Un millonario se sorprende al encontrar a una trabajadora idéntica a su hija perdida

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Tenía que inspeccionar el nuevo edificio de apartamentos. Lo de siempre: ropa cara, climatización artificial y prisa. Pero cuando llegué a la entrada, todo se detuvo.

El polvo gris cubría la obra como una niebla espesa que apenas dejaba ver nada, pero ni toda esa suciedad pudo ocultar aquella silueta.

«¿Señor Delgado?», preguntó mi chófer con nerviosismo. «¿Pasa algo?»

No respondí. Empujé la puerta y salí corriendo, sin importarme que mis zapatos de diseño se llenaran de barro hasta los tobillos.

Allí estaba ella. Una chica delgada, con un casco desgastado y un chaleco que le quedaba grande por todos lados. Paleaba cemento bajo el sol, empapada en sudor. Pero cuando se giró para secarse la cara… sentí como si algo me hubiera atravesado el pecho.

Esa mirada. Esos malditos ojos verdes.

Eran idénticos a los de mi esposa, que ya no está. Iguales que los de mi pequeña Isabel, quien desapareció en el parque hace dos décñas y de quien todos me aseguraron que había muerto.

«¡Tú! ¡Eh, tú!», le grité con la voz quebrada.

Ella soltó la pala asustada y retrocedió, bajando la cabeza.

«Perdone, jefe», dijo temblando. «Le juro que no estaba holgazaneando, solo me secaba el sudor. Por favor, no me despida, se lo suplico, tengo una abuela muy enferma».

Me acerqué tanto que podía oler el cemento fresco en su ropa. Le tomé las manos, llenas de callos y cortes.

«No voy a despedirte…», le dije con lágrimas. «Mírame. ¿Cómo te llamas?».

Ella alzó la vista, desconcertada y asustada. «Me llamo Lucía, señor… solo soy una peón de obra».

«No…». Negué con la cabeza y aparté el pelo sucio de su cuello. «Si eres quien creo, debes tener tres lunares aquí».

Lo que descubrí en su cuello me paralizó. Pero justo entonces, apareció el capataz corriendo y me gritó algo que destruyó todo lo que creía saber sobre el secuestro de mi hija.

**El Capataz Sabía Algo**

El capataz llegó corriendo, el rostro rojo de furia.

«¡Señor Delgado! ¡Aléjese de esa chica ahora mismo!».

Lo miré sin entender. Aún tenía las manos de Lucía entre las mías.

«Esta peón es problemática», siguió gritando el capataz. «Lleva apenas una semana aquí y ya causa problemas. ¡No puede molestar a los inversores!».

Lucía se soltó de un tirón. Temblaba de pies a cabeza.

«No he hecho nada malo, don Ramón. El señor me agarró».

Sentí una rabia que no experimentaba desde el día que perdí a Isabel.

«¿Cómo se atreve a hablarle así?», le espeté al capataz. «Esta chica no le ha hecho nada».

Don Ramón me miró como si estuviera loco.

«Con todo respeto, señor Delgado, usted no conoce a esta gente. Son todos mentirosos. Vienen de quién sabe dónde, sin papeles, inventando historias para dar lástima».

Algo en su tono me enfureció, pero también me hizo pensar. ¿Sin papeles? ¿De dónde venía esta chica?

Miré a Lucía. Ella mantenía la vista en el suelo, pero vi algo en su expresión. Miedo. Un miedo profundo que iba más allá de perder el trabajo.

«¿Dónde vives?», le pregunté suavemente.

Ella dudó. Se mordió el labio.

«En… en una habitación alquilada. En el barrio de Lavapiés».

«¿Con quién?»

«Con mi abuela. Ya se lo dije».

«¿Y tus padres?»

Su rostro se tensó. Una lágrima rodó por su mejilla sucia.

«No los conozco, señor. Mi abuela dice que me abandonaron de bebé».

El mundo se detuvo para mí otra vez. Bebé. Abandonada. Abuela. Las piezas empezaban a encajar de forma horrible.

«¿Cuántos años tienes?»

«Veintitrés, creo. Mi abuela no está muy segura».

Veintitrés. Mi Isabel tendría veintitrés si aún estuviera viva.

El capataz resopló impaciente. «Señor Delgado, de verdad no debería perder su tiempo con…».

«¡Cállese!», le grité. «Está despedido. Lárguese ahora mismo».

Don Ramón palideció. Abrió la boca para protestar, pero algo en mi mirada lo detuvo. Se fue mascullando maldiciones.

Cuando nos quedamos solos, bueno, tan solos como se puede estar en medio de una obra con cincuenta obreros mirando, me arrodillé frente a Lucía.

Ella retrocedió, asustada.

«No voy a hacerte daño», le dije. «Solo necesito que me escuches. Hace veinte años, perdí a mi hija en un parque. Se llamaba Isabel. Tenía tres años. Tenía tus mismos ojos. Y tenía tres lunares en el cuello, justo aquí».

Señalé el lugar donde había visto las marcas. Lucía instintivamente se llevó la mano al cuello.

«Mucha gente tiene lunares, señor».

«No como esos. Formaban un triángulo perfecto. Mi esposa decía que eran las tres estrellas del cinturón de Orión».

Vi algo cambiar en su expresión. Un destello de reconocimiento.

«Mi abuela…», susurró. «Mi abuela siempre me dice que mis lunares son especiales. Que son una señal del cielo».

Mi corazón latía tan fuerte que creí que iba a estallar.

«¿Puedo verlos?»

Dudó un largo momento. Luego, lentamente, se quitó el chaleco y bajó el cuello de su sudada camiseta.

Ahí estaban. Tres lunares. Formando un triángulo perfecto. Las estrellas de Orión.

Me derrumbé. Caí de rodillas en el barro y lloré como no lo hacía desde el funeral de mi esposa.

«Eres tú», sollocé. «Eres mi niña. Eres mi Isabel».

Lucía también lloraba, pero de confusión.

«No entiendo nada, señor. No soy su hija. Mi abuela me crio desde que tengo memoria».

«¿Cómo se llama tu abuela?»

«Doña Carmen. Carmen Herrera».

Ese nombre no me sonaba. Pero eso no significaba nada. Los secuestradores no usan sus nombres reales.

«Necesito conocerla», le dije. «Necesito hablar con ella».

Lucía se secó las lágrimas con el dorso de la mano. «Está muy enferma. Apenas puede levantarse de la cama».

«Entonces iré a su casa. Por favor. Dame esa oportunidad».

Me miró con esos ojos verdes, idénticos a los de su madre, idénticos a los de mi Isabel. Y asintió.

**El Camino a la Verdad**

Le dije a mi chófer que nos llevara al barrio de Lavapiés. Lucía iba callada en el asiento trasero. No dejaba de observarla por el retrovisor.

Cada gesto. Cada movimiento. Buscaba rastros de mi hija en ella. ¿Sonreiría igual? ¿Tendría los mismos modismos?

Pero veinte años son muchos. La gente cambia. Los niños se vuelven desconocidos.

«¿Está seguro de esto, señor?», preguntó mi chófer en voz baja.

«Más que de nada en mi vida».

Llegamos a una zona que ni siquiera sabía que existía en mi ciudad. Calles sin asfaltar. Casas de uralita y madera. Cables colgando peligrosamente. Mi reluciente Mercedes destacaba como un diamante en un basureroAl llegar al hospital, mientras esperábamos noticias de Doña Carmen, Lucía me tomó la mano por primera vez y, con una mezcla de dolor y esperanza en la voz, musitó: “Si todo esto es cierto, papá, quizás podamos empezar de nuevo”.

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