Me llamo Javier Montalbán. A los cuarenta y dos años, parecía tenerlo todo… hasta que una noche, el mundo se detuvo. Mi esposa, Isabel, una violonchelista de renombre internacional, murió cuatro días después de dar a luz a nuestros gemelos, Lucas y Adrián. Los médicos lo llamaron una “complicación posparto”, esas palabras huecas que no consuelan. Me quedé solo en una mansión de cristal valorada en cuarenta millones de euros en San Sebastián, con dos recién nacidos y un dolor tan denso que cada respiro era como tragar arena.
Lucas era robusto y sereno. Adrián no. Su llanto era agudo, metódico, desgarrador, como una sirena que nunca cesaba. Su cuerpecito se tensaba, los ojos se le volvían blancos de un modo que me helaba el alma.
El especialista, el doctor Andrés Herrera, lo tachó de “cólico”.
Mi cuñada, Lucía, tenía otra teoría. Decía que era culpa mía, que yo era frío como el mármol, que los niños necesitaban un “hogar de verdad”. En el fondo, lo que quería era el control del Fideicomiso Montalbán y la custodia de mis hijos.
Entonces apareció Nuria.
La chica invisible.
Nuria tenía veintitrés años, estudiaba enfermería y mantenía tres trabajos. Hablaba bajito, pasaba desapercibida y nunca pidió nada. Solo una cosa: dormir en la habitación de los gemelos.
Lucía la odiaba.
—Es una holgazana —susurró una noche en la cena—. La vi sentada en la penumbra, horas sin moverse. Y quién sabe… igual está robando las joyas de Isabel cuando no miras. Deberías vigilarla.
Cegado por el dolor y la desconfianza, gasté cien mil euros en instalar cámaras termográficas por toda la casa. No se lo dije a Nuria. Quería pruebas.
Durante semanas evité revisar las grabaciones, refugiándome en el trabajo. Pero un martes de lluvia, a las tres de la madrugada, incapaz de dormir, abrí la transmisión en mi tableta.
Esperaba verla dormida.
Esperaba pillarla revisando mis pertenencias.
Lo que vi me dejó sin aire.
Las imágenes en infrarrojo mostraban a Nuria sentada en el suelo entre las cunas. No dormía. Tenía a Adrián, el gemelo frágil, pegado a su pecho, piel con piel, igual que hacía Isabel para calmar su respiración. Pero eso no fue lo peor.
La cámara captó un movimiento lento, constante. Nuria se mecía mientras tarareaba una melodía: la misma nana que Isabel había compuesto para los gemelos antes de morir. Nunca se había grabado. Nadie más en el mundo debería conocerla.
Entonces la puerta se abrió.
Lucía entró con un cuentagotas plateado en la mano. Fue directa a la cuna de Lucas —el gemelo sano— y empezó a verter un líquido transparente en su biberón.
Nuria se levantó, abrazando a Adrián. Su voz, suave pero cortante, atravesó el audio:
—Basta, Lucía. Ya cambié los biberones. Ahora solo es agua. ¿El sedante que le das a Adrián para que parezca enfermo? Ayer encontré el frasco en tu cómoda.
La tableta temblaba en mis manos.
—Eres solo la criada —escupió Lucía—. Nadie te creerá. Javier piensa que lo de Adrián es genético. En cuanto lo declaren incapaz, me quedo con la custodia, el dinero, todo… y tú desapareces.
—No soy la criada —respondió Nuria, dando un paso adelante. Sacó de su delantal un medallón oxidado—. Yo era la enfermera practicante la noche que murió Isabel. Fui la última en hablar con ella.
Su voz se quebró.
—Me dijo que adulteraste su suero. Sabía que querías el apellido Montalbán. Antes de morir, me hizo jurar que si ella no sobrevivía, protegería a sus hijos. Cambié de nombre y apariencia durante dos años solo para entrar aquí y alejarlos de ti.
Lucía se lanzó contra ella.
No esperé más.
Corrí por el pasillo con la sangre ardiendo. Entré justo cuando Lucía alzaba la mano para golpear a Nuria. No grité. Solo le agarré la muñeca y la miré a los ojos.
—Las cámaras graban en 4K, Lucía. Y la policía ya está en la puerta.
El verdadero final no llegó con Lucía esposada, aunque eso también pasó. Llegó una hora después, cuando la casa al fin calló.
Me senté en el suelo de la habitación, justo donde Nuria había estado. Por primera vez en dos años, vi a mis hijos no como problemas, sino como pedazos vivos de la mujer que amé.
—¿Cómo conocías la canción? —pregunté, la voz hecha trizas.
Nuria se acercó, apoyando su mano en la cabeza de Adrián. Él no lloraba. Por primera vez en su vida, dormía tranquilo.
—Se la cantaba cada noche en el hospital —susurró—. Isabel decía que mientras la oyeran, sabrían que su madre seguía aquí. Yo solo… no quise que la melodía se apagara.
Entonces entendí algo terrible: por todo mi dinero, había sido pobre. Construí paredes de cristal y seguridad, pero olvidé levantar un hogar de amor.
No despedí a Nuria. La nombré directora de la Fundación Isabel, una organización que creamos para proteger a niños de familias tóxicas.
Y cada noche, antes de que los gemelos se duerman, nos sentamos en su cuarto. Ya no miramos cámaras.
Solo escuchamos la canción.