Oye, escúchame esta historia, que es de no creer.
Volvió para darle una sorpresa a sus padres… pero lo que se encontró le destrozó todo lo que sabía sobre su familia.
El coche de Leonardo Aguilar cortó la niebla helada de Montealegre, un pueblo de cuento en la sierra con un frío que corta la piel. Había vuelto tres días antes de lo previsto. El trato se cerró antes de lo esperado, y en su cabeza solo tenía una imagen: su padre riéndose con ese “venga, hijo” orgulloso, y su madre sirviéndole un café como si con eso le pudiera quitar todo el cansancio.
A don Rogelio y a doña Carmen los trajo desde México cuando su empresa empezó a ir bien. “Ahora os toca vivir tranquilos”, les prometió, seguro de que el lujo podía pagar la deuda de amor. En esa casa grande con calefacción, jardines perfectos y ventanales enormes, por fin tendrían lo que nunca tuvieron: paz.
Pero nada más llegar, algo no cuadraba.
Las luces del salón estaban apagadas. Solo un par de ventanas del piso de arriba brillaban como ojos agotados. Leonardo frunció el ceño. Eran las ocho de la noche, demasiado pronto para que estuvieran todos durmiendo.
Pulsó el mando de la verja. Se abrió lentamente. Aparcó en el garaje, que estaba templado. Bajó con la maleta en la mano… y entonces lo vio.
Dos figuras humanas estaban sentadas en la nieve, abrazadas la una a la otra en los escalones de una entrada lateral. Por un instante pensó que eran gente sin hogar buscando refugio. Pero el corazón se le paró cuando la farola de fuera iluminó una cara que conocía.
—No… no puede ser —susurró.
Eran sus padres.
Don Rogelio tiritaba con una camiseta fina y un pantalón de pijama, los labios morados. Doña Carmen llevaba un vestido de algodón, sin abrigo, con el pelo pegado a la frente por la humedad. Estaban ahí fuera como si los hubieran echado sin darles tiempo a nada.
Leonardo soltó la maleta y corrió. Resbaló un poco, se arrodilló frente a ellos y los abrazó a los dos a la vez, como si pudiera calentarlos solo con su cuerpo.
—¡Papá! ¡Mamá! ¿Qué hacéis aquí? ¿Quién… quién os dejó fuera?
Don Rogelio alzó la cara. Las lágrimas se le habían helado en las mejillas.
—Hijo… volviste… —su voz era un hilo—. Tu mujer dijo que ya no podíamos estar dentro.
A Leonardo se le encendió la sangre.
—¿Esther? —la nombró sin poder creérselo. Su mujer, elegante, sonriente, la misma que en las cenas saludaba a sus padres con dos besos—. ¿Qué estás diciendo, mamá?
Doña Carmen se apretó el pecho y soltó un llanto muy quedo.
—Nos dijo que hablaste desde el viaje… que estabas cansado… que ya no querías que viviéramos aquí… que estorbábamos.
La palabra “estorbábamos” le partió el alma a Leonardo.
—¡Eso es mentira! ¡Yo jamás diría eso!
Intentó abrir la puerta principal. No cedió. Golpeó. Pulsó el timbre. Nada. Buscó su llave. No entraba.
La cerradura… la habían cambiado.
Levantó la vista hacia la ventana del dormitorio principal. Una silueta se recortó detrás de la cortina. Esther estaba ahí, mirando la escena como quien ve una película que no le importa.
—¡Esther! —gritó Leonardo—. ¡Ábreme ahora!
Llamó a su móvil. Oyó el tono… dentro de la casa. Ella no contestó.
La nieve empezó a caer con más fuerza. Don Rogelio tosía sin parar. Doña Carmen ya no podía dejar de tiritar.
Leonardo no lo pensó. Corrió hacia la parte de atrás, donde recordaba una ventanita del trastero que a veces no cerraba bien. Metió las manos, entumecidas, forzó el marco… y entró.
Dentro la casa estaba calentita y olía bien, como una burla.
Subió las escaleras y golpeó la puerta de la habitación.
—¡Abre! ¡Ahora!
Al otro lado, Esther habló con una calma que daba miedo.
—Volviste demasiado pronto, Leo.
—¡Mis padres están fuera en la nieve! ¿Qué clase de persona hace eso?
—Están bien. No es para tanto.
Esa frase le heló el corazón más que el invierno.
—¡Se podían haber muerto!
La puerta se abrió solo un poco, con la cadena puesta. Esther apareció impoluta: maquillaje perfecto, bata de seda, mirada fría.
—Tienes que entender una cosa —dijo—. Tus padres no pueden vivir aquí para siempre.
—Son mis padres.
—Y yo no firmé para ser cuidadora de ancianos —soltó, sin pestañear—. Si quieres jugar a ser el hijo perfecto, hazlo… pero no en mi casa.
Leonardo sintió un golpe en el estómago.
—¿Tu casa? Esta casa la compré yo.
Esther sonrió, torcida.
—Ya veremos.
Leonardo bajó sin decir nada más. Abrió por dentro la puerta principal y sacó a sus padres del frío como quien rescata un tesoro. Los sentó en el sofá, les trajo mantas, les preparó un té. Se quedó vigilándolos toda la noche, escuchando su respiración, sintiéndose culpable por no haber visto las señales.
A las seis de la mañana oyó pasos. Esther bajó con una maleta como si fuera un día normal.
—Tenemos que hablar —dijo Leonardo, cortándole el paso.
—No tengo nada que hablar —contestó ella—. Ya elegiste.
—Elegí salvar a mis padres.
—Pues entonces llama cuando decidas qué te importa más: si ellos o yo.
Y se fue, dejando que la puerta se cerrara de golpe, como un disparo.
Don Rogelio, ya despierto, se incorporó con esfuerzo.
—Hijo… esto… esto no fue la primera vez —confesó, con vergüenza.
Leonardo lo miró fijamente.
—¿Cómo que no?
—Hace semanas nos decía que gastábamos mucho, que tú estabas cansado… y que una “asistenta” venía a vernos.
—¿Asistenta? ¿Cuál asistenta?
Doña Carmen se mordió el labio.
—Una chica… se llama Roxana. Esther dijo que tú la contrataste.
Leonardo sintió que algo encajaba… pero como un puzzle siniestro.
Ese día era martes. Si Roxana venía “cada martes”, aparecería pronto.
Leonardo no solo esperó a Roxana. También revisó su despacho. Abrió cajones. Encontró papeles fuera de lugar. Una carpeta azul, escondida detrás de las escrituras. La abrió… y se le cortó la respiración.
Formularios de una residencia privada: “Años Dorados”. Nombres de sus padres ya puestos. Firmas de Esther como responsable legal. Informes médicos impresos: “deterioro cognitivo”, “riesgo”, “agresividad”.
Todo mentira.
Y al fondo… una copia de un certificado de defunción con su nombre.
Leonardo se agarró al escritorio para no caerse.
No era un odio improvisado. Era un plan.
Cuando sonó el timbre, su corazón latía como un tambor.
Abrió la puerta con una sonrisa tensa.
Roxana entró con una carpeta bajo el brazo, treinta y pocos años, pelo castaño, acento extranjero.
—Buenos días. Soy Roxana, la asistente que cuida de sus padres. ¿Esther no está?
—Salió pronto —mintió Leonardo—. Pase.
Roxana miró alrededor como quien examina el terreno.
—Sus padres… anoche se les veía confusos, ¿verdad? A su edad pasa. Tengo aquí informes…
—¿Confusos cómo? —preguntó Leonardo con voz calmada, tragándose la rabia.
—Demencia senil,La justicia, aunque lenta, les devolvió la tranquilidad, y aprendieron que la verdadera fortuna no estaba en el banco, sino en el calor de los suyos.