 con los dedos temblorosos. Aquellos hombres corpulentos, con chalecos de cuero, llenaban bolsas de basura con todo lo que encontraban en los estantes. Solo llevaba tres semanas en ese pueblo perdido de la provincia de Toledo. Trabajaba de noche en un almacén cercano y volvía a casa cuando vi las motos aparcadas frente a la Tienda de Don Ramón. Treinta, al menos. Quizás más.
Mi primer instinto fue seguir camino. No meterme en líos. Pero entonces los vi a través del cristal. Recorrían los pasillos, metiendo en bolsas leche en polvo, pañales, comida enlatada, medicinas, papel higiénico… de todo.
Y el dueño, un hombre mayor de pelo cano, simplemente observaba. No pedía ayuda. No intentaba detenerlos. Cruzado de brazos, sonriendo.
Aparqué en un solar vacío y me agaché. Las manos me temblaban tanto que apenas podía sujetar el teléfono.
—¿112? ¿Cuál es su emergencia?
—Hay un robo —susurré—. En la Tienda de Don Ramón, en la carretera CM-400. Son motoristas, más de treinta. Se lo están llevando todo. ¡Por favor, envíen ayuda!
La operadora hizo una pausa.
—Señorita, ¿ha dicho en la Tienda de Don Ramón?
—¡Sí! ¡Están robando!
Otra pausa, más larga.
—Señorita… ¿usted no es de por aquí, verdad?
¿Qué clase de pregunta era esa?
—Llevo tres semanas. ¡Pero eso no importa! ¡Hay un robo en marcha!
—Voy a enviar a un agente. Quédese en su coche. Pero… lo que está viendo quizás no sea lo que parece.
—¡Claro que están robando! —grité.
—Espere al agente, por favor. Él se lo explicará.
Colgó. Me quedé mirando el teléfono, atónita. ¿Desde cuándo los operadores del 112 justificaban robos?
Miré de nuevo hacia la tienda. Los motoristas seguían cargando. Uno, un gigante con una barba hasta el pecho, llevaba cajas de agua. Otro arrastraba sacos de pienso para perros. Un tercero iba cargado de productos de higiene femenina.
¿Productos de higiene femenina? ¿Qué clase de robo era ese?
El dueño salió a la calle. Se reía. Se reía. Le dio la mano a uno, abrazó a otro. Hablaban como viejos amigos.
No tenía ningún sentido.
Un coche patrulla aparcó junto al mío. Esperé sirenas, gritos, que el agente saltara a detenerlos. En vez de eso, bajó la ventanilla con calma.
—¿Usted llamó al 112?
—¡Sí! ¿No van a hacer nada?
El agente miró hacia la tienda, luego a mí. Tenía una expresión extraña, como conteniendo la risa.
—Señorita, ¿cuánto lleva en el pueblo?
—Tres semanas. ¿Por qué todo el mundo me lo pregunta?
—Porque si llevara más, sabría lo que pasa los viernes por la noche. —Abrió la puerta—. Acompáñeme. Tiene que conocerlos.
—¿Está loco? ¡No pienso acercarme a esos tipos!
—Se lo prometo, no son peligrosos. Bueno, la mayoría no. —Sonrió—. Venga. Le presentaré a los Ángeles del Viernes.
Contra todo instinto, salí del coche y lo seguí. Las piernas me flaqueaban. El corazón me latía con fuerza.
Al acercarnos, los motoristas se giraron. Treinta hombres enormes, con parches en los chalecos de cuero. Barbas. Tatuajes. Pañuelos. Justo el tipo de gente que mi madre me advirtió que evitara.
—¡Hola, Paco! —gritó uno al policía—. ¿Tenemos vecina nueva?
—Efectivamente —respondió el agente—. Acaba de denunciarles por robo.
Los motoristas estallaron en carcajadas. No burlonas, sino cálidas, amistosas.
El dueño se acercó. De cerca, vi que rondaba los setenta. Ojos amables, sonrisa afable.
—A ver… ¿nos vio cargar y pensó que era un atraco?
—Nadie pagó —musité.
—Cierto. —Tendió la mano—. Soy Ramón López, dueño de esta tienda desde hace cuarenta y tres años.
La estreché, desconcertada.
—No entiendo nada.
Él miró a los motoristas y luego a mí.
—Esto lleva pasando cada viernes desde hace doce años. Estos muchachos se llevan lo que está a punto de caducar, las latas abolladas, lo que no puedo vender. Y lo reparten entre quienes lo necesitan.
Uno de los motoristas dio un paso al frente. Tendría unos sesenta, con una coleta gris y un chaleco donde ponía “Ángeles del Camino – Presidente”.
—Soy Marcos —dijo—. Cada viernes recorremos la comarca llevando comida a familias necesitadas, ancianos, gente sin hogar…
—Pero… no pagan por esto.
Don Ramón rio.
—Marcos, explícaselo.
—Don Ramón declara estas pérdidas en sus impuestos. La comida caducaría igual. Así la aprovechamos. Todos ganan.
—¿Y la policía lo sabe?
El agente asintió.
—Todo el cuartel lo sabe. Hasta la mujer del comisario viene a veces.
—¿La mujer del comisario es motorista?
—Club de motos —corrigieron tres al unísono.
Me sentía mareada.
—Entonces… todo esto…
—Es solidaridad —dijo Marcos—. Empezó tras las inundaciones del Ebro. La ayuda oficial tardó, así que nos organizamos.
—Descubrimos cuánta gente pasa necesidad aquí —añadió otro, al que llamaban “Lápida”—. Abuelos que no llegan a fin de mes, madres solteras, veteranos durmiendo bajo puentes…
—Somos los Ángeles del Viernes —dijo Marcos con orgullo—. Cada viernes saqueamos la tienda de Don Ramón. Luego repartimos.
Miré lo que cargaban. Leche, pañales, comida, jabón…
—¿Se lo llevan todo a gente sin recursos?
—A quien lo necesite. —Marcos sacó una libreta gastada—. Tenemos rutas. La señora Jiménez, en la calle del Olmo, vive con una pensión de 600 euros. La familia Gutiérrez, con cuatro hijos y el padre en paro. Un grupo de exsoldados bajo el puente de la N-401…
—Conocemos a cada persona que sufre en esta comarca —dijo Lápida—. Y cada viernes, aparecemos.
Don Ramón posó una mano en mi hombro.
—Estos chicos me salvaron la vida. Hace doce años, iba a cerrar. No podía competir con los supermercados. Ellos me propusieron esto. Ahora sé que mi tienda sirve para algo bueno.
—¿Quiere venir con nosotros esta noche? —preguntó Marcos.
Debería haber dicho que no. Pero algo en mí dijo sí. Quizás fuera cómo hablaban de ayudar a ancianos y veteranos. Quizás la bondad en los ojos de Don Ramón.
—Vale —contesté.
—Puede venir conmigo —dijo una voz femenina. Una mujer de unos cincuenta, con una trenza gris y chaleco de cuero, se acercó.
—Es la mujer del comisario —susurró el agente—. Ana. Lleva ochoAna me entregó un casco con una sonrisa y aquella noche, mientras recorríamos las calles polvorientas de la comarca bajo la luz de la luna, comprendí que los verdaderos ángeles no llevan alas, sino chalecos de cuero y ruidosas motocicletas.