La luz que se filtraba por los ventanales de nuestra casa en Marbella no era cálida ni reconfortante. Era una claridad fría y desabrida, que iluminaba cada mota de polvo suspendida en el aire y acentuaba las sombras de agotamiento talladas en mi rostro cuando me miraba al espejo. Parecía una extraña, una versión marchita de la mujer que había sido apenas unos meses atrás.
Me llamo Alba Mendoza, y aunque tenía veintiocho años, me sentía décadas más vieja. Hacía exactamente seis semanas que había parido trillizos: tres pequeños hermosos y agotadores llamados Lucas, Hugo y Mateo. Mi cuerpo era un territorio ajeno, transformado por la maternidad: más blando donde antes era firme, marcado por los caminos plateados del embarazo y la cicatriz de la cesárea que nos salvó a todos. El insomnio crónico hacía que el mundo oscilara si movía la cabeza demasiado rápido.
Vivía sumida en una calma frágil, ahogada por la logística de tres bebés: horarios de lactancia que chocaban, pañales interminables, llantos acompasados. Las niñeras renunciaban cada dos semanas —cuidar trillizos era demasiado incluso para profesionales—. Nuestra casa, pese a sus cuatrocientos metros cuadrados de lujo, se sentía como una jaula repleta de biberones y tronas.
Esa era la escena —yo en pijama manchado de leche, el pelo recogido en un moño deshecho, balanceando a un bebé mientras los otros dos gemían en el cochecito— cuando Rodrigo, mi marido y CEO de TecnoGlobal, una de las grandes empresas del IBEX, decidió dar el golpe final a nuestro matrimonio.
Entró al dormitorio con el traje negro recién planchado, oliendo a colonia cara y a desprecio. No miró a sus hijos. No preguntó cómo estaba. Solo me observó con la frialdad de quien valora un activo depreciado.
Sin preámbulos, lanzó una carpeta sobre la cama. El ruido fue seco, como un martillo en un juzgado. No necesité abrirla para saber qué decía: “DEMANDA DE DIVORCIO” en letras gruesas.
Rodrigo no alegó “diferencias irreconciliables”. Optó por la crueldad estética, escrutando cada detalle de mi agotamiento postparto: las ojeras moradas, las manchas de babas en el camisón, la faja postparto visible bajo la tela.
—Mírate, Alba —dijo con asco—. Pareces un espantajo. Arruinas mi imagen. Un director ejecutivo necesita una esposa que refleje éxito, no… esto.
—Rodrigo —susurré, con la voz ronca de sueño—, he parido a tus hijos hace seis semanas.
—¿Y te dejaste vencer por ello? —ajustó los gemelos de oro—. Problema tuyo.
Entonces vino la confesión calculada: —Tengo a alguien más. Alguien que entiende lo que exige mi posición.
Como si fuera una señal, apareció en la puerta Claudia, su asistente de veintidós años. Impecable, con un vestido de firma que costaba más que mi primer coche, sonriendo ante mi derrota.
Rodrigo la rodeó con un brazo posesivo. —Quedaos con la casa —dijo, como si fuera un favor—. Te conviene este barrio residencial. Estoy harto del caos, de tu aspecto lamentable.
Se marcharon. Los tacones de Claudia resonaron en el mármol. La puerta se cerró con un clic definitivo.
Él creyó que estaba demasiado rota para defenderme. No contó con que, antes de ser su esposa, fui escritora. Esa noche, entre biberones y lágrimas, empecé a teclear.
No escribí un diario de quejas. Escribí una novela: *El Espantajo del Director*. Cambié nombres —Rodrigo era “Adrián Torre”, TecnoGlobal “InnovaCorp”— pero cada detalle era real: su narcisismo, los trucos financieros que mencionaba en confianza, cómo me descartó tras el parto.
El libro pasó desapercibido… hasta que una periodista de *El País* conectó los puntos. El escándalo estalló. Adrián Torre era obviamente Rodrigo. Los titulares gritaban: *¿Ficción o confesión?*.
El libro se disparó a los primeros puestos. Rodrigo —ahora símbolo nacional de misoginia corporativa— perdió su puesto. La junta le echó: *”Eres tóxico para la marca”*. Claudia fue despedida por incumplir políticas de recursos humanos.
El divorcio fue rápido. Gané custodia total. Mi novela se convirtió en película. Rodrigo, investigado por la CNMV, aceptó una multa millonaria.
Dos años después, firmé ejemplares de mi segunda obra en una librería de Madrid. Lucas, Hugo y Mateo jugaban en el jardín de nuestra nueva casa.
Rodrigo quiso una esposa decorativa. En su lugar, creó a la autora que lo destruiría con tinta y verdad.
Y esa, creedme, fue la venganza más dulce.