A las ocho de la mañana, Lucía Martínez limpiaba la mesa de cristal del salón cuando vio cinco coches de lujo aparcar frente a la verja. Después de cuatro meses trabajando en la finca de los Delgado, supo al instante que ese día sería distinto.
Arriba, Javier Delgado señalaba por la ventana a su hijo de ocho años, Mateo.
—Hijo, ya han llegado las cinco mujeres de las que hablamos. Se quedarán con nosotros un mes.
Mateo observó a las elegantes mujeres bajarse de los coches.
—Y al final, tengo que elegir a una para que sea mi nueva mamá, ¿verdad, papá?
—Exacto. Todas son cultas y de familias importantes. Seguro que te caerán bien.
—¿Y si no me gusta ninguna?
—Te gustarán. Te darán una buena educación y te llevarán por el mundo.
De pronto, el sonido de un cristal rompiéndose resonó en la casa, seguido de una voz furiosa.
—¡Inútil de criada! ¡Has roto mi jarrón de cristal carísimo!
Javier y Mateo se miraron sorprendidos.
—¿Qué ha sido eso? —preguntó Mateo.
—No lo sé. Vamos a ver.
Bajaron rápidamente y encontraron a Lucía arrodillada, recogiendo los trozos de cristal, con un dedo sangrando. Una morena alta la miraba con los brazos cruzados.
—Ese jarrón era de cristal de Murano. Costaba más de lo que ella gana en un año.
—Fue un accidente —susurró Lucía, con la mirada baja.
—¿Un accidente? —espetó la mujer—. La gente como tú no debería tocar cosas valiosas.
—Disculpe —intervino Javier con firmeza—. ¿Qué pasa aquí?
La morena se giró con una sonrisa calculada.
—Javier, soy Vanessa Robles. Acabo de llegar y tu criada ha roto mi jarrón.
Las otras cuatro mujeres se acercaron, observando a Lucía en el suelo.
—Qué incómodo —dijo una rubia delgada.
—Soy Olivia Pujol —añadió con frialdad.
—Los accidentes ocurren —intentó calmar Javier.
—Ocurren con gente sin clase —contestó Olivia, mirando a Lucía—. La gente refinada sabe cuidar las cosas.
Mateo se escurrió entre su padre y corrió hacia Lucía.
—¿Lucía, te duele?
Ella levantó la vista, forzando una sonrisa.
—No es nada, cariño. Solo un rasguño.
Vanessa frunció el ceño.
—Qué cercanía tan… peculiar.
Javier intervino de nuevo.
—Bueno, ahora que están todas, aclaremos algo. Ella es Lucía, nuestra empleada. Ustedes son las candidatas.
Las mujeres se presentaron con orgullo: Vanessa, de una familia aristocrática de Madrid; Olivia, modelo e influencer que había vivido en Milán; Laura Jiménez, abogada corporativa; la doctora Marta Vidal, dermatóloga con clínica privada; y Sofía Ortega, arquitecta.
Durante todo eso, trataron a Lucía como si no existiera.
—Se quedarán aquí un mes —explicó Javier—. Al final, Mateo decidirá con quién me caso.
—¿Y la criada? —preguntó Vanessa.
—Se queda —respondió Javier—. Lucía lleva aquí meses.
Olivia intercambió una mirada con Laura.
—Solo esperamos que entienda su lugar.
Mateo agarró la mano de Lucía.
—Lucía, ven a ver el dibujo que hice.
—Primero tiene que limpiar su desastre —le espetó Marta.
—No pasa nada —dijo Lucía con suavidad—. Vendré después.
Vanessa la observó con atención.
—Interesante.
Esa tarde, las cinco mujeres se reunieron en el patio, comparando regalos: tablets, viajes de lujo, colegios elitistas, reformas en la habitación.
Mateo apareció con educación, agradeciendo sin entusiasmo.
Luego llegó Lucía con zumo y galletas de canela. La cara de Mateo se iluminó.
—¿Las has hecho tú?
—Sí. Y traigo papel para hacer pajaritas.
Las mujeres guardaron silencio al ver su alegría genuina.
Esa noche, volvieron a reunirse.
—Esta situación con la criada es inaceptable —susurró Vanessa.
—Está demasiado encariñado —coincidió Sofía.
—Es inapropiado —dijo Laura.
—Debe aprender jerarquías —añadió Marta.
—Y ella necesita una lección —concluyó Vanessa.
Mientras, Javier no podía ignorar el cambio en su hijo. Mateo volvía a reír, a comer, a vivir.
Más tarde, Mateo le enseñó una pajarita de papel.
—Es paciente —dijo—. Nunca me grita.
—¿Te gustaron las señoras? —preguntó Javier.
—Son amables… pero Lucía es mejor.
—¿Por qué?
—Porque es de verdad.
—¿La vas a despedir? —preguntó Mateo, ansioso.
—No —prometió Javier—. Se queda.
El acoso comenzó días después: desórdenes intencionados, cosas escondidas, culpas echadas a Lucía. Javier instaló cámaras ocultas.
Lo que vio le enfureció.
Cuando Mateo la defendió, Vanessa lo amenazó.
—Si sigues eligiéndola a ella, tendrás que asumir las consecuencias.
—Ya decidí —respondió Mateo—. Elijo a Lucía.
Javier descubrió acusaciones falsas e investigaciones amañadas por Vanessa.
En la fiesta final, creyendo que habían ganado, las mujeres presumieron… sin saber que las grababan.
Javier lo puso todo a la vista pública.
La verdad las destrozó.
—Estas mujeres intentaron destruir a alguien bueno solo porque mi hijo la quería —dijo Javier.
—Quiero que Lucía sea mi mamá —dijo Mateo en voz baja.
Javier le propuso matrimonio a Lucía delante de todos.
Ella dijo que sí entre lágrimas.
Las mujeres huyeron humilladas.
Meses después, Javier y Lucía se casaron con sencillez. Mateo la llamó “mamá”.
Más tarde nació su hija.
Mirando atrás, Lucía dijo suavemente:
—Cada dificultad me trajo hasta aquí.
Y juntos demostraron que el amor no se define por el estatus, sino por la bondad, la verdad y el valor.