La pluma Montblanc pesaba una tonelada en la mano de Lucía. No por el oro con el que estaba fabricada, sino por la sentencia que estaba a punto de firmar.
El silencio en el salón principal de la mansión de los Delgado no era apacible; era denso, impregnado de una hostilidad que se te adhería a la piel. Tres años. Tres años de su vida reducidos a aquel folio sobre la mesa de roble.
—¿Vas a firmar hoy o esperamos a que te den lecciones de caligrafía? —La voz de Claudia, su cuñada, cortó el aire como un cuchillo. Estaba recostada en el sillón de piel, sosteniendo una copa de Albariño con esa elegancia indolente de quien jamás ha sudado para conseguir nada.
Lucía alzó la mirada. Sus ojos, enrojecidos pero secos, buscaron a Javier. Su marido. El hombre al que había jurado amor eterno en un altar repleto de flores blancas que, ahora comprendía, habían costado más que el piso donde se crio. Javier miraba por la ventana, esquivando su mirada, con esa cobardía templada que Lucía había confundido con timidez durante demasiado tiempo.
—Déjala, Claudia —intervino doña Margarita, su suegra, con una sonrisa que no alcanzaba sus fríos ojos—. La pobre debe estar calculando cuánto pierde. Llegó a esta casa con una maleta de ropa de mercadillo y se va con la misma maleta. Es justicia divina.
Lucía sintió el nudo en la garganta. Quería gritar. Quería decirles que ella había amado a Javier cuando no era nadie en la empresa familiar, que había aguantado sus desdenes no por dinero, sino por la estúpida esperanza de tener una familia.
—El acuerdo es claro —intervino el abogado de la familia, un hombre con rostro de hurón—. Renuncia a toda pensión, a cualquier bien inmueble y a todo reclamo futuro. A cambio, los Delgado… benévolamente, deciden no hacer públicas las pruebas de su “indiscreción”.
Lucía soltó la pluma de golpe. El sonido resonó como un disparo.
—¿Indiscreción? —Su voz sonó ronca, pero firme—. Yo nunca le fui infiel. Jamás.
Don Ignacio, el patriarca, suspiró con hastio desde la cabecera de la mesa.
—Por favor, niña. Javier nos lo contó todo. Sabemos lo de tu aventura con ese… monitor. Tenemos fotos. Si no firmas ahora y te vas, nos aseguraremos de que tu nombre quede tan manchado que ni en la panadería de tu barrio te den trabajo.
Era mentira. Una trampa ruin para no soltar ni un euro. Javier sabía que era mentira, pero allí estaba, callado, permitiendo que sus padres la destrozaran.
—Javier —Lucía lo llamó por última vez—. Mírame y dímelo tú. Di que es verdad.
Él se giró, con el rostro contraído.
—Firma, Lucy. Es lo mejor. Vuelve con tu padre, al taller. Allí es donde perteneces. Entre la grasa y la gente sin clase. Nosotros somos… demasiado para ti.
Algo se quebró dentro de Lucía. Pero no fue su corazón. Fue el miedo.
Recordó a su padre. Antonio. El hombre que llegaba a casa con las manos manchadas de aceite, que le enseñó que la dignidad no se compra, que el valor de una persona se mide por su palabra, no por su cuenta bancaria. Se burlaban de él. Lo llamaban “el mecánico” como si fuera un insulto.
—Está bien —dijo Lucía, cerrando la carpeta—. Firmaré. Pero antes, tengo que hacer una llamada.
Doña Margarita soltó una risotada estridente.
—¿A quién? ¿A tu papá para que venga a recogerte en su furgoneta vieja? Dile que aparque en la calle, no quiero que manche de gasóleo mi entrada de adoquines.
Lucía no contestó. Marcó el número. Esperó dos tonos.
—Papá… ya es hora. Lo están haciendo ahora.
Colgó.
—Dice que ya está aquí.
Lo que los Delgado no sabían era que el “taller” de Antonio no arreglaba coches viejos. Lo que ignoraban, en su burbuja de arrogancia, era que el mundo más allá de sus verjas doradas estaba a punto de cambiar para siempre.
El sonido que se escuchó afuera no fue el motor tosiendo de una furgoneta destartalada. Fue el rugido grave y potente de un motor V12, seguido del chirrido de neumáticos de dos vehículos de escolta.
—¿Pero qué demonios…? —Don Ignacio se puso en pie, indignado.
El mayordomo entró en el salón, pálido como la cera.
—Señor… hay gente en la entrada. Seguridad privada. Y un señor que… exige pasar.
—¡Echa a esa gentuza! —gritó Margarita.
Pero era demasiado tarde. Las puertas dobles del salón se abrieron de par en par.
Y entonces, Lucía sonrió.
Porque la tormenta acababa de entrar, y vestía un traje italiano de tres mil euros.
Antonio Márquez cruzó el umbral. No había rastro de grasa en sus manos. Llevaba unas gafas de sol que se quitó con parsimonia cinematográfica, revelando una mirada de acero que escrutó la estancia. Tras él, dos abogados con maletines de piel y cuatro guardias de seguridad de complexión imponente se desplegaron por el salón con eficiencia militar.
El silencio que siguió fue absoluto. Javier se quedó boquiabierto. Margarita dejó caer su copa, tiñendo la alfombra persa, pero a nadie le importó.
—Buenas noches —La voz de Antonio era grave, educada y terriblemente peligrosa—. Vengo a recoger a mi hija. Y a cerrar algunos asuntos.
Don Ignacio, recuperando algo de compostura, hinchó el pecho.
—¿Quién se cree usted para entrar así en mi casa? ¡Llamaré a la policía!
—Hágalo —respondió Antonio con calma, acercándose a Lucía y posando una mano protectora sobre su hombro—. De hecho, el Comisario General está en mi lista de contactos rápidos. Cenamos juntos el jueves. ¿Quiere que lo llame yo?
Lucía sintió el calor de la mano de su padre y, por primera vez en tres años, pudo respirar hondo.
—Papá, ellos dicen que me voy con las manos vacías. Que soy una vergüenza por ser hija de un mecánico.
Antonio esbozó una sonrisa de lobo.
—Bueno, técnicamente empecé como mecánico. Es cierto. Me apasionan los motores. Pero hace treinta años que no reparo un coche por dinero. Don Ignacio, ¿conoce usted el Grupo Global Márquez?
El color desapareció del rostro del patriarca Delgado.
—¿El… el conglomerado de inversión? Son dueños de media banca.
—Exacto —Antonio sacó una tarjeta negra y dorada y la deslizó sobre la mesa, que se detuvo frente al acuerdo de divorcio—. Soy el fundador y accionista mayoritario. He mantenido mi identidad en privado para proteger a mi hija, para que creciera con valores auténticos, lejos de parásitos y arribistas.
Se giró hacia Javier, que temblaba visiblemente.
—Quería ver si la amabas a ella o a su apellido. Y vaya si la prueba fue efectiva. Has demostrado ser un hombre mezquino, Javier.
—Yo… yo no sabía… —balbuceó Javier, acercándose a Lucía como un perro apaleado—. Lucy, cariño, esto es un malentendido. Mis padres… ellos me presionaron.
Lucía lo miró con una mezcla de lástima y repulsión.
—No, Javier. Tú elegiste. Te burlaste de mis orígenes. Permisite que inventaran que fui infiel.
—Hablando de eso —interrumpió uno de los abogados de Antonio, abriendo su maletín—, tenemos pruebas forenses digitales que demuestran que las fotpero sobre todo, habían ganado el poder de decidir su propio destino.