En los alrededores de Madrid, en una zona adinerada, se alzaba una gran finca cuyo dueño era don Alejandro Mendoza, el hombre más rico e influyente de toda la comarca. Propiedades, fábricas, negocios… su poder se comparaba al de un gran señor.
Allí servía como empleada del hogar Araceli Ruiz, una mujer sencilla y trabajadora de apenas veinticinco años, humilde y siempre entregada a su labor.
De ella, Alejandro solo sabía lo que oía en los murmullos del servicio:
—Es una mujer de mala fama…
—Tiene tres hijos… de padres distintos…
—Por eso huyó de su pueblo…
Y era cierto que Araceli enviaba casi todo su salario a su tierra cada mes. Cuando alguien le preguntaba:
—¿Para quién es tanto dinero?
Ella solo sonreía con suavidad y decía:
—Para José, Manuel y Lourdes.
Nada más. Por eso todos creyeron que eran sus hijos.
Pero Alejandro llegó a ver en ella algo muy distinto.
Un día, don Alejandro cayó gravemente enfermo. Lo ingresaron durante dos semanas en el hospital. Él creyó que nadie de la servidumbre acudiría, pero Araceli no se separó de su lado ni un instante. Le dio de comer, le administró las medicinas, pasó noches enteras velándolo. Cuando Alejandro gemía de dolor, Araceli le tomaba la mano y decía:
—Patrón… todo va a salir bien.
En ese momento, Alejandro comprendió que aquella mujer era desinteresada y más hermosa por dentro que ninguna otra. Se dijo a sí mismo:
—Si tiene hijos, también serán mis hijos. Yo los aceptaré.
Cuando Alejandro le confesó su amor, Araceli se asustó.
—Usted es el cielo, patrón, y yo solo soy la tierra… —dijo—. Y además… tengo responsabilidades.
Pero Alejandro no cedió.
—Lo sé todo —afirmó—. Y lo acepto: a ti y a tus hijos.
Poco a poco, Araceli cedió… o quizás su corazón se ablandó. Su relación se convirtió en comidilla de toda la región. La madre de Alejandro, doña Carmen Mendoza, estalló de furia:
—¡Vas a acabar con el honor de la familia! ¿Una sirvienta… y con tres hijos? ¿Quieres convertir la finca en un hospicio?
Sus amigos también se burlaron:
—Enhorabuena, compadre… ya eres padre de tres.
—Prepárate para mantenerlos.
Pero Alejandro se mantuvo firme. Se casaron en una ceremonia sencilla en la iglesia. Durante los votos, las lágrimas corrían por el rostro de Araceli.
—¿De verdad no se arrepentirá? —preguntó.
—Jamás —respondió Alejandro apretándole la mano—. Tú y tus hijos sois ahora mi mundo.
Y entonces llegó aquella noche… la noche de bodas.
La habitación estaba en silencio. Bajo la luz tenue, Araceli temblaba; el miedo, los nervios y el peso de un antiguo secreto se reflejaban en su rostro. Alejandro la tranquilizó:
—Araceli… ya no hay nada que temer. Estoy aquí.
Él estaba preparado para las huellas de la maternidad, para cicatrices pasadas, para cualquier verdad.
Araceli, lentamente, se quitó el mantón. Sus manos temblaban. Luego desabrochó el primer botón de su blusa… y en ese instante, los ojos de Alejandro se abrieron desmesuradamente. Pasaron varios segundos antes de que pudiera respirar. El color abandonó su rostro. Se quedó completamente inmóvil. Porque lo que vio… le trastornó el alma.
Porque en el cuerpo de Araceli había marcas gruesas, largas, profundas… no eran señales comunes en el cuerpo de una mujer. Eran cicatrices de operaciones, no una, sino varias. Algunas antiguas, otras recientes. Unas perfectamente delineadas… y una especialmente grande en el costado derecho, imposible de ocultar.
Araceli se cubrió de inmediato, como si alguien hubiera desnudado su alma. Alejandro retrocedió. En su rostro no había compasión, solo conmoción, incredulidad… y también temor.
El silencio tornó la habitación en piedra. Pasaron largos segundos sin que nadie hablara. Finalmente, Araceli dijo con voz quebrada:
—Esto… es lo que no quería que viera, patrón.
Sus ojos se anegaron de lágrimas.
—Ésta es la verdad que ocultaba. Pero no quería mentir… ni que usted me abandonara.
Alejandro permanecía paralizado. No entendía nada.
—Estas cicatrices, Araceli… ¿quién te hizo esto? ¿Y tus tres hijos…?
Su frase quedó a medias. Araceli guardó silencio. Sus dedos temblaban. Su respiración era pesada. Luego, como si se quitara un peso de años, comenzó a hablar:
—Yo… no tengo hijos, patrón.
Alejandro se heló.
—¿Qué? —tembló su voz.
Araceli bajó la cabeza.
—José, Manuel y Lourdes… no son mis hijos.
—Entonces… ¿quiénes son? —pudo apenas preguntar Alejandro.
La voz de Araceli temblaba, pero era firme:
—Yo… no los di a luz.
Respiró hondo.
—A ellos… les di la vida.
Alejandro no comprendió al principio.
—¿Cómo?
Araceli se descubrió lentamente, dejando de nuevo visibles sus cicatrices.
—Estas marcas… no son de partos. Son… de vender mis órganos.
La habitación enmudeció. El aire se volvió espeso. El corazón de Alejandro se estremeció.
—¿Órganos? Araceli, ¿qué estás diciendo?
La miró con incredulidad, como si escuchara un relato imposible. Las lágrimas corrían por su rostro, pero su voz era clara:
—Patrón… yo vengo de una familia muy pobre. En mi pueblo, muchos niños enfermaban. Sus padres no tenían dinero para curarlos.
La primera vez… cuando José enfermó… el médico dijo que necesitaba un trasplante de hígado urgente. Su padre se arrodilló ante mí suplicando: ‘Si él muere, yo también moriré’. Y yo… nunca pude negarme a un niño.
Alejandro quedó petrificado. Sus ojos se clavaban en las cicatrices, las mismas que escondían años de silencio.
—¿Vendiste tu… órgano?
Araceli asintió.
—Sí, patrón. La primera vez… di parte de mi hígado. Un año después, Manuel necesitó un riñón. La tercera vez… fue por Lourdes, para darle médula ósea…
No sollozó, solo dejó caer sus lágrimas. Era el llanto de una mujer que perdió muchas batallas, pero nunca su alma.
—La gente creyó que eran mis hijos… que tenía tres hijos de tres hombres…
Soltó una risa amarga.
—A nadie le importa la verdad. La gente solo busca motivos para murmurar.
Alejandro se desplomó, como si le hubieran arrancado la espina dorsal. Se llevó las manos a la cabeza. Sus ojos estaban llenos de arrepentimiento, conmoción y un dolor profundo.
—Y tú… ¿pasaste todo esto sola? ¿No se lo contaste a nadie?
Araceli esbozó una sonrisa débil.
—Si lo hubiera dicho… ¿qué habría cambiado, patrón? La verdad de los pobres… no pesa.
Los ojos de Alejandro se humedecieron. Ya no pudo contenerse. Se acercó a ella, se arrodilló y tomó su rostro.
—Araceli… ¿por qué hiciste todo esto?
La voz de Araceli era débil, pero honesta:
—Porque… si una madre ve morir a su hijo delante de ella… esa mujer deja de vivir. Yo no quería que ninguna madre… viera lo que la mía vio.
Las lágrimas rodaron por el rostro de Alejandro. Tomó sus manos.
—¿Y creíste que yo te despreciaría?
Araceli asintió lentamente.
—Usted es rico, patrón. La gente rica… teme las cicatrices. Y estas son… muy grandes… muy feas.
Alejandro tomY así, bajo el mismo techo que antes la vio servir, Araceli fue por fin reconocida no por sus cicatrices, sino por la inmensa dignidad que representaban.