**Diario de Rafael Cortés**
Poco antes del mediodía, la luz del sol se filtraba por los tragaluces del Centro de Rehabilitación Memorial Cervantes en Santander. El patio privado parecía más un jardín de lujo que un centro médico. Los manteles de lino se mecían suavemente con la brisa. Jarras de agua mineral relucían junto a copas sin tocar. El aire olía a sándalo y rosas, una fragancia cuidadosamente elegida para ocultar el dolor y la decadencia.
En el centro del patio, sentado en una silla de ruedas que valía más que la casa de muchos, estaba yo, Rafael Cortés, de cuarenta años. Dos años atrás, había sido el rostro visible de Cortés Construcciones, un conglomerado despiadado que devoraba competidores. Ahora, mis piernas inmóviles eran un recordatorio constante de un accidente de escalada que destrozó mi columna—y mi orgullo—en los riscos de los Picos de Europa.
Me rodeaban mis amigos de siempre: Javier Monterrey, Álvaro del Valle, Hugo Rivas y Santiago León. Sus risas resonaban en el aire, frívolas y cortantes, como piedras arrojadas al agua sin importar lo que se hundiera.
Javier alzó su copa con ironía: “Brindo por Rafael, el emperador invencible. Ni siquiera la gravedad pudo acabar contigo”.
Esbocé una sonrisa forzada. “Prefiero ’emperador temporalmente incomodado'”, respondí, mientras la silla emitía un suave zumbido.
En un rincón, una niña de diez años limpiaba un banco con un trapo gastado. Sus zapatillas estaban remendadas con cinta adhesiva. El pelo oscuro y enmarañado le caía por la espalda. Era Lucía Morales. A su lado, su madre, Carmen Morales, fregaba los azulejos hasta que sus manos sangraban.
Javier señaló a la niña con curiosidad: “Rafael, ¿esa es la prodigio de la que hablaban? La que parece leernos el pensamiento”.
Álvaro soltó una carcajada. “Seguro cuenta los ceros de nuestras cuentas. Pobre niña”.
Carmen bajó la mirada. “Solo me ayuda. Por favor, ignórenla”.
Pero algo en Lucía me intrigó. Sus ojos tenían una claridad inquietante, como si viera más allá de lo evidente. “Lucía, ven aquí”, ordené con voz firme.
Carmen se tensó. “Señor Cortés, por favor. Ella no quiere problemas”.
“No pregunté si los quería. Dije que viniera”.
Lucía avanzó con el trapo temblando entre sus manos. Saqué mi talonario, escribí un cheque y lo sostuve frente a ella. “Cien mil euros. Son tuyos si me demuestras que estás equivocada”.
Hugo arqueó una ceja. “¿Y qué se supone que hará? ¿Enseñar a volar a tu silla?”.
Me incliné ligeramente. El patio enmudeció.
“Hazme caminar”.
El estupor fue instantáneo. Javier estalló en risas, Álvaro lo secundó, y hasta Santiago esbozó una sonrisa cínica.
Carmen se llevó las manos a la boca. “Por favor, señor. Ella no puede hacer eso. No somos curanderos, solo limpiamos”.
Entonces, Lucía habló con una serenidad que heló la sangre: “Los milagros son solo lo que la ciencia aún no entiende”.
El silencio se hizo absoluto. La miré fijamente. “¿Sabes lo que dices?”.
“Sí. Entiendo lo que tienes miedo de sentir. Quieres mejorar, pero querer no es lo mismo que intentar”.
Javier bufó. “Increíble. Una filósofa en zapatillas rotas”.
Yo no aparté los ojos de ella. “¿Por qué debería creer que tú, una niña, puedes arreglar lo que los mejores cirujanos no lograron?”.
Lucía miró mis piernas. “Porque tú crees en ellos. Y crees en el dinero. Pero no crees que mereces sanar. Por eso nada funciona”.
Algo en mi interior se estremeció. “¿Quién te dijo eso?”.
“Nadie. Lo siento. El dolor deja ecos”.
Carmen le apretó el hombro. “Basta. Nos vamos”.
Pero yo no quise. “Espera”.
Mis ojos se perdieron en las montañas. Recordé el crujido de huesos, el viento aullando. El arnés que falló. Mi amigo, Adrián Ponce, cayendo al vacío. Le pagué a su viuda, pero el remordimiento nunca se fue.
“Si mientes, las consecuencias serán graves. Si no, mi vida cambiará para siempre”.
Lucía asintió. “Ya has tomado la decisión”.
A la mañana siguiente, en una sala de terapia, la doctora Elena Fuentes, neuróloga escéptica, cruzó los brazos. “Esto no está autorizado. Si algo sale mal, pierdo mi licencia”.
“Yo también pierdo mi futuro”, contesté.
Carmen le apretó la mano a Lucía. “Podemos parar”.
Pero Lucía avanzó. Colocó sus manos en mi espalda. La sala se sumió en un silencio antinatural, hasta las máquinas parecían contener el aliento.
“Tu cuerpo sabe caminar. Nunca lo olvidó. Pero tu mente lo encadenó para que no volvieras a escalar. Crees que es un castigo. No lo es”.
Mis labios temblaron. “Lo maté. Si camino de nuevo, ¿qué dice eso de su muerte?”.
“Un error humano no es lo mismo que un asesinato”.
La doctora revisó los monitores. “Señales neuronales inusuales. Nunca había visto esto sin cirugía”.
Lucía cerró los ojos. “Dilo, Rafael”.
“¿Qué?”.
“Las palabras que temes creer”.
Vacilé. Susurré: “Merezco sanar”.
“Otra vez”.
Lo dije más fuerte.
“Otra vez”.
Grité: “¡Merezco sanar!”.
Un calor abrasador recorrió mis piernas. Mis dedos se movieron. La silla vibró.
Elena palideció. “Está enviando señales motoras”.
Levanté el pie un centímetro. Solo uno. Pero fue suficiente.
Tres meses después, el patio era irreconocible. Lujos reemplazados por áreas de terapia. El cartel a la entrada decía: *Centro Morales de Recuperación Integral*. No Cortés. Morales. Yo lo insistí.
Ahora camino con bastón. Algunos días, sin él. Aprendí que la sanación no es magia, sino recordar que el cuerpo y el alma no son extraños.
En la ceremonia de inauguración, le di a Lucía un sobre. “No es pago. Es colaboración. Tu familia nunca pasará necesidad”.
Ella me miró. “Prométeme algo”.
“Lo que sea”.
“Que el dinero nunca decida quién merece sanar”.
Sonreí, con un dolor que ahora entendía. “Lo prometo”.
Hoy, mientras escribo esto, recuerdo sus palabras: *Si todos intentáramos sanar el mundo, en lugar de solo a nosotros, la parálisis no tendría poder. Ni en la columna, ni en la sociedad. En ninguna parte*.
Susurro al viento: *Merezco sanar*.
Y el viento responde: *Todos lo merecen*.
**Fin del diario**