El crujido de la seda rasgándose resonó como un trueno en el salón principal de la mansión de los Villalba, en La Moraleja, Madrid.
No fue un susurro, sino un grito de tela que desgarró para siempre mi dignidad.
El aire frío de la noche azotó mi piel descubierta.
Mis brazos, cruzados sobre el pecho, intentaban inútilmente tapar lo que mi suegra, Doña Carmen, y mi cuñada, Sofía, acababan de exhibir ante cincuenta invitados de la alta sociedad madrileña.
—¡Mírenla! —vociferó Doña Carmen, alzando los jirones de mi vestido esmeralda como si fuera un trofeo de caza—. ¡Ahí es donde las hambrientas esconden las joyas! ¡En la ropa interior!
Temblé, no solo por el frío, sino por la conmoción.
Permanecía de pie en medio del salón, en ropa interior, humillada, con lágrimas resbalando por mi mejilla, mientras las risas y cuchicheos de la élite me rodeaban como cuervos.
Busqué a mi esposo, Javier, el hombre que juró protegerme, por quien dejé mi vida tranquila en el campo de Extremadura para entrar en esta jungla de lobos.
Javier estaba junto a la chimenea, con una copa de brandy en la mano.
No me miraba.
Miraba al suelo, avergonzado. No por lo que me hacían, sino por mí, porque su esposa “pueblerina” había sido acusada de robar el collar de diamantes de su madre.
—Javier —supliqué con la voz quebrada—. Por favor, defiéndeme. No robé nada. Me han tendido una trampa.
—¡Cállate! —gritó Sofía, empujándome con tal fuerza que caí de rodillas sobre la alfombra persa—. Te vimos esconderlo. Eres una vergüenza para esta familia.
—Javier, diles algo. Que se callen.
Javier alzó la mirada.
Sus ojos, antes llenos de amor, ahora estaban vacíos.
—Vete, Lucía —murmuró—. Lárgate antes de que llamemos a la policía.
—¿Que me vaya? —pregunté, consciente de mi estado. Estaba semidesnuda.
—Así llegaste al mundo, y así te irás de esta casa —intervino Doña Carmen con una sonrisa venenosa—. Sin nada. Porque eso eres… nada. Una paleta que creyó codearse con la buena sangre.
—Sáquenla.
Dos guardias de seguridad me sujetaron de los brazos y me arrastraron por el pasillo de mármol. Intenté cubrirme, grité, supliqué una manta, algo… pero nadie se inmutó.
Me arrojaron sobre la gravilla de la entrada, frente a la verja principal.
La reja de hierro se cerró ante mi rostro.
Ahí estaba yo.
Lucía.
Hija del hombre al que llamaban “el paleto”.
Tirada en la calle, en ropa interior, bajo la lluvia que empezaba a caer, mientras la fiesta continuaba tras los muros.
Me abracé fuerte, sintiendo el frío calarme hasta los huesos.
Pero en ese instante, algo cortó más hondo que el frío.
Era rabia.
Una rabia pura, ardiente, absoluta.
Ellos creían que mi padre era un simple agricultor que cultivaba olivos y trigo.
Creían que yo era una chica sin un duro.
Habían cometido el error más grande de sus vidas miserables.
No sabían que mi padre, Don Antonio Mendoza, no era solo un agricultor.
Era el mayor terrateniente del sur.
El hombre que controlaba la distribución de alimentos de media España.
Un hombre que ocultó su fortuna para enseñarme el valor de la humildad.
Un hombre con más poder en su meñique que toda la familia Villalba junta en sus cuentas bancarias.
Me levanté del suelo y caminé hacia la garita del vigilante.
El guardia me miró con lástima.
—Préstame tu teléfono —dije.
Mi voz ya no temblaba.
—Señorita… no puedo. Doña Carmen dio orden de no ayudarla.
—Dame el maldito teléfono —grité con una autoridad que nunca antes había usado.
El guardia vaciló unos segundos.
Y entonces… me lo dio.
Cogí el teléfono con las manos aún mojadas por la lluvia.
Marqué un número que sabía de memoria desde niña.
Solo sonó una vez.
—¿Sí? —respondió una voz grave y serena al otro lado.
Se me hizo un nudo en la garganta, pero no lloré.
—Papá… soy yo.
Hubo un silencio. No de duda, sino cargado de entendimiento.
—¿Dónde estás, hija?
—En la mansión de los Villalba… Me echaron. Me humillaron delante de todos. Dijeron que robé el collar de diamantes.
La lluvia repiqueteaba en el techo de la garita.
La respiración de mi padre cambió levemente. Era todo lo que necesitaba para saber que algo grande iba a pasar.
—Quédate ahí. Cinco minutos —dijo con una calma que daba miedo.
Colgó.
Cinco minutos después, el rugido de motores potentes ahogó la música de la fiesta.
Tres todoterrenos negros de lujo se detuvieron frente a la verja principal.
Los faros iluminaron la entrada como si fuera de día.
El guardia abrió la verja automáticamente, confundido.
Primero bajaron cuatro hombres de traje oscuro.
Luego bajó él.
Don Antonio Mendoza.
Con sombrero de fieltro, botas impecables y una capa que contrastaba con la lluvia. No parecía un campesino. Parecía un rey venido a reclamar su trono.
Yo seguía en la garita, tiritando.
Cuando me vio así, su rostro se endureció, pero sus ojos se suavizaron al mirarme.
Se quitó la capa y me la colocó sobre los hombros.
—¿Te tocaron? —preguntó en voz baja.
—No, papá.
Asintió.
Luego caminó directo hacia la mansión.
La música cesó cuando entró.
Los invitados lo miraron desconcertados.
Doña Carmen frunció el ceño.
—¿Y usted quién es? Esta es una propiedad privada.
Mi padre ni siquiera la miró.
—Soy Antonio Mendoza.
Un murmullo recorrió la sala.
Algunos hombres de negocios comenzaron a susurrar. Reconocían el nombre. Lo conocían. El hombre que financiaba exportaciones agrarias. El proveedor principal de medio país.
El que podía hacer subir o hundir precios en cuestión de horas.
Javier palideció.
—¿Mendoza… como AgroMendoza Ibérica?
Mi padre lo miró por primera vez.
—Exactamente.
Luego señaló hacia mí.
—Esa “ladrona” es mi hija.
Silencio absoluto.
—Ustedes la desnudaron y la echaron a la calle bajo la lluvia. Delante de cincuenta personas.
Doña Carmen intentó recomponerse.
—Su hija robó mi collar. Hay testigos.
Mi padre hizo una seña.
Uno de sus hombres conectó una tablet a la pantalla del salón.
Se reprodujo el video de las cámaras de seguridad.
Ahí estaba Sofía, entrando discretamente en el cuarto de su madre antes de la fiesta… guardando el collar en su propio bolso… y minutos después, acercándose a mí para acusarme.
Sofía se puso blanca.
—Eso… eso es falso…
—Es la copia de seguridad que solicitamos hace una hora a la empresa que instaló el sistema en esta casa —dijo uno de los abogados de mi padre—. Por cierto, la empresa pertenece a Grupo Mendoza.
Doña Carmen empezó a sudar.
—Esto es difamación.
—No —respondió mi padre—. Esto es justicia.
Se volvió hacia los invitados.
—Quien quiera seguir haciendo negocios con mi grupo sabrá que no tolero abusos ni humillaciones contra mi familia.
Dos empresarios importantes se apartaron discretamente de los Villalba.
Javier dioY mientras la comitiva se alejaba entre la lluvia, supe que aquella humillación no había sido mi fin, sino el comienzo de todo.