Un adinerado regresa antes de hora y descubre lo inesperado

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Alejandro Martínez estaba acostumbrado a volver a casa pasadas las 9 de la noche, cuando todos dormían. Pero hoy, la reunión con inversores en Madrid había terminado antes, y decidió ir directo a su chalet en La Moraleja sin avisar. Al abrir la puerta principal, se quedó paralizado. En medio del salón, Lucía, la asistenta de 28 años, estaba arrodillada limpiando el suelo mojado. Pero lo que le dejó sin palabras fue la escena junto a ella: su hijo Diego, de cuatro años, sostenía un trapo con sus pequeñas muletas azules, ayudando a limpiar.

“Tía Lucía, yo puedo limpiar esta parte”, decía el niño rubio, estirando su brazo con dificultad.

“No te preocupes, cariño, ya has ayudado mucho. ¿Por qué no te sientas en el sofá?”, respondía Lucía con una dulzura que Alejandro nunca le había oído.

“Pero quiero ayudar. Tú siempre dices que somos equipo”, insistía el pequeño, ajustando mejor sus muletas.

Alejandro permaneció en la entrada, observando la escena sin ser visto. Había algo en esa interacción que le llegaba al alma. Diego sonreía, algo raro de ver en casa.

“Vale, mi ayudante favorito, pero solo un poco más”, cedió Lucía.

Fue entonces cuando Diego vio a su padre en la puerta. Su carita se iluminó, pero con una mezcla de sorpresa y miedo en sus ojos verdes.

“¡Papá! ¡Has llegado pronto!”, exclamó, girándose tan rápido que casi pierde el equilibrio.

Lucía se levantó de un salto, dejando caer el trapo. Se secó las manos en el delantal y bajó la mirada. “Buenas noches, señor Martínez. No sabía que estaba en casa. Estaba terminando de limpiar”, balbuceó nerviosa.

Alejandro seguía procesando la escena. Miró a su hijo, que aún sostenía el trapo, y luego a Lucía, que parecía querer desaparecer.

“Diego, ¿qué haces?”, preguntó Alejandro, intentando mantener la calma.

“Ayudo a tía Lucía, mira”. El niño dio unos pasos inseguros hacia su padre, orgulloso. “¡Hoy aguanté de pie casi cinco minutos sin ayuda!”

Alejandro buscó explicación en Lucía, que seguía con la cabeza gacha, retorciéndose las manos.

“Cinco minutos”, repitió incrédulo. “¿Cómo es posible?”

“Tía Lucía me enseña ejercicios cada día. Dice que si practico, algún día podré correr como los demás niños”, explicó Diego entusiasmado.

El silencio llenó la habitación. Alejandro sintió una mezcla de ira, gratitud y confusión. “¿Ejercicios?”, preguntó a Lucía.

Ella alzó la vista por fin, sus ojos castaños llenos de temor. “Señor Martínez, solo jugábamos. No quise hacer nada malo. Si lo desea, me voy”.

“¡Tía Lucía es la mejor!”, interrumpió Diego, poniéndose entre ambos. “Papá, ella nunca se rinde aunque llore del dolor. Dice que soy fuerte como un torero”.

Alejandro sintió un nudo en el pecho. ¿Cuándo fue la última vez que vio a su hijo tan feliz? ¿Cuándo habló con él más de cinco minutos?

“Diego, ve a tu habitación. Necesito hablar con Lucía.”

“Pero papá…”

“Ahora, por favor.”

El niño miró a Lucía, que le sonrió para calmarlo. Diego se fue renqueando, pero antes de subir las escaleras gritó: “¡Tía Lucía es la mejor persona del mundo!”.

Alejandro se acercó a Lucía, notando por primera vez sus pantalones mojados en las rodillas y sus manos rojas de fregar.

“¿Desde cuándo haces esto? Los ejercicios.”

Lucía dudó. “Desde que empecé aquí, hace seis meses. Pero juro que no descuido mi trabajo. Lo hacemos en mi hora de comer o al terminar.”

“No te pagan extra por eso.”

“No, señor, y no lo pido. Me gusta estar con Diego. Es un niño especial.”

“¿Especial cómo?”

Lucía sonrió por primera vez. “Es tenaz, señor. Aunque le duela, no se rinde. Y tiene un corazón enorme, siempre pendiente de si estoy cansada.”

Alejandro sintió el pecho oprimido otra vez. ¿Cuándo fue la última vez que notó esas cualidades en su hijo?

“Y los ejercicios, ¿cómo sabes qué hacer?”

“Tengo experiencia, señor.” Tras una pausa, confesó: “Mi hermano pequeño Pablo tuvo problemas en las piernas. Toda mi infancia la pasé llevándolo a rehabilitación. Cuando vi a Diego, no pude quedarme de brazos cruzados.”

“¿Y dónde está tu hermano ahora?”

“Tiene 16, estudia por las mañanas y trabaja en una tienda por las tardes. Mi madre limpia oficinas de noche. Hacemos lo que podemos.”

Alejandro sintió admiración y vergüenza. Esta mujer trabajaba duro para mantener a su familia y aún tenía energía para cuidar a su hijo con tanto amor.

Esa noche, tras acostar a Diego, Alejandro habló con su esposa Beatriz.

“¿Sabías que Lucía hace terapia con Diego cada día?”

Beatriz bajó la mirada. “Lo sabía.”

“¿Por qué no me lo dijiste?”

“Porque siempre estás ocupado. Lucía le da a Diego lo que nosotros no supimos darle: esperanza.”

Al día siguiente, Alejandro se levantó temprano para ver los ejercicios. Quedó maravillado al ver a Diego mantenerse en pie 30 segundos sin muletas, algo que el fisioterapeuta dijo que tardaría meses.

Esa tarde, hizo una oferta a Lucía: “Quiero que seas la acompañante terapéutica oficial de Diego. Pagaré tu curso de fisioterapia y te aumentaré el sueldo.”

Lucía rompió a llorar. “Señor Martínez, sería un sueño.”

Los meses siguientes trajeron cambios radicales. Alejandro reorganizó su agenda para estar más presente. Diego progresó rápidamente: primero unos pasos, luego correr distancias cortas.

Dos años después, Lucía, ya fisioterapeuta titulada, dirigía el Centro TerapEl Centro de Terapia Infantil “Sonrisas Valientes” se inauguró con Diego como ejemplo de superación, Lucía como directora orgullosa, y la familia Martínez reunida celebrando cómo el amor y la dedicación habían transformado sus vidas para siempre.

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