Las gruesas puertas de madera del juzgado se abrieron de golpe con un estruendo que resonó por toda la sala. Una niña de cuatro años, con un vestido rosa manchado de barro y descalza, entró corriendo por el pasillo central. “¡Lucía no hizo nada!”, gritaba con todas sus fuerzas.
El juez alzó el mazo, pero se quedó paralizado. Los murmullos cesaron de inmediato. Todos los ojos se dirigieron hacia aquella pequeña figura temblorosa en medio de la sala, con el pelo revuelto y las mejillas enrojecidas del esfuerzo.
Lucía, sentada en el banquillo de los acusados, sintió que el corazón se le detenía. Las lágrimas que había contenido durante semanas empezaron a brotar. No podía creer lo que veía. “Claudia”, susurró.
La niña se giró hacia ella y, por un instante, sus miradas se encontraron. Luego, con una determinación impropia de su edad, Claudia levantó un dedo tembloroso y apuntó a la primera fila.
“Fue ella”, dijo con voz quebrada pero clara. “Fue mi madrastra.”
Isabel Montero permanecía inmóvil en su asiento, vestida de negro, las manos perfectamente colocadas sobre el regazo. Su rostro mantenía la expresión de dolor contenido que había mostrado durante todo el juicio, pero algo había cambiado en sus ojos. El pánico se filtraba como agua a través de una grieta.
El juez golpeó el mazo tres veces. “¡Orden! ¡Orden en la sala!”, vociferó por encima del caos que estalló. Declaró un receso de media hora. Pero antes de que nadie pudiera reaccionar, Claudia corrió hacia Lucía. Los guardias se movieron para detenerla, pero el abogado defensor alzó la mano.
“Es la hija de la víctima”, murmuró al juez.
Lucía se inclinó todo lo que las esposas le permitían. Claudia se aferró a sus manos encadenadas y susurró algo que solo ella pudo escuchar: “Lo vi todo, Lucía. Vi lo que hizo.”
Seis meses atrás, la casa de los Méndez era muy distinta. El sol de la tarde se filtraba por las ventanas del salón, iluminando los muebles de caoba y las alfombras que Juan había comprado en uno de sus viajes de negocios. Claudia estaba sentada en el suelo rodeada de muñecas, pero no jugaba. Observaba a los adultos como si fueran actores en una obra que no entendía.
“Claudia, cariño, ven aquí”, dijo Juan con ese tono especial que usaba cuando quería su atención. “Quiero que conozcas a alguien muy importante.”
La mujer sentada junto a su padre era guapa. Tenía el pelo castaño y brillante como las princesas de los cuentos, y un vestido azul que parecía caro. Sonreía, mostrando una dentadura perfecta.
“Hola, pequeña”, le dijo, inclinándose. “Soy Isabel. Tu padre y yo nos vamos a casar pronto.”
Claudia miró a Juan, confundida. “¿Eso significa que ya no vas a viajar tanto?”
Juan se rio y la levantó en brazos. “Significa que Isabel será tu nueva mamá. ¿No es maravilloso?”
Claudia no estaba segura de qué sentir. Recordaba vagamente a su madre verdadera, que había muerto cuando ella tenía dos años. Pero Lucía siempre había estado ahí, cuidándola, leyéndole cuentos antes de dormir, consolándola en las pesadillas.
Isabel abrió los brazos. “Ven, cariño. Vamos a ser muy felices juntas.”
Cuando Claudia se acercó, Isabel la abrazó, pero algo en ese abrazo se sentía raro. Era como abrazar a una muñeca fría. Isabel olía a perfume caro, pero debajo había otro olor, algo que la niña no podía identificar pero que le daba ganas de alejarse.
Desde la puerta de la cocina, Lucía observaba la escena. Llevaba tres años trabajando en esa casa, desde que la señora Ana murió. Había visto a Claudia dar sus primeros pasos, haber estado ahí cuando pronunció sus primeras palabras después del accidente. Esa niña era más que su trabajo. Era como la hija que nunca tuvo.
