Soy un motero que ha recorrido todas las carreteras secundarias de esta provincia. Nunca me había parado por nada que me asustara. Hasta que encontré a una niña arrastrándose por la N-240 a las dos de la madrugada.
El faro de mi moto iluminó algo que se movía a ras del suelo. Pensé que sería un animal. Iba a sesenta y casi paso de largo.
Algo me hizo frenar.
Di la vuelta. Volví despacio con la luz apuntando al arcén.
Era una niña. Ocho, quizá nueve años. A gatas sobre la gravilla. Iba descalza. El pelo tenía algo oscuro enredado. Cuando la luz le dio en la cara, vi la sangre.
Le salía de la línea del cabello. Corría por el lado izquierdo de su rostro. Goteaba de su barbilla.
Apagué el motor.
—Oye, oye, cielo. ¿Me oyes?
No levantó la mirada. Siguió arrastrándose. Una mano tras otra. Como si ni me hubiera visto.
Me agaché frente a ella. Cuando llegó a mis botas, se detuvo. Alzó la vista hacia mí.
Nunca había visto unos ojos así en una niña. Vacíos. Como si le hubieran arrancado algo por dentro.
—¿Qué te ha pasado? —susurré.
Abrió la boca. Su labio inferior estaba partido. La mandíbula, hinchada.
—Él viene —dijo.
Luego sus ojos se volvieron hacia atrás y perdió el conocimiento.
La cogí antes de que cayera sobre la gravilla. No pesaba nada. La piel, helada. Camiseta blanca y vaqueros. Sin chaqueta. Sin zapatos.
Llamé al 112. El hospital más cercano estaba a veintidós kilómetros. La ambulancia tardaría veinte minutos.
Veinte minutos era demasiado.
Me subí a la moto. La sujeté contra mi pecho con un brazo. Nunca había conducido a velocidad con una sola mano. Pero tampoco había sujetado a una niña moribunda antes.
Nueve minutos. Eso fue lo que tardé.
Entré con ella en brazos en urgencias, gritando pidiendo ayuda. Un médico la miró y echó a correr. Enfermeras salieron de todas partes.
Intentaron quitármela. Aunque inconsciente, sus dedos se aferraban a mi chaleco con fuerza desesperada. Tuvieron que despegarla dedo a dedo.
Me quedé en el pasillo. Sangre en mi camisa. Sangre en mis manos. Mirando cómo se la llevaban en una camilla.
No sabía su nombre. No sabía de dónde venía. No sabía quién le había hecho aquello.
Pero sí sabía lo que dijo antes de desmayarse.
Él viene.
Y yo no me iba a ir a ninguna parte.
Una enfermera me encontró en la sala de espera a las tres de la madrugada. Seguía de pie. No podía sentarme.
—¿Es usted el que la trajo?
—Sí.
—Está estable. Una herida profunda en la frente. Conmoción cerebral. Moretones en las costillas y los brazos. Algunos son antiguos. De hace semanas.
Esa última parte me golpeó como un puño.
—¿Semanas?
—El médico señaló múltiples fases de cicatrización. Esto no fue algo de una sola vez.
Cerré los ojos. Respiré hondo.
—¿Está despierta?
—Entra y sale. No para de preguntar por el hombre de la moto. Supongo que es usted.
—¿Puedo verla?
—Normalmente no dejamos entrar a no familiares en pediatría. Pero se agita cuando le decimos que usted se fue. Así que sí. Por favor.
Me llevó por el pasillo. Habitación 114. La luz estaba tenue. Los monitores sonaban de forma constante y pausada.
La niña era diminuta en aquella cama de hospital. La cabeza vendada. La cara limpia, pero los moratones eran peores de lo que pensé. Morados y amarillos en el lado izquierdo. Mandíbula hinchