El restaurante enmudeció cuando tres matones desgarraron el uniforme de la camarera, riendo como hienas en un lugar que creían conquistado. Pero ignoraban algo crucial: su marido no era cualquiera. Era Adrián Mendoza, el temido León de las sombras. Y cuando la campanilla de la puerta repiqueteó, sus risas se ahogaron.
La cafetera se estrelló contra el suelo de azulejos. Sofía Mendoza permaneció inmóvil junto a la mesa siete, aferrando los jirones de su uniforme azul claro sobre el pecho, el aire frío rozando su piel al descubierto. Las carcajadas de los tres hombres resonaban, hirientes, despiadadas.
Los clientes, paralizados en sus bancos de vinilo rojo con los tenedores suspendidos, no esperaban lo que vendría. Porque esa camarera de mirada dulce tenía una protección que ninguno imaginaba. En los siguientes diez minutos, aquellos que se burlaron de ella entenderían el verdadero significado del miedo.
El sol otoñal se ocultaba sobre la carretera N-340 cuando Sofía comenzó su turno nocturno en La Cazuela, el pequeño restaurante de carretera. A sus 32 años, irradiaba una calma que tranquilizaba a cualquiera. Su uniforme siempre impecable, su pelo castaño recogido con pulcritud, su sonrisa sincera. Los habituales sabían que su café nunca se enfriaba y su presencia era un bálsamo. La pareja de ancianos en la mesa tres sonrió cuando les rellenó las tazas sin pedírselo. El camionero de la esquina asintió en agradecimiento. Para todos, era solo Sofía, la camarera que recordaba cada pedido y nunca alzaba la voz. Pero tras esos ojos color miel latía una historia que nadie en aquel pueblo conocía.
Mientras limpiaba la barra, la campanilla sonó. Entraron tres hombres con chaquetas de cuero, andar chulesco, voces demasiado altas. El que iba delante, de hombros anchos y pelo engominado, escrutó el local como si fuera suyo. Sus compinches, uno alto y desgarbado, otro corpulento con un tatuaje desvaído en el cuello, reían sin gracia, como quien marca territorio.
«Eh, cariño», chasqueó el líder los dedos hacia Sofía. «Nos morimos de hambre. ¿Nos atiendes o qué?».
Sofía tomó tres cartas con expresión serena. «Por aquí, caballeros».
La palabra *caballeros* sonó educada, profesional, pero el corpulento soltó una risotada. No se sentaron donde ella indicó. Ocuparon la mesa central, extendiéndose, volviéndose inevitables. Los demás clientes bajaron la mirada, las conversaciones cesaron. El viejo Rafa, el cocinero, observaba desde la ventanilla de la cocina, sus manos calladas deteniéndose sobre la plancha.
Sofía dejó las cartas. «Les traeré café para empezar».
El líder se recostó. «Depende. ¿Eres buena sirviendo?».
Sus amigos estallaron en carcajadas. Sofía mantuvo la voz firme. «Les traeré su café».
Durante veinte minutos, su comportamiento escaló. Se mofaron de la chaqueta gastada del camionero, hicieron comentarios groseros sobre el audífono de la anciana, devolvieron sus platos dos veces: primero «fríos», luego «quemados». Cada vez, Sofía regresaba a la cocina sin quejarse, rehacía los pedidos, los servía con la misma sonrisa.
«O es tonta o es una santa», murmuró el desgarbado, lo suficientemente alto para que medio restaurante lo oyera.
Cuando Sofía dejó la cuenta, el líder le agarró la muñeca. «¿Sabes qué? No creo que el servicio merezca propina». Su agarre se endureció. «Quizá deberías esforzarte más en complacernos».
Sofía retrocedió, pero su voz seguía clara. «Señor, suélteme».
Él tiró de ella y con su otra mano agarró el cuello del uniforme. La tela se rasgó limpiamente, los botones saltaron como monedas caídas. El restaurante enmudeció. La anciana jadeó, el camionero se levantó con la silla chirriando, Rafa dejó caer la espátula. Sofía se quedó allí, una mano sobre el pecho, la otra sosteniendo la cafetera vacía.
El líder sonrió, orgulloso del caos, mientras sus amigos reían. Pero Sofía no gritó ni lloró. Los miró con una calma que no encajaba, una calma que provenía de saber algo que ellos ignoraban.
La campanilla repiqueteó de nuevo. Todas las cabezas giraron. Adrián Mendoza entró, alto, pelo oscuro, chaqueta negra sobre camisa gris. Su rostro era un espejo sereno. Se detuvo a tres pasos, escaneando la sala: los botones esparcidos, el uniforme roto, el rostro de su mujer.
*”Sofía, ven aquí”*, dijo. Dos palabras que resonaron como campanillas en el silencio.
Los tres hombres palidecieron al ver el cambio en el aire. El camionero susurró algo al líder, cuyos ojos se abrieron como platos. *«Dios mío… Tú eres… el León»*.
Adrián no levantó la voz. Solo repitió: *”Sofía”*.
Ella caminó hacia él mientras los tres matones temblaban. Porque Sofía no era quien creían. Y Adrián menos aún.
*(Continuaría…)*