Algo en la mirada de Isabel hacia Claudia la inquietó. Cuando Juan se distraía, la sonrisa de Isabel desaparecía por completo. Sus ojos estudiaban a la niña como si fuera un problema que resolver.
“Lucía, ¿nos traerías café, por favor? Isabel y yo tenemos mucho que planear.”
“Claro, señor Juan.”
Mientras preparaba el café, oía las voces del salón. Juan hablaba de la boda, de los cambios que vendrían, de lo feliz que estaba por formar una familia otra vez. Isabel respondía con palabras perfectas, pero su voz sonaba fingida.
“¡Ay, qué linda mi niñita!”, exclamó Isabel cuando Juan mencionó algo sobre Claudia. “¡Vamos a ser las mejores amigas!”
Pero cuando Lucía regresó con la bandeja, vio que Isabel tenía la mano sobre el hombro de Claudia con demasiada fuerza. La niña se había quedado tiesa, mirando hacia la ventana como si quisiera escapar.
“El café”, anunció Lucía, colocando la bandeja.
“Gracias”, dijo Juan sin levantar la vista de sus papeles. “Por cierto, la semana que viene voy a Barcelona. Estaré fuera diez días.”
Lucía vio cómo los ojos de Isabel brillaron con algo que no parecía tristeza.
“Tan pronto”, dijo Isabel. “Apenas nos estamos conociendo, Claudia y yo.”
“Es inevitable, cariño, pero así tendrán tiempo de adaptarse. Lucía las ayudará con todo.”
“Por supuesto”, murmuró Isabel, pero su mirada hacia Lucía no era amistosa.
Esa noche, después de que Isabel se fue, Lucía ayudó a Claudia a bañarse y ponerse el pijama.
“¿Te gusta Isabel?”, le preguntó mientras le cepillaba el pelo.
Claudia se encogió de hombros. “No sé. Huele raro.”
“¿Raro? ¿Cómo?”
“Como… como cuando las flores del jarrón se ponen feas.”
Lucía frunció el ceño. “¿Y cómo te sientes con que vaya a vivir aquí? ¿Te irás tú?”, preguntó Claudia, girándose rápidamente con los ojos muy abiertos.
“No, cariño, yo no me voy.”
Claudia la abrazó fuerte. “Prométemelo.”
“Te lo prometo.”
Pero mientras arropaba a Claudia esa noche, Lucía no podía quitarse la sensación de que algo iba a cambiar para siempre.
Los siguientes días confirmaron sus temores. Isabel empezó a pasar más tiempo en la casa, “familiarizándose con las rutinas”, decía. Pero Lucía notaba cómo lo estudiaba todo: los horarios del personal, dónde estaban las llaves, qué medicinas tomaba Juan.
“¿Para qué es esto?”, preguntó Isabel una tarde, señalando un frasco en el botiquín de Juan.
“Para su corazón”, respondió Lucía. “El médico le dijo que debe tomarlas todas las noches. Y si se olvida, yo se las recuerdo. Llevo un control.”
Isabel asintió pensativa, como si memorizara la información.
Una semana después, Juan partió a su viaje. Isabel llegó esa mañana con dos maletas.
“Pensé que sería bueno que Claudia y yo pasáramos tiempo juntas”, le explicó a Juan.
Él parecía encantado. “Lucía estará aquí para ayudarte en lo que necesites.”
Isabel sonrió, pero su mirada hacia Lucía era helada.
En cuanto Juan se fue, el ambiente de la casa cambió. Isabel se movía como si ya fuera su dueña, revisando cajones, estudiando documentos.
Al día siguiente, Isabel dijo en la cocina: “Creo que debemos hacer algunos cambios.”
Lucía dejó de cortar verduras. “¿Qué tipo de cambios, señora Isabel?”
“Claudia está demasiado apegada a ti.”
“Es normal, señora. Llevo con ella desde que tenía un año.”
“Exacto. Est”Y eso no es sano para una niña de su edad, necesita aprender a relacionarse con su nueva familia, conmigo”, dijo Isabel, acercándose un paso más con una sonrisa que no llegaba a sus ojos.