Hallé una maleta en la carretera. Creí que era basura. Me equivoqué.

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**Capítulo 1: La Carga**

El rugido de siete motores V-twin cortó el silencio de una carretera rural de dos carriles en la serranía de Cuenca. Éramos los Lobos de Acero, de vuelta de una carrera benéfica para veteranos a varias provincias de distancia. El sol caía a plomo, golpeando el asfalto hasta hacer temblar el aire como un espejismo. Estábamos agotados. Llevábamos cuatro horas seguidas sobre las motos, con la espalda rígida y las manos vibrando contra el manillar.

Yo iba cerca de la retaguardia. Me llamo Marcos «Acero» Herrera. Veinte años en la carretera me han enseñado una cosa: vigila los arcenes. Vigila las cunetas. Ahí es donde el mundo arroja lo que quiere olvidar.

Lo vi a unos cuatrocientos metros.

Una maleta rígida. Gris. Estaba erguida sobre la grava del arcén, no tirada de lado como si alguien la hubiera arrojado desde un coche en marcha. Había sido colocada ahí. A propósito.

Y había algo atado al asa. Un lazo rosa, agitándose frenético por el viento de los camiones que pasaban.

Eso no era basura. Era algo dejado para que alguien lo encontrara.

Levanté el puño. La señal para parar.

Siete motores se apagaron uno tras otro. El silencio repentino era denso, solo roto por el chasquido del metal enfriándose y el susurro del viento entre la hierba seca. Los hombres bajaron de las motos. Algunos se estiraron, crujiendo las articulaciones. Otros encendieron cigarros. Pero yo caminé hacia la maleta sin decir nada.

Algo en mi pecho se había tensado. Una presión física, la que sientes antes de una pelea o de recibir malas noticias.

—Acero, ¿qué tienes? —gritó Víctor «Cura» Jiménez desde atrás. Era nuestro vicepresidente, un hombre de pocas palabras y fe profunda.

No respondí. No pude.

Me agaché junto a la maleta. Era de marca genérica, con las esquinas desgastadas. Pero la cremallera estaba abierta unos centímetros en la parte superior. Suficiente para dejar entrar aire. Entre la abertura vi tela: un forro polar lila, del tipo que se usa en mantitas de bebé.

Mi mano se congeló sobre la cremallera. Mi corazón martilleaba contra las costillas.

La abrí de un tirón.

El mundo pareció dejar de girar.

Dentro, acurrucada sobre un nido de toallas y mantas, había una niña. Una pequeña que no podía tener más de dos años. Rizos rubios pegados a su mejilla sonrosada. El pulgar cerca de su boca. Llevaba una camiseta limpia y un pañal.

Estaba dormida.

—Dios nos ayude —susurró Cura, que se había acercado.

Los demás formaron un semicírculo de cuero y mezclilla. Nadie habló. Nadie maldijo. Solo miramos lo imposible: una niña, empaquetada como equipaje, abandonada en la N-420 donde cualquier cosa—lobos, el calor, un conductor despistado—podría haberla matado.

La niña se movió. Sus dedos se cerraron sobre la manta lila, pero no despertó.

—¿Está…? —Grieta, nuestro prospecto más joven, no terminó la frase. Parecía enfermo.

—Respira —dije, con una voz que no parecía mía—. Manos, ven aquí.

Manos Ramírez se abrió paso entre el grupo. Se arrodilló junto a la maleta, transformándose al instante de motero a médico de campaña. Le tomó el pulso con dos dedos. Le levantó un párpado con el pulgar.

—Estable —dijo en voz baja—. El pulso es rápido, probablemente por el calor. Está deshidratada. Pero no lleva aquí mucho. Tres horas, como máximo.

Vi un sobre blanco escondido entre las mantas.

Lo cogí. Mis dedos rozaron el papel. Estaba cerrado. En el frente, con una letra temblorosa en tinta azul, había una sola palabra: GRACIA.

—Hay que avisar a la policía —dijo Grieta, retrocediendo—. Esto es una locura. ¿Quién hace algo así?

—Espera —dije.

Abrí el sobre. Dentro había una hoja de cuaderno doblada. La letra era clara pero apresurada, como si a quien la escribía se le acabara el tiempo.

Empecé a leer en voz alta, sereno a pesar de la rabia que hervía en mi estómago.

—«Se llama Lucía Gracia Herranz. Tiene dos años. Yo soy su madre, Ana. Escribo esto porque no me queda otra opción.»

Hice una pausa. El viento azotaba el papel.

—«Estoy enferma. El corazón me falla. Necesito una operación que no puedo pagar. No tengo seguro. Ni familia. Nadie que cuide de Lucía si muero en la mesa.»

Cura cerró los ojos. Sus labios murmuraron una plegaria silenciosa.

Seguí leyendo.

—«He intentado todo. He pedido ayuda a todas las instituciones, a todas las iglesias, a todos los programas. Nadie me ayuda porque no soy lo suficientemente pobre para calificar, pero no estoy lo suficientemente bien como para sobrevivir sin ayuda. ExistLucía se aferró a mi chaqueta mientras el sol se ponía sobre la carretera, y supe que, al final, siempre valió la pena detenerse en aquel arcén.

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