Hoy recordé algo que me dejó sin aliento. Iba corriendo por la Plaza Mayor de Burgos cuando, en un banco de piedra, vi a una mujer con uniforme azul desgastado. Era Lucía Mendoza, la limpiadora de mi edificio, a la que apenas saludaba al pasar. Partía un bocadillo en tres trozos: el más grande para su hijo pequeño, otro para la niña, y solo un pedo para ella. Los niños, Pablo y Ana, comían en silencio, con esa calma de quien sabe que cada bocado cuenta.
Lucía les preguntó en voz baja: “¿Se os ha calmado el hambre?” Pablo asintió, masticando despacio como si alargara el momento. Ana sujetaba el pan con ambas manos, como si temiera que se lo quitasen. Al levantarse, noté los zapatos rotos de Pablo y las sandalias de Lucía, sujetas con cinta adhesiva. Aun así, ella le arregló el moño a su hija y murmuró: “Un poco más, ¿vale? Ya llegamos.” Me invadió una vergüenza que no cabía en mi traje de lino caro.
Los seguí hasta la salida. Al verme, Lucía se tensó, protegiendo a los niños con su cuerpo, como quien está acostumbrado a las falsas promesas. Levanté las manos y dije lo primero que me vino al corazón: “Vi cómo repartías el pan. He hablado de dignidad años, sin mirarte nunca a los ojos.”
Lucía bajó la mirada. “Son malos tiempos. Pasarán. Estoy buscando otro trabajo”, dijo, como si la frase fuera un escudo. Quise meterle billetes en la mano, pero algo me detuvo. “Déjame ayudar bien. Mañana voy a tu casa y hablamos con calma.” Me dio una dirección en el Barrio de Las Flores, en las afueras.
Esa noche, en mi ático, el silencio del lujo me ahogó. Por primera vez, la nevera llena me pareció un reproche.
Al amanecer, estaba en su puerta. La llevé al trabajo y, por el camino, escuché una lista de penurias interminable: humedad en la habitación, la bronquitis de Ana, dolores que no cesaban. No la interrumpí. Solo tomé una decisión.
Le ofrecí contrato fijo, seguro médico, bonos de comida y una habitación para ella y los niños en mi casa, hasta que se repusieran. Lucía lloró con ese llanto callado de quien teme que hasta las lágrimas cuesten dinero. “No quiero caridad.” Le contesté: “Yo tampoco. Quiero justicia.”
Pasaron meses. Pablo volvió a correr sin cojear. Ana dejó de toser por las noches. Lucía retomó sus estudios. Y yo, que antes celebraba ganancias en soledad, encontré una mesa llena de risas, deberes escolares y un pastel torcido en mi cumpleaños.
El día que le entregué las llaves de una casita humilde, a su nombre, Lucía apretó los papeles como si fueran una bendición. Por fin entendí que la verdadera riqueza no está en lo que acumulas, sino en que nadie tenga que partir su pan para ver sonreír a los suyos.
“Si crees que ningún dolor es más grande que la promesa de Dios, comenta: ¡YO CREO! Y dinos también: ¿desde qué ciudad nos ves?”