El pasillo del Hospital Infantil San Miguel olía a lejía y café quemado, como la desesperación disfrazada de limpieza.
Era Madrid, una noche de invierno donde el aire se sentía delgado y las luces fluorescentes convertían a todos en sombras. Las enfermeras caminaban rápido. Los máquinas pitaban con paciencia cruel. Cada pocos segundos, un monitor recordaba a alguien que el tiempo seguía avanzando.
Rodrigo Mendoza no podía dejar de temblar.
No el temblor cortés de los nervios.
El verdadero, el que nace en los huesos cuando el cerebro se niega a aceptar lo que los ojos siguen viendo.
Durante tres semanas, había vivido en una silla de plástico frente a la habitación 402, con el traje arrugado como el abrigo de un extraño, la barba creciendo como una lenta rendición. Su móvil, pegado a la mano, como si el dinero, el poder y los contactos pudieran marcar un milagro.
Dentro de la habitación, su hijo Pedrito—solo tres años—yacía conectado a cables y monitores que parecían demasiado pesados para un cuerpo tan pequeño. Cada día, el niño se volvía más pálido, más ligero, más silencioso, como si la vida misma lo estuviera borrando poco a poco.
Rodrigo había construido su fortuna sobre una creencia: todo tiene solución.
Y ahora, estaba en un pasillo de hospital frente al primer problema que el dinero no podía doblegar.
El Dr. Ángel López, jefe de Pediatría, le pidió que “hablaran con calma”, como hacen los médicos cuando están a punto de arruinarte la vida.
Rodrigo conocía esa mirada.
La voz medida. La respiración controlada. Los ojos que no quieren encontrarse con los tuyos por mucho tiempo.
“Señor Mendoza”, comenzó el médico, eligiendo las palabras como si fueran cristal, “tenemos que ser honestos.”
La boca de Rodrigo se secó. Sus puños se cerraron.
“Hemos intentado todo”, continuó el Dr. López. “Seis protocolos. Especialistas. Consultas internacionales. Pruebas que no hacemos normalmente. La condición de su hijo es… extremadamente rara. En los pocos casos documentados en el mundo…”
El doctor hizo una pausa.
Y esa pausa dijo más que cualquier frase.
Rodrigo sintió que el pasillo se inclinaba.
“¿Cuánto tiempo?”, preguntó, con la voz quebrada.
El Dr. López bajó la mirada.
“Cuatro días”, dijo en voz baja. “Tal vez una semana, si… si tenemos suerte. Solo podemos mantenerlo cómodo. Evitar que sufra.”
Rodrigo lo miró como si las palabras fueran un idioma que no entendía.
Cuatro días.
Eso era un plazo para un contrato.
Un itinerario de vuelo.
Una fecha de pago.
No la vida de un niño.
“Tiene que haber algo más”, dijo Rodrigo, agarrando el brazo del médico con fuerza desesperada. “El dinero no es problema. Traeré a quien sea de donde sea. Diga un número.”
El Dr. López no se apartó. Ni siquiera parpadeó.
“Ya consultamos a los mejores”, dijo con suavidad. “Aquí y en el extranjero. A veces… la medicina llega a su límite.”
A veces.
Una palabra que sonaba a rendición.
“Lo siento”, añadió el médico, y la disculpa cayó como tierra sobre un ataúd.
Cuando el Dr. López se alejó, Rodrigo se quedó inmóvil hasta que sus piernas lo llevaron de vuelta a la habitación.
Pedrito estaba allí, diminuto bajo la sábana del hospital, los ojos cerrados, la respiración asistida, la piel tan pálida que parecía que la luz lo atravesaba. Rodrigo tomó la manita fría de su hijo y la apretó contra su frente como una oración.
Las lágrimas llegaron sin permiso.
¿Cómo se lo digo a Lucía?, pensó.
Lucía—su mujer—estaba en Barcelona por un congreso médico. Dos días de distancia. Dos días. Y su hijo tenía cuatro.
Rodrigo siguió mirando la cara de Pedrito, intentando memorizarla como hace el cerebro cuando siente que se acerca la pérdida.
Entonces, la puerta se abrió de nuevo.
Rodrigo se secó las lágrimas rápido, esperando a una enfermera.
Pero no era una enfermera.
Era una niña.
Pequeña—tal vez seis años—con un uniforme escolar gastado y un jersey marrón dos tallas más grande, como si lo hubiera heredado de una prima mayor. Su pelo oscuro estaba revuelto, como si hubiera estado corriendo, y en sus manos llevaba un botellín de plástico barato, de esos que venden en los ultramarinos.
Rodrigo parpadeó.
“¿Quién eres tú?”, exigió. “¿Cómo has entrado aquí?”
La niña no respondió.
Se acercó directaCaminó hacia la cama de Pedrito con determinación, abrió el botellín y murmuró: “El agua de la fuente de la abuela lo cura todo”.