La Esperanza de una Madre en Tiempos de GuerraAños después, en una estación de tren abarrotada, su corazón se detuvo al reconocer, en los ojos de una joven, el mismo brillo que creyó perdido para siempre.

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La nieve, fría e implacable como el destino mismo, bailaba tras la ventana helada, transformando la ciudad en un reino fantasmal de silencio y frío glacial. En una pequeña habitación, donde el aliento se convertía al instante en una nube de vaho, una mujer se aferraba a una niña frágil.

—Mamá, no quiero separarme de ti—, una vocecita tenue y quebradiza sonó en el aire helado, como el crujido de un carámbano. Los ojos de la niña, grandes y azules como nomeolvides escarchadas, estaban llenos de lágrimas.

—Mi golondrina, mi sol, es necesario. Muy necesario. Pronto, muy pronto, estaré a tu lado—, las palabras sonaban como un conjuro, como una oración que la mujer repetía para convencerse a sí misma. Acariciaba el pelo fino y sedoso de su hija, y cada uno de sus dedos parecía entumecerse por la separación que se avecinaba.

—¿Y cómo voy a estar sin ti, sola?

—No estarás sola, estarás con Alejandro. Él lo prometió.

Junto a la estufa, intentando calentar sus manos entumecidas, estaba el chico del vecindario. Sus rizos pelirrojos parecían guardar el último rescoldo de un verano ya extinto, y su mirada, adulta y seria para su edad, estaba fija en su pequeña amiga.

—Verónica, te di mi palabra. Una palabra fuerte. Te protegeré—, dijo con firmeza, acercándose y poniendo una mano sobre su hombro.

A Elena le resultaba insoportablemente duro, pero su mente, fría y lúcida, repetía una cosa: este era el único hilo de salvación, la única oportunidad de sacar a los niños del infierno del cerco. El hambre, el frío que calaba los huesos, las estufas apenas encendidas y los ojos vacíos de quienes ya se habían rendido. Alejandro había perdido a su madre el invierno pasado; ella se fue intentando dar vida a otro ser, y ambos se quedaron para siempre en un piso helado. La ayuda no llegó a tiempo, se perdió en los remolinos de nieve de una ciudad condenada.

Suplicó al jefe de taller que le permitiera irse con los niños, pero solo recibió una respuesta seca, que no admitía réplica:
—Si todos los que tienen hijos se van, ¿quién se quedará en las máquinas? ¿Crees que es fácil para mí? Hay una orden. Una orden de hierro. Desobedecerla es firmar tu propia sentencia.

—Se lo ruego… ¡Salve al menos a mi hija! La encontraré después, cuando termine esta pesadilla. Por mucho miedo que tenga, debo pensar en su vida. Y a Alejandro… Está completamente solo en el mundo, es un chico de nuestro patio.

Así, Verónica y Alejandro se encontraron en una columna de otras pequeñas sombras perdidas, guiadas por el frágil hielo del lago —ese camino de vida y esperanza, tan estrecho sobre un abismo negro.

Los dos años siguientes, Elena vivió al límite, donde el cuerpo se niega a funcionar, pero el espíritu, impulsado por un único objetivo, la obligaba a dar un paso tras otro. Su meta era el reencuentro. Cada mañana se despertaba con el pensamiento: «Hoy puede llegar noticia. Hoy puede terminar todo». Pero los días se alargaban en una cadena interminable y monótona. La gente, como sombras, caía en las calles y no se levantaba. Su propia madre se convirtió en una de esas sombras, apagándose en silencio en una habitación helada. A ellos, los trabajadores de la fábrica de defensa, ni siquiera se les permitía pensar en irse.

A principios de febrero de 1944, cuando el cerco finalmente se rompió, una mujer delgada, casi translúcida, se acercó al jefe de taller. Su voz era baja, pero en ella resonaba un acero templado en el crisol del sufrimiento.
—El cerco ha terminado. Necesito encontrar a mi hija y a Alejandro. Déjeme ir.

—¿Sabes dónde buscarlos ahora? El país es enorme.

—Supe que su tren fue a la región de Jaén. Buscaré en los orfanatos. Puede llevar tiempo.

—¿Cómo vas a ir sola? La guerra aún no ha terminado.

—¿Cree que después de todo lo vivido puedo tener miedo de algo?

Sergio, el jefe de taller, un hombre de rostro cansado y bigote canoso, suspiró profundamente.
—¿Crees que es fácil dejarte ir? ¿Quieres que te quite la exención?

—¿Y si me considera… desaparecida? Entonces no habría preguntas. Mire, Prudencia Semyonovna, desapareció durante tres meses y luego volvió. Un boticario mayor la cuidó, la escondió. Miles de nosotros sobrevivimos como pudimos.

—No, no voy a hacer eso. Puedo cubrirte dos meses. Pero para principios de abril, debes estar aquí y volver al trabajo. Si no… ya me entiendes.

—Gracias—, susurró Elena y, moviendo con dificultad sus piernas debilitadas, salió del taller. La nieve ya no era un enemigo, solo nieve. Comenzaba la búsqueda. Ya había hecho averiguaciones, sabía el nombre de la estación a la que llegaron los evacuados. Ahora había que moverse.

Jaén la recibió con el barro y el bullicio de la estación, tan extraño después del silencio sepulcral de Madrid. Estaba en el andén, perdida y desorientada, cuando se le acercó una mujer mayor con un chaleco acolchado y un pañuelo.

—Hijita, ¿estás buscando a alguien?—, preguntó con suavidad, y en sus ojos brillaba una tranquila compasión.

—Sí—, exhaló Elena. —A unos niños. Un niño y una niña. Los trajeron aquí después de la evacuación. Necesito un sitio donde quedarme para hacer las gestiones.

—Ven a mi casa, vivo sola. No me pagues nada. Solo ayúdame con la casa, mis manos ya no son lo que eran, me duelen.

—¡Con mucho gusto! Muchísimas gracias.

Así, Elena encontró refugio temporal en casa de Tarsila, cuya bondad era un islote de salvación en el mar de la posguerra.

Esa misma tarde, de vuelta de la oficina, Elena se sentó a la mesa de la cocina, donde ya humeaba una tetera panzuda y olía a pan de centeno recién hecho.

—Bueno, ¿cómo te fue?—, preguntó Tarsila, sirviendo té en tazas de loza.

—Envié solicitudes a todos los orfanatos de la provincia. Di no solo los nombres, sino también las señas. Mi Verónica tiene una cicatriz en el antebrazo izquierdo, en forma de media luna, se hirió una vez con la esquina de una mesa. Debería haber quedado. Y mandamos avisos a las escuelas; ya tiene siete años, debería estar estudiando. Alejandro tiene el pelo pelirrojo, pecas y dos remolinos en la cabeza, siempre de punta—, por un instante, una sonrisa cálida, casi olvidada, asomó a los labios de Elena.

—¿Es pelirrojo como su padre? Y tú eres morena.
—No, no es mi hijo, es del vecindario.

—¿Y aun así te preocupas tanto por él?

—Mi Verónica le tiene mucho cariño, son como hermanos. Y el chico da pena; su padre está en el frente, no hay noticias desde que empezó el cerco. Y su madre murió en el cuarenta y uno.

—¿Y tu marido?

—Cayó cerca de Madrid en los primeros meses.

—Pobrecilla… ¿Tus padres viven?

—Mi padre murió en la milicia. Mi madre… no sobrevivió el invierno pasado.

—¿Por qué no os evacuaron a vosotras?

—Era médica, no podía irse. Y a nosotras, de la fábrica, no nos dejaron.

—Te ha tocado una carga pesada. ¿Y después, volverás a Madrid?

—¿Adónde si no? Hay que reconstruir la ciudad. Donde eché raíces, allí viviré.Y en el silencio acogedor de la nueva casa, rodeada por el murmullo de sus hijos y la mirada serena de Tarsila, Elena sintió por fin que el invierno en su corazón comenzaba a derretirse.

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