La pluma Montblanc pesaba una tonelada en la mano de Isabela. No por el oro con el que estaba fabricada, sino por la sentencia que estaba a punto de firmar.
El silencio en el salón principal de la mansión de los Delgado no era apacible; era denso, saturado de una hostilidad que se te adhería a la piel. Tres años. Tres años de su vida reducidos a aquel pedazo de papel sobre la mesa de caoba.
—¿Vas a firmar hoy o esperamos a que aprendas a caligrafía? —La voz de su cuñada, Carmen, cortó el aire como un cuchillo. Estaba recostada en el sofá de piel, sosteniendo una copa de vino blanco con la elegancia indolente de quien jamás ha sudado por conseguir nada.
Isabela alzó la mirada. Sus ojos, enrojecidos pero secos, buscaron a Alejandro. Su marido. El hombre al que le había jurado amor eterno en un altar repleto de flores blancas que, ahora comprendía, habían costado más que la humilde casa donde ella se crió. Alejandro miraba fijamente por la ventana, esquivando su mirada, con esa cobardía templada que Isabela había confundido con timidez durante demasiado tiempo.
—Déjala, Carmen —intervino doña Margarita, su suegra, con una sonrisa que no alcanzaba sus fríos ojos—. La pobre debe estar calculando cuánto pierde. Llegó a esta casa con una maleta de ropa de mercadillo y se marcha con esa misma maleta. Es la justicia divina.
Isabela sintió un nudo ardiente en la garganta. Quería gritar. Quería decirles que ella había amado a Alejandro cuando no era nadie en la empresa familiar, que había aguantado sus desprecios no por dinero, sino por la estúpida esperanza de tener una familia.
—El acuerdo es claro —terció el abogado de la familia, un hombre de rostro afilado—. Renuncia a cualquier pensión, a cualquier bien inmueble y a cualquier reclamación futura. A cambio, los Delgado… benevolentemente, deciden no hacer públicas las pruebas de su “indiscreción”.
Isabela soltó la pluma de golpe. El sonido resonó como un disparo.
—¿Indiscreción? —su voz sonó ronca, pero firme—. Yo nunca le fui infiel. Jamás.
Don Javier, el patriarca, suspiró con hastío desde la cabecera de la mesa.
—Por favor, niña. Alejandro nos lo contó todo. Sabemos lo de tu aventura con ese… instructor. Tenemos fotografías. Si no firmas ahora y te largas, nos aseguraremos de que tu nombre quede tan manchado que ni en la panadería de tu barrio te contraten.
Era mentira. Una trampa ruin para no soltar ni un euro. Alejandro sabía que era mentira, pero allí estaba, en silencio, permitiendo que sus padres la destrozaran.
—Alejandro —lo llamó Isabela por última vez—. Mírame y dímelo tú. Di que es verdad.
Él se volvió, con el rostro tenso.
—Firma, Isa. Es lo mejor. Vuelve con tu padre, al taller. Allí es donde perteneces. Entre la grasa y la gente sin clase. Nosotros somos… demasiado para ti.
Algo se quebró en el interior de Isabela. Pero no fue su corazón. Fue el miedo.
Recordó a su padre. Fernando. El hombre que llegaba a casa con las manos impregnadas de aceite, que le enseñó que la dignidad no se compra, que el valor de una persona se mide por su palabra, no por su cuenta bancaria. Se burlaban de él. Lo llamaban “el mecánico” como si fuera un insulto.
—De acuerdo —dijo Isabela, cerrando la carpeta—. Firmaré. Pero antes, debo hacer una llamada.
Doña Margarita soltó una carcajada aguda.
—¿A quién? ¿A tu padre para que venga a recogerte en su furgoneta destartalada? Dile que aparque en la calle, no quiero que manche de gasóleo mi entrada de adoquines.
Isabela no contestó. Marcó el número. Esperó dos tonos.
—Papá… ya es hora. Lo están haciendo ahora.
Colgó.
—Dice que ya está aquí.
Lo que los Delgado ignoraban era que el “taller” de Fernando no arreglaba coches viejos. Lo que desconocían, en su burbuja de arrogancia, era que el mundo allende sus verjas doradas estaba a punto de cambiar para siempre.
El sonido que llegó del exterior no fue el motor cascado de una furgoneta vieja. Fue el rugido grave y potente de un motor V12, seguido del chirrido de neumáticos de dos vehículos de escolta.
—¿Pero qué demonios…? —Don Javier se puso en pie, indignado.
El mayordomo entró en el salón, pálido como la cera.
—Señor… hay gente en la entrada. Seguridad privada. Y un señor que… exige pasar.
—¡Echa a esa gentuza! —gritó Margarita.
Pero era demasiado tarde. Las puertas dobles del salón se abrieron de par en par.
Y entonces, Isabela sonrió.
Porque la tormenta acababa de entrar, y vestía un traje italiano de tres mil euros.
Fernando Márquez cruzó el umbral. No había rastro de grasa en sus manos. Llevaba unas gafas de sol que se quitó con parsimonia cinematográfica, desvelando una mirada de acero que escrutó la estancia. Tras él, dos abogados con maletines de piel y cuatro guardias de seguridad de complexión imponente se desplegaron por el salón con eficiencia militar.
El silencio que siguió fue absoluto. Alejandro se quedó boquiabierto. Margarita dejó caer su copa, manchando la alfombra persa, pero a nadie le importó ya.
—Buenas tardes —la voz de Fernando era grave, educada y terriblemente peligrosa—. Vengo a recoger a mi hija. Y a cerrar algunos asuntos.
Don Javier, recuperando un ápice de compostura, hinchó el pecho.
—¿Quién se cree usted para irrumpir así en mi casa? ¡Llamaré a la policía!
—Hágalo —respondió Fernando con calma, acercándose a Isabela y posando una mano protectora sobre su hombro—. De hecho, el Comisario General está en mi lista de contactos rápidos. Cenamos juntos el jueves. ¿Quiere que se lo llame yo?
Isabela sintió el calor de la mano de su padre y, por primera vez en tres años, pudo respirar hondo.
—Papá, ellos dicen que me voy con las manos vacías. Que soy una vergüenza por ser hija de un mecánico.
Fernando esbozó una sonrisa de lobo.
—Bueno, técnicamente empecé como mecánico. Es cierto. Me apasionan los motores. Pero hace treinta años que no reparo un coche por dinero. Don Javier, ¿conoce usted el Grupo Global Márquez?
El color abandonó el rostro del patriarca Delgado.
—¿El… el conglomerado de inversión? Son dueños de medio sector financiero.
—Exacto —Fernando sacó una tarjeta negra y dorada y la deslizó sobre la mesa hasta detenerse frente al acuerdo de divorcio—. Soy el fundador y accionista mayoritario. He mantenido mi identidad en secreto para proteger a mi hija, para que creciera con valores auténticos, lejos de parásitos y oportunistas.
Se giró hacia Alejandro, que temblaba visiblemente.
—Quería comprobar si la amabas a ella o a su apellido. Y vaya si la prueba fue efectiva. Has demostrado ser un hombre mezquino, Alejandro.
—Yo… yo no sabía… —balbuceó Alejandro, acercándose a Isabela como un perro apaleado—. Isa, cariño, esto es un malentendido. Mis padres… ellos me presionaron.
Isabela lo miró con una mezcla de lástima y repulsión.
—No, Alejandro. Tú elegiste. Te burlaste de mis orígenes. Permisiste que inventaran que fui infiel.
—Hablando de eso —interrumpió uno de los abogados de Fernando, abriPermitió que inventaran lo de mi infidelidad, mientras ocultabas tu propio hijo.