El calor en Sevilla durante el mes de agosto no es simple calor, es un manto asfixiante que se cuela hasta en la sombra. En el Polígono Industrial de Pino Montano, el asfalto parecía derretirse bajo el sol de las tres de la tarde, dibujando espejismos de agua en la carretera que mentían a los ojos pero no al sudor que empapaba las espaldas. Dentro del *Taller Ruiz*, el termómetro rozaba los cuarenta y seis grados. El aire era denso, cargado de olor a aceite quemado, goma caliente y el cansancio de los hombres que arreglaban coches con manos curtidas.
Antonio Jiménez se secó la frente con la manga, dejando una mancha oscura sobre su piel tostada. Llevaba cinco horas bajo un viejo SEAT Toledo, luchando con una junta obstinada que se negaba a ceder. Sus nudillos sangraban, sus uñas estaban negras de grasa y su espalda protestaba por la postura forzada. Pero Antonio no decía nada. No podía.
—¡Jiménez! —rugió una voz desde la oficina, ahogando el ruido de las herramientas—. ¿Vas a tardar una eternidad con ese cacharro? ¡El cliente viene en media hora y quiero ese coche fuera del elevador!
Manuel Ruiz, el dueño del taller, observaba desde su despacho con aire acondicionado. Llevaba una camisa blanca inmaculada que resaltaba contra la mugre de sus empleados. Era un hombre bajo, con un ego tan grande como su avaricia. No solo era mal jefe, era mal alma.
—Ya casi está, don Manuel —respondió Antonio, saliendo del coche con esfuerzo—. Era una tuerca oxidada, pero ya cede.
—Menos excusas y más manos, Jiménez —espetó Manuel, mirando su reloj de oro—. Hay cola de chavales que harían tu trabajo por la mitad. No eres imprescindible.
Antonio apretó los dientes, tragándose la rabia. Sabía que era mentira: era el mejor mecánico del taller. Pero también sabía que Manuel tenía razón en una cosa: la necesidad. Tenía cuarenta y tres años, una hipoteca en el barrio de Triana que le ahogaba cada mes y dos hijas que crecían más rápido que su sueldo: Marta, que soñaba con estudiar medicina, y la pequeña Lucía, que empezaba primaria. Su mujer, Carmen, limpiaba hoteles en la zona turística, dejándose la salud por un sueldo que apenas alcanzaba.
El miedo le atenazaba. Si perdía el trabajo, lo perdía todo.
Al salir un momento a la calle para refrescarse, vio algo que lo paralizó: una niña, vestida con el uniforme del colegio, caminando tambaleante por la acera. Cayó al suelo como un muñeco roto.
Antonio corrió hacia ella, ignorando los gritos de sus compañeros. La niña estaba pálida, los labios morados. No respiraba bien.
—¡Llamad a una ambulancia! —gritó a los otros obreros, que apenas reaccionaban—. ¡Se está muriendo!
Sabía que no había tiempo. La cogió en brazos y corrió hacia su vieja furgoneta, pero entonces lo detuvo la voz de Manuel:
—¡Jiménez! Si te vas ahora, no vuelvas.
El mundo se detuvo. Antonio miró a la niña, luego a Manuel.
—Fírmeme el finiquito —dijo con voz firme—. Prefiero ser pobre que un miserable como usted.
Condujo como un loco hacia la Clínica Virgen del Rocío, esquivando coches mientras le rogaba a la niña que aguantara. Un guardia civil le escoltó al ver la emergencia.
En el hospital, los médicos salvaron a la pequeña. Era hija de Javier Méndez, un empresario poderoso dueño de medio Sevilla.
Al día siguiente, Méndez llegó a casa de Antonio con una oferta: un taller nuevo, bien equipado, con su nombre y un sueldo que cambiaría su vida. Manuel Ruiz perdió su negocio por irregularidades descubiertas *casualmente*.
Esa noche, mientras cenaban juntos las dos familias, Antonio supo una cosa: hacer lo correcto, aunque parezca un sacrificio, siempre trae su recompensa. La vida premia a los que eligen la humanidad sobre el miedo.