Treinta moteros asaltan una tienda de madrugada y el dueño solo sonríe

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**Diario de un recién llegado**

Eran las tres de la madrugada cuando vi a treinta motoristas saquear una tienda de barrio en Madrid. El dueño, un anciano, se quedó allí sonriendo como si fuera lo más normal del mundo.

Yo, temblando detrás de mi coche en el aparcamiento de enfrente, marqué el 112 con los dedos temblorosos. Aquellos hombres corpulentos, con chalecos de cuero, llenaban bolsas de basura con todo lo que había en los estantes.

Llevaba apenas tres semanas en este pequeño pueblo de Cuenca, trabajando en el turno de noche de un almacén. Iba camino a casa cuando vi las motos alineadas frente a la Tienda de Manolo. Treinta, al menos. Quizás más.

Mi primer instinto fue seguir conduciendo. No meterme en líos. Pero entonces los vi a través del cristal: los motoristas recorrían los pasillos, metiendo en bolsas leche en polvo, pañales, comida enlatada, medicinas, papel higiénico. De todo.

Y el dueño, un hombre mayor con el pelo gris, se limitaba a observar tras el mostrador. Sin pedir ayuda. Sin intentar detenerlos. Cruzado de brazos y con una sonrisa.

Aparqué en el descampado de enfrente y me agaché en el asiento. Las manos me temblaban tanto que apenas podía sujetar el móvil.

«112, ¿cuál es su emergencia?».

—Hay un robo —susurré—. En la Tienda de Manolo, en la carretera CM-310. Son unos treinta, motoristas. Se lo llevan todo. Envíen ayuda.

La operadora hizo una pausa. «Señorita, ¿dijo la Tienda de Manolo?».

—¡Sí! ¡Por favor, deprisa!

Otra pausa, más larga. «Señorita, ¿es nueva por aquí?».

¿Qué clase de pregunta era esa? —Sí, acabo de mudarme. ¿Qué importa eso? ¡Hay un robo!

«Señorita, voy a enviar a un agente. Quédese en su coche. Pero debe entender que lo que está viendo quizá no sea lo que cree».

—¿De qué habla? ¡Están vaciando la tienda!

«Permanezca donde está. Un agente se lo explicará».

Colgó. Yo me quedé mirando el móvil, atónita. ¿Qué clase de operadora decía que un robo *no era lo que parecía*?

Miré de nuevo la tienda. Los motoristas seguían cargando. Uno, enorme, con una barba hasta la cintura, llevaba cajas de agua. Otro arrastraba sacos de pienso. Un tercero iba cargado de productos de higiene femenina.

¿Productos de higiene femenina? ¿Qué clase de robo era aquel?

El dueño salió con ellos. Se reía. Se dio la mano con uno, abrazó a otro. Hablaban como viejos amigos.

No tenía sentido.

Un coche patrulla se detuvo junto al mío. Esperé sirenas, que el agente saltara a detenerlos. En cambio, bajó la ventanilla con calma.

—¿Usted llamó al 112?

—¡Sí! ¿No van a detenerlos?

El agente miró la tienda, a los motoristas cargando sus motos con «mercancía robada», y entonces me miró con una expresión extraña. Como si contuviera la risa.

—Señorita, ¿cuánto lleva aquí?

—Tres semanas. ¿Por qué todos me preguntan eso?

—Porque si llevara más, sabría lo de los viernes por la noche. —Abrió la puerta—. Acompáñeme. Debe conocer a esta gente.

—¿Está loco? ¡No pienso acercarme!

—Señorita, le prometo que está segura. Esos hombres no son criminales. Bueno, la mayoría no. —Sonrió—. Venga. Se la presentaré a los *Ángeles del Viernes*.

Contra todo instinto, salí del coche y lo seguí. Las piernas me flaqueaban. El corazón me latía tan fuerte que lo oía en los oídos.

Al acercarnos, los motoristas volvieron la mirada. Treinta hombres imponentes, chalecos de cuero llenos de parches. Barbas. Tatuajes. Pañuelos. Eran justo el tipo de gente que mi madre me advirtió toda la vida.

—¡Eh, Miguel! —gritó uno—. ¿Tenemos vecina nueva?

—Eso parece —respondió el agente—. Ha llamado al 112. Cree que están robando.

Los motoristas se echaron a reír. No de burla. Era una risa cálida, de complicidad.

Manolo, el dueño, se acercó. De cerca, vi que rondaba los setenta. Ojos amables. —Supongo que nos ha visto cargar y ha pensado que robábamos, ¿no?

—No pagaban —dije débilmente—. Nadie ha pagado.

—Es cierto. —Tendió la mano—. Soy Manolo López. Llevo cuarenta y tres años con esta tienda.

La estreché, perdida. —No entiendo qué pasa.

Manolo miró a los motoristas y luego a mí. —Lo de siempre, desde hace doce años. Estos chicos vacían mi tienda. Se llevan lo que está a punto de caducar, latas abolladas, cajas rotas. Cosas que no puedo vender. Y lo reparten entre quien lo necesita.

—¿Lo reparten?

Un motorista avanzó. Tendría unos sesenta, coleta gris y un chaleco que decía *Ángeles del Camino – Presidente*.

—Soy Javier —dijo—. Presidente de los Ángeles. Todos los viernes, recorremos la provincia llevando comida a campamentos de sintecho, familias sin recursos, ancianos con pensiones miserables.

—Pero… no pagan por esto.

Manolo rio. —Javier, explícaselo.

—Manolo lo declara como pérdidas. Lo deduce en impuestos y seguros. Si no, se tiraría. Así, ayuda a la gente. Todos ganan.

—¿Y la policía lo sabe?

El agente Miguel asintió. —Todo el cuartel lo sabe. Hemos ayudado a cargar más veces de las que recuerdo. Hasta la mujer del comisario viene con ellos.

—¿La mujer del comisario está en una banda de motoristas?

—*Club de moteros* —corrigieron tres al unísono.

Me mareaba. —O sea que esto… el robo… las bolsas… es…

—Solidaridad —dijo Javier—. Desde hace doce años. Empezó tras las riadas del Ebro. La ayuda oficial tardaba. Nosotros no.

—Y seguimos —añadió otro, cuyo chaleco ponía *El Calvo*—. Hay tanta gente que lo necesita. Abuelas que eligen entre comida o pastillas. Madres solteras. Exmilitares durmiendo en la calle.

—Somos los Ángeles del Viernes —dijo Javier con orgullo—. Saqueamos la tienda de Manolo. Luego, repartimos.

Miré las bolsas: pienso, leche, pañales, legumbres, jabón…

—¿Se lo dan a gente sin hogar?

—A quien lo necesite. —Javier sacó una libreta gastada—. Tenemos rutas. La señora Carmen, en la calle Roble, vive con 400 euros de pensión. Los García, en el camino Viejo, con cuatro niños y el padre en paro. Un grupo de exmilitares bajo el puente de la N-320.

—Conocemos cada rincón donde duele esta provincia —dijo El Calvo—. Y cada viernes, aparecemos.

Manolo me puso una mano en el hombro. —Estos chicos me salvaron. Hace doce años, iba a cerrar. No podía competir con los supers. Esto me dio un motivo para seguir.

—¿Quiere venir esta noche? —preguntó Javier—. Ver lo que hacemos.

Debería haber dicho no. Irme a casa. Pero algo en mí dijo sí. Quizá fuera cómo aquellos hombres, de aspecto temible, hablaban de ayudar abAl final, me subí a la moto de Luisa, la mujer del comisario, y esa noche, mientras el viento me golpeaba el rostro y las luces de los pueblos pasaban como estrellas fugaces, entendí que la verdadera justicia no siempre lleva uniforme, sino que a veces viste chaleco de cuero y ruge sobre dos ruedas.

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