Hoy, en mi diario, quiero dejar constancia de algo que ha derribado todas mis certezas. La millonaria que creía ser fue a la casa de su empleado sin avisar… Y lo que halló en esa modesta vivienda de barrio hizo añicos su mundo de cristal y cambió su suerte para siempre.
Siempre he vivido con la exactitud de un mecanismo de relojería. Dueña de un imperio inmobiliario, con una fortuna amasada antes de los cuarenta, rodeada de cristal, acero y mármol. Mi oficina ocupa el ático de una torre frente al Mediterráneo, y mi piso es fotografiado a menudo para esas revistas de lujo. En mi universo, la gente actúa con rapidez, obedece sin dudar y nadie tiene espacio para la flaqueza.
Pero esta mañana, algo me sacó de mis casillas.
Carlos Gutiérrez, el hombre que ha limpiado mi despacho durante los últimos tres años, ha vuelto a faltar. Tres ausencias en un mes. Tres. Y siempre con la misma disculpa: “Problemas familiares, señora”.
—¿Familia…? —murmuré con desprecio, mientras me ajustaba la chaqueta de diseño frente al espejo—. En tres años jamás habló de tenerla.
Mi asistente, Ana, intentó apaciguarme, recordándome que Carlos siempre fue puntual, discreto y cumplidor. Pero yo ya no escuchaba. Para mí, era pura negligencia disfrazada de drama sentimental.
—Dame su dirección —dije con frialdad—. Iré a comprobar personalmente qué clase de “problema” tiene.
Minutos después, en la pantalla aparecía la dirección: Calle Romero 123, Barrio de San Isidro. Un barrio humilde, muy distante de mis torres acristaladas y áticos con vistas al mar. Sonreí con aire de superioridad. Iba a poner cada cosa en su sitio. No podía imaginar que, al traspasar esa puerta, no solo alteraría la vida de un empleado… sino que mi propia existencia se volvería del revés.
Media hora después, mi Audi negro avanzaba con lentitud por calles sin asfaltar, esquivando baches, perros abandonados y niños descalzos. Las casas eran sencillas, con fachadas pintadas de colores desconchados. Algunos vecinos miraban el coche como si un ovni hubiera aterrizado en mitad del barrio. Bajé del vehículo con mi traje a medida y mi reloj de oro brillando bajo el sol. Me sentí fuera de lugar, pero lo disimulé, alzando la barbilla y caminando con determinación hasta una casa azul descolorida, con la puerta de madera resquebrajada y el número 123 casi borrado.
Llamé con firmeza.
Silencio.
Después, risas infantiles, pasos apresurados, el llanto de un bebé.
La puerta se abrió despacio.
El hombre que apareció no era el Carlos pulcro que yo veía cada día. Llevaba una camiseta manchada, el pelo desaliñado y unas ojeras profundas que le marcaban el rostro. Se quedó petrificado al verme en el umbral.
—¿Señora Mendoza…? —dijo con un hilo de voz.
—He venido a ver por qué mi oficina está sin limpiar hoy, Carlos —respondí con una frialdad que cortaba el aire.
Intenté entrar, pero él bloqueó el paso instintivamente. En ese instante, el grito angustiado de un niño rompió la tensión. Yo, haciendo caso omiso, empujé la puerta.
El interior olía a caldo casero y humedad. En un rincón, sobre un colchón viejo, un niño de unos seis años tiritaba bajo una manta delgada.
Pero lo que hizo que mi corazón —ese que creía hecho solo de números— se detuviera, fue lo que vi sobre la mesa.
Allí, rodeada de libros de medicina y frascos vacíos, había una fotografía enmarcada. Era mi propia hermana, Elena, fallecida en un trágico accidente hace quince años. Junto a la foto, un colgante de oro que reconocí al instante: la joya familiar que desapareció el día del entierro.
—¿De dónde has sacado esto? —pregunté con la voz quebrada, cogiendo el colgante con manos temblorosas.
Carlos cayó de rodillas, llorando.
—No lo robé, señora. Elena me lo dio antes de morir. Yo era el enfermero que la cuidó en secreto, porque su padre no quería que nadie supiera de su enfermedad. Me pidió que cuidara de su hijo… pero cuando falleció, su familia me amenazó para que desapareciera.
Sentí que el mundo giraba. Miré al niño. Tenía los mismos ojos de Elena.
—¿Él… es su hijo? —susurré.
—Es su nieto, señora. El niño que todos ustedes ignoraron por orgullo. Trabajo limpiando sus oficinas solo para estar cerca de usted… esperando el momento de decirle la verdad. Las ausencias son porque el niño padece lo mismo que su madre. No tengo para las medicinas.
Laura Mendoza, la mujer que nunca se arrodillaba, se dejó caer junto al colchón. Cogí la manita del niño y sentí un lazo que todo el dinero del mundo no podría comprar.
Esa tarde, el Audi negro no regresó solo a la urbanización de lujo.
En el asiento de atrás viajaban Carlos y el pequeño Javier, camino del mejor hospital de la ciudad.
Semanas después, mi oficina ya no es un lugar de frío acero.
Carlos ya no friega suelos: ahora dirige la fundación “Elena Mendoza”, dedicada a niños con enfermedades crónicas.
La millonaria que fue a despedir a un empleado terminó hallando a la familia que el orgullo le había arrebatado… comprendiendo que, a veces, hay que mancharse las manos de tierra para encontrar la auténtica riqueza de la vida.