Sofía Castillo llevaba casi seis años trabajando como niñera en Madrid, pero nada la preparó para lo que vio en la casa de los Mendoza. Cuando aceptó el trabajo, todo parecía perfecto: la casa elegante, los padres amables y, sobre todo, el alegre niño de nueve meses, Lucas. Su madre, Lucía, trabajaba largas jornadas como agente inmobiliaria, mientras que su padre, David, era ingeniero informático y solía teletrabajar.
Las primeras semanas transcurrieron sin problemas. Sofía adoraba a Lucas; sus risas llenaban la casa silenciosa y tenía el carácter más tranquilo que jamás había visto en un bebé. Pero pronto empezó a notar cosas que no cuadraban. Cada vez que le cambiaba el pañal, aparecían marcas rojizas en sus muslos. Al principio, pensó que era irritación o que el pañal le apretaba demasiado. Pero aquellas marcas no parecían normales: tenían formas extrañas, casi como huellas de dedos.
Se lo comentó con delicadeza a Lucía una tarde. Ella pareció genuinamente sorprendida, incluso preocupada, y prometió consultarlo con el pediatra. Sin embargo, una semana después, Sofía volvió a ver las mismas marcas, esta vez en lugares distintos. El patrón era demasiado raro para ignorarlo.
Luego estaban los ruidos. Mientras Lucas dormía la siesta, a menudo oía pasos en el piso de arriba, aunque David aseguraba estar trabajando en su despacho del sótano. Una vez, fue a revisar al bebé y escuchó el leve chasquido de una puerta cerrándose… dentro de la habitación.
Su inquietud se convirtió en temor. Una mañana, al encontrar otra marca—esta vez un pequeño moretón—tomó una decisión. Compró una cámara diminuta, disimulada como un ambientador, y la colocó en un rincón del cuarto del niño.
Durante dos días, no ocurrió nada extraño. Pero en la tarde del tercer día, mientras Lucas dormía, Sofía revisó las imágenes en su móvil. Sus manos temblaron al pulsar el botón de reproducción.
Los primeros minutos solo mostraban al bebé durmiendo. Luego, la puerta crujió al abrirse—lenta, silenciosamente. Una figura entró. Sofía se quedó helada. No era Lucía. Tampoco era David. Era alguien completamente distinto—alguien a quien jamás había visto antes.
Se le cortó la respiración cuando la desconocida se inclinó sobre la cuna.
Era una mujer de unos cincuenta y tantos años, vestida con un traje floreado descolorido. Sus movimientos eran cuidadosos, casi tiernos, mientras le acariciaba la cara a Lucas. Entonces, para horror de Sofía, la mujer le desabrochó el body y le presionó algo frío y metálico contra la piel. El niño gimió suavemente, pero no lloró.
La primera reacción de Sofía fue correr a la casa, pero se obligó a seguir viendo. La mujer se movía por la habitación como si la conociera al dedillo. Cogió el chupete de Lucas, lo olió y sonrió levemente, como si reviviera un recuerdo. Luego susurró algo que el micrófono apenas captó: “Te pareces tanto a él…”
Esa noche, Sofía no durmió. Su mente repasaba todas las posibilidades: una vecina con llave, una pariente desconocida, una intrusa trastornada. Pero al día siguiente, David comentó, como si nada, que trabajaría hasta tarde, y Lucía estaría en una visita hasta medianoche. La sincronización le resultó… sospechosa.
Decidió enfrentarse a ellos, pero antes colocó dos cámaras más: una en el pasillo y otra frente a la puerta principal.
Al revisar las imágenes esa misma noche, la verdad se volvió aún más extraña. La misteriosa mujer apareció de nuevo, pero esta vez no entró por la puerta principal ni el pasillo. Salía del sótano.
La sangre de Sofía se heló. El sótano era el despacho de David. Él le había dicho claramente que era una zona “restringida” por sus proyectos confidenciales. Pero ahora parecía ocurrir algo mucho más oscuro allí.
Al día siguiente, cuando David salió a hacer la compra, Sofía bajó a escondidas. El aire estaba húmedo, impregnado de un débil olor metálico. Al fondo, encontró una puerta cerrada con una pequeña cerradura numérica. Había arañazos alrededor, como si alguien hubiera intentado abrirla desde dentro.
Retrocedió rápidamente, con el corazón desbocado. Esa tarde, llamó anónimamente a la policía, denunciando un posible intruso.
Cuando llegaron los agentes, David pareció tranquilo, incluso colaborador. Les permitió registrar la casa, incluido el sótano. No encontraron nada. La puerta cerrada, según él, llevaba a un trastero viejo. Introdujo el código y la abrió: estanterías vacías, polvo y un leve olor a lejía.
La policía se fue. Sofía se sintió ridícula, pero algo seguía sin encajar. ¿Por qué había desaparecido la mujer tan completamente? ¿Por qué seguían apareciendo marcas en la piel de Lucas?
Mantuvo las cámaras grabando. Y dos noches después, por fin vio la verdad.
El vídeo empezaba como los demás: la habitación en silencio, Lucas durmiendo plácidamente. Entonces, en un rincón del encuadre, la puerta del sótano se abrió de nuevo. Apareció la misma mujer, con la mirada vidriosa y movimientos robóticos.
Pero esta vez, David la seguía.
Sofía contuvo un grito. En las imágenes, David hablaba en voz baja, guiándola del brazo. “Tranquila, mamá”, susurró. “Solo un minuto.”
Mamá.
La revelación la golpeó como un puñetazo. La mujer no era una desconocida—era la madre de David. Más tarde, los registros policiales confirmarían que era Elena Mendoza, una antigua enfermera psiquiátrica dada por desaparecida hacía cinco años tras ser diagnosticada con demencia severa. David le había dicho a todo el mundo que había muerto en una residencia.
Pero no era así. La había estado escondiendo en el sótano.
El vídeo mostraba a David abriendo la puerta del sótano y conduciendo a su madre, que antes de bajar miró fijamente a la cámara, como si supiera. “Se pareceSofía supo entonces que, aunque el amor de David por su madre era profundo, mantenerla oculta había puesto en peligro a Lucas, y al final, la justicia y la verdad debían prevalecer.