El insomnio tenía forma de rueda.
Alejandro Gutiérrez llevaba dos años escuchando, en la penumbra de su dormitorio en La Moraleja, el mismo sonido: el suave crujir del aro metálico cuando Lucía se movía en el pasillo para ir al baño o cuando su madre, Elena, la recolocaba con ternura para que no se le durmiesen las piernas.
Cada noche, Alejandro contemplaba el techo, enumerando los «y si…» como si contara ovejas: y si hubiéramos ido antes al especialista… y si solo hubiera sido una inflamación pasajera… y si el médico no hubiera dicho “irreversible” con esa calma de quien no habita esta casa.
Aquella mañana de martes, se forzó a seguir adelante. Traje impecable, ojeras camufladas a base de café, y Lucía con su vestido amarillo —el que más le gustaba porque “parece de sol”— ya preparada en la silla, con su lazo ladeado y su mirada apagada.
—¿Preparada para ver a otro médico, princesa? —preguntó Alejandro, intentando que su voz sonara segura.
Lucía lo miró sin dramatismo, sin lágrimas, como si a sus cinco años ya hubiera aprendido la palabra “resignación” sin que nadie se la hubiera enseñado.
—Si tú quieres, papá.
Eso fue lo que le destrozó el alma.
Salieron hacia el todoterreno y, justo cuando Alejandro iba a arrancar, vio a un niño plantado frente a la verja. Tendría ocho, quizá nueve. Piel morena del sur, pelo muy negro y ojos profundos. Llevaba una camiseta roja descolorida que le quedaba grande y unas zapatillas gastadas con los cordones anudados de cualquier manera.
El niño no pedía limosna. No representaba la pantomima de la pena.
Observaba la silla de ruedas como si contemplara algo que le dolía… y que a la vez comprendía.
Alejandro pensó en pisar el acelerador. Cualquier cosa para esquivar más “esperanzas” que luego se transformaban en escombros. Pero el niño se aproximó a la ventanilla con paso resuelto.
—Señor… ¿me regala un minuto?
Alejandro bajó el cristal, más por curiosidad que por paciencia.
—¿Qué necesitas? Voy con prisa.
El niño señaló los pies de Lucía, que asomaban levemente bajo el vestido.
—Yo puedo lavarle los pies… y ella va a volver a andar.
La risa se le escapó a Alejandro, fuerte, seca. Era absurdo. Era cruel, incluso, venir a ofrecer milagros donde ya habían invertido más de un millón de euros y toda la fe del mundo.
—Mira, chaval… no sé qué clase de timo es este, pero—
—No es timo, señor —interrumpió el niño, sin alterarse—. Me lo enseñó mi abuela. Se llamaba doña Remedios. Ella curaba a la gente por los pueblos de La Mancha. Yo sé hacer masajes con plantas. Si no funciona, usted me echa. Pero si funciona… —y ahí el niño lo miró fijamente, sin pestañear— la princesa va a correr.
Alejandro sintió, por primera vez en meses, una punzada de algo que no era dolor. Era esa mezcla peligrosa de esperanza y desesperación, como cuando uno va a apostar lo único que le resta.
Lucía, que había permanecido en silencio, se inclinó hacia delante.
—Papá… ¿quién es?
El niño sonrió, y la sonrisa le transformó el rostro. De pronto ya no parecía un crío de la calle, sino un niño… simplemente un niño.
—Hola, princesa. Me llamo Mateo. Mateo López.
Alejandro frunció el ceño.
—¿Y cómo sabes cómo se llama?
Mateo se encogió de hombros, como si fuera lo más natural del mundo.
—Bueno… todo el mundo lo sabe. La señora de la tienda de la esquina contó que la hija del señor Gutiérrez ya no anda. Dijo que usted anda muy apenado.
El pecho de Alejandro se oprimió. No había querido que su pena se convirtiera en comidilla, pero el dolor, en España, viaja más rápido que un mensaje de WhatsApp.
Lucía alzó la mano, como pidiendo autorización.
—¿Tú de verdad puedes ayudarme?
Mateo se arrodilló para quedar a su altura.
—Puedo intentarlo. Pero tú también tienes que querer. Mi abuela decía que las piernas son cabezotas… pero el corazón es más cabezota.
Alejandro tragó saliva. Miró a su hija. Miró al niño. Y tomó una decisión que no parecía de empresario, sino de padre.
—De acuerdo. Pero lo hacemos como es debido. Con mi mujer delante. Y si algo no me convence, se acaba.
Mateo dudó un instante, como si no creyera que la verja se abriría para él.
—Yo no tengo dinero, señor… no quiero ser una molestia.
—Si de verdad puedes ayudar a mi hija —dijo Alejandro, y se sorprendió a sí mismo con la determinación— nunca más serás una molestia en esta casa.
La verja se abrió. El todoterreno entró despacio. Mateo observaba los jardines como si fueran un museo: el césped impecable, la piscina reluciente, las buganvillas trepando por un muro blanco. Un mundo ajeno.
En el salón, Elena los recibió con una revista de decoración en las manos y la mirada quebrada de quien ha dejado de creer.
—Alejandro… ¿qué es esto?
—Se llama Mateo. Dice que puede ayudar a Lucía.
Elena soltó una risa amarga, esa risa de “ya no me duele porque ya me duele todo”.
—¿Vas a hacerle caso a un niño de la calle?
Mateo se adelantó con educación, sacando de su pantalón corto una libreta pequeña, de tapas desgastadas.
—Señora… comprendo que desconfíe. Pero aquí tengo las recetas de mi abuela. Si quiere echar un vistazo.
Elena abrió la libreta. Dibujos de hierbas, nombres extraños, instrucciones sobre puntos en los pies y los tobillos. Había algo… demasiado minucioso para ser invención.
—¿Dónde está tu abuela?
La expresión de Mateo se ensombreció de repente.
—Se marchó hace tres meses. Enfermó. Antes de irse me hizo prometer que seguiría ayudando. Dijo que si no, el conocimiento se moriría conmigo.
Elena sintió un pellizco en el corazón. Un niño solo. Un niño con una libreta como única herencia.
—Lo probamos —dijo por fin, conteniendo la respiración—. Pero con condiciones. Aquí, en la habitación de Lucía. Yo presente. Y ante la primera señal rara, paramos.
Mateo asintió, aliviado.
—Sí, señora.
Ese mismo día, con una palangana, agua templada, romero y hierbabuena del jardín, comenzó.
Mateo preparó una infusión concentrada y la vertió en el agua. La habitación se llenó de aroma a campo. Lucía cerró los ojos y suspiró cuando sus pies tocaron el agua.
—Huele bien… como cuando llueve en el campo.
Mateo masajeó con cuidado, presionando puntos precisos, sin prisa. Elena le sostuvo la mano a su hija, temblando. Alejandro observaba de pie, con los puños apretados, preparado para gritar “¡basta!” ante cualquier cosa.
—¿Sientes algo, princesa? —preguntó Mateo.
—Como… cosquillas por dentro.
Elena se quedó helada. Alejandro dio un paso al frente.
—¿Estás segura?
Lucía asintió.
—Sí. Se nota raro… pero bonito.
No era un milagro. No era una escena de película. Era algo diminuto, casi imperceptible. Pero para ellos, después de dos años de nada, era como ver una chispa en una habitación a oscuras.
Esa noche, mientras todos intentaban dormir con esa esperanza nueva —que también daba miedo—, Alejandro le preguntó a Mateo dónde—Bajo el puente de la A-6 —confesó el niño, bajando la mirada—. Pongo cartones.