Para el resto del mundo, Javier Castillo era la personificación del triunfo, un hombre que había alcanzado las cimas más altas en el mundo de los negocios, cuya firma movía mercados y cuya fortuna era la envidia de los círculos más selectos de Barcelona. Residía en una fortaleza de acero y cristal, una mansión que exhalaba lujo por cada poro, rodeado de una flota de coches de alta gama que relucían bajo el sol como joyas sobre ruedas y atendido por un séquito de empleados prestos a satisfacer hasta el más mínimo de sus deseos antes de que él los expresara. Sin embargo, para Javier, todo aquel imperio dorado no era más que un decorado vacío, un escenario costoso para una obra trágica que se representaba a diario en el silencio sepulcral de su hogar. Si alguien hubiera podido asomarse a su alma, no habría hallado orgullo ni satisfacción, sino un páramo yermo, arrasado por una impotencia que ningún talonario podía sanar. La causa de su tormento tenía un nombre, un rostro angelical y siete años: Lucas.
Su hijo, su único vástago, la luz de sus ojos y el último vínculo con su difunta esposa, se había convertido en una estatua de carne y hueso, un niño encerrado en una prisión invisible. No había nada físicamente dañado en él; las piernas de Lucas eran perfectas, sus músculos estaban intactos, sus nervios conducían los impulsos como debían. Los mejores médicos de Europa, eminencias que cobraban fortunas por una simple consulta, lo habían sometido a una interminable batería de pruebas: resonancias magnéticas que zumbaban como naves espaciales, escáneres cerebrales que cartografiaban su mente en colores, punciones lumbares dolorosas y exámenes neurológicos exhaustivos. El veredicto fue siempre el mismo, una palabra que a Javier le sonaba a cadena perpetua: trauma. Desde el accidente que se llevó a su madre, algo dentro de Lucas se había apagado, como si alguien hubiera cortado el interruptor principal de su voluntad de vivir. Se había refugiado en un silencio impenetrable y en una silla de ruedas que odiaba pero de la que no podía escapar.
Aquel atardecer de verano, el contraste entre el dolor de Javier y la alegría del mundo exterior era casi ofensivo. Siguiendo la insistencia casi tiránica de la terapeuta, quien repetía que el aislamiento solo empeoraría la condición de Lucas, Javier había accedido a llevarlo al Parque de la Ciudadela. El lugar bullía de vida; el sol se filtraba entre las hojas de los árboles centenarios, dibujando patrones de luz en el suelo, mientras el aire vibraba con las risas de niños persiguiendo balones, el murmullo de las parejas y la melodía lejana de un músico callejero. Javier empujaba la silla de ruedas con una pesadez en el pecho que convertía cada paso en una hazaña titánica. Observaba a otros padres, hombres sencillos con camisetas sencillas y vidas complejas, lanzando al aire a sus hijos, corriendo tras ellos, secando sus lágrimas por una rodilla raspada, y sentía una envidia tan corrosiva que le abrasaba la garganta. Lo daría todo, absolutamente todo —sus empresas, su casa, su reputación— por tener un solo instante de esa normalidad, por ver a Lucas correr, aunque fuera para tropezar. Pero Lucas permanecía inmóvil, la mirada perdida en un punto indefinido del horizonte, ajeno a la belleza que lo rodeaba, un espectador ausente de su propia niñez.
Fue en ese momento de desesperación silenciosa, cuando Javier sopesaba seriamente dar media vuelta y regresar a la seguridad de su mausoleo privado, cuando la realidad se alteró. De entre la multitud, como surgida de la nada, apareció una figura menuda que quebró la burbuja de aislamiento de padre e hijo. Era una niña, no mayor que Lucas, pero con una presencia que desmentía su edad y su condición. Iba descalza, y sus pies, ennegrecidos por el asfalto y la tierra, narraban historias de largas caminatas y noches a la intemperie. Su ropa era un collage de tallas incorrectas y tejidos gastados, y su cabello era una maraña indomable que desafiaba a cualquier peine. Sin embargo, lo que capturó a Javier no fue su pobreza evidente, sino sus ojos. Eran dos faros de una intensidad sobrecogedora, llenos de una inteligencia y un destello de vida que parecía imposible en alguien que claramente había sido golpeada por la vida con tanta saña.
La niña se plantó frente a la silla de ruedas, ignorando la postura defensiva y la mirada severa de Javier, y clavó sus ojos en los de Lucas. —Hola —dijo, con una sonrisa a la que le faltaba un diente pero le sobraba calidez.
Javier, actuando por instinto protector y condicionado por años de recelo hacia los desconocidos, se interpuso. —Niña, por favor, no molestes. No tenemos dinero para… —empezó a decir, asumiendo que era otra mendiga pidiendo monedas.
Pero ella ni siquiera parpadeó. No estaba allí por dinero. Con una audacia que rayaba la insolencia, se inclinó, apoyando sus manos sucias sobre las rodillas inertes de Lucas, invadiendo su espacio personal de una manera que hizo que Javier se tensara. Iba a echarla, iba a gritarle que se fuera, cuando la niña soltó una frase que congeló el tiempo, una promesa tan absurda, tan imposible y tan dolorosamente hermosa que le dejó a Javier sin aliento.
—Señor —dijo ella, alzando la vista hacia el millonario con una seguridad inquebrantable—, déjame bailar con tu hijo… y haré que vuelva a caminar.
Javier sintió una sacudida eléctrica recorrerle la espina dorsal, una mezcla de furia por la osadía de la niña y un latido repentino, casi doloroso, de una esperanza que creía muerta y enterrada; no sabía que en ese preciso instante, bajo la sombra de los árboles del parque, el destino acababa de lanzar los dados que cambiarían para siempre la historia de su familia.
El silencio que siguió a la propuesta de la niña fue denso, cargado de la tensión de dos mundos colisionando: el de la riqueza impotente y el de la pobreza sabia. Javier la miró, buscando algún rastro de burla, alguna señal de engaño en su rostro, pero solo halló una sinceridad brutal. —¿De qué estás hablando? —preguntó Javier, con la voz quebrada, luchando entre la lógica racional de un hombre de negocios y la desesperación de un padre—. Los mejores médicos del mundo no han podido hacer nada. ¿Qué podrías hacer tú, una niña que vive en la calle?
La pequeña no se amilanó. Se irguió todo lo que pudo, que no era mucho, y señaló hacia un grupo de arbustos cercanos. —Allí está mi hermana, Clara. Ella tenía lo mismo que tu hijo. Cuando nuestra madre se fue y nos dejó solas, Clara olvidó cómo usar las piernas. El miedo las paralizó. Pero yo la curé. No con medicinas, señor. La curé bailando. Porque el cuerpo no olvida cómo moverse, solo olvida por qué hacerlo. Hay que recordarle la alegría.
Antes de que Javier pudiera responder, sucedió lo impensable. Lucas, que llevaba meses sin emitir más que monosílabos forzados, habló. Su voz sonó oxidada, frágil como una hoja seca, pero clara. —¿Bailar? —preguntó, mirando a la niña con una curiosidad que iluminó sus facciones apagadas.
La niña sonrió, y fue como si saliera el sol. —Sí, bailar. Me llamo Valeria. Y tú tienes cara de que necesitas música.
Javier se sintió derrotado, no por la lógica, sino por la vida misma. Miró a su hijo, vio ese destello en sus ojos que no veía desde antes del accidenteValeria tomó suavemente las manos de Lucas y, con una sonrisa que parecía capaz de sanar cualquier herida, comenzó a moverlas al ritmo de una melodía que solo ellas dos podían escuchar.