Mira, te voy a contar algo…
La voz no era la de un vendedor ambulante, ni la de un niño pidiendo monedas por costumbre. Era un grito de desesperación. Un niño de apenas cinco años, la cara manchada de polvo y lágrimas, golpeaba con sus manitas la ventanilla de un Ferrari amarillo parado en un semáforo en pleno centro de Madrid. Tenía mocos secos en el labio, los ojos hinchados de tanto llorar y apretaba contra el pecho un cochecito de juguete azul y descolorido, como si ese pedacito de plástico fuera lo único que lo mantenía a flote.
Dentro del coche, Álvaro Méndez levantó la vista con fastidio automático, un gesto aprendido después de años de atascos, prisas y manos extendidas. A sus treinta y cuatro años, había perfeccionado el arte de mirar sin ver. La ciudad estaba llena de historias que no cabían en su agenda, relatos que él decidía mantener a distancia para no manchar su traje, su horario, su orden.
Pero esa mirada lo atravesó.
Los ojos del niño no pedían dinero. Pedían tiempo. Pedían aire. Pedían que el mundo se detuviera un segundo para salvar a alguien.
—Señor… mi mamá… —balbuceó el pequeño, tragándose el llanto—. No puede respirar. Tiene mucha fiebre. Creo… creo que se va a morir.
Álvaro sintió, sin entender por qué, que algo en su pecho se quebraba como cristal fino. Y eso le dio más miedo que el niño. Porque hacía años que no sentía dolor. Lo había enterrado bajo números, contratos, reuniones, cenas de negocios y noches interminables frente al ordenador en un ático de Salamanca con vistas perfectas y silencio perfecto.
Esa mañana, un 15 de marzo, el sol había salido radiante sobre la Gran Vía, pero Álvaro ni lo notó. Iba conduciendo, pensando en márgenes de beneficio, en una reunión con inversores a las diez, en una expansión que podía convertir su cadena de restaurantes en un imperio aún mayor. “El rey Midas de la gastronomía española”, lo llamaban las revistas. Cuarenta y siete locales desde Barcelona hasta Sevilla. El tipo de éxito que se celebra con aplausos y portadas.
Nadie lo aplaudía al volver a casa y nadie lo esperaba.
Sus padres habían muerto en un accidente de tráfico cuando él tenía veintidós años. Desde entonces, su vida se convirtió en una carrera sin meta: multiplicar la herencia, demostrar que podía, llenar un vacío con más vacío. Lo había conseguido todo. Excepto dormir sin esa presión en el pecho que no era enfermedad, sino ausencia.
El semáforo se puso rojo en la calle Alcalá. Álvaro miró su reloj caro y calculó el retraso. Un claxon sonó detrás. Otro. Y entonces, el golpe en la ventanilla.
Cuando bajó el cristal, el ruido de la ciudad entró como un torrente: motores, vendedores, pasos, voces. El niño temblaba, no solo de frío, sino de puro pánico.
—Tranquilo —dijo Álvaro, sorprendido por la suavidad de su propia voz—. Respira. ¿Cómo te llamas?
—Mateo… me llamo Mateo —respondió, con hipo entre lágrimas—. Mi mamá está… en un callejón. No se levanta. Por favor, señor… por favor.
Los coches arrancaron cuando el semáforoLos coches arrancaron cuando el semáforo se puso verde, pero Álvaro apagó el motor, salió del Ferrari y corrió tras Mateo hacia un callejón donde yacía Valeria, una mujer cuyo rostro pálido y sudoroso le recordó que algunas cosas, como el amor y la segunda oportunidad, valen más que todo el dinero del mundo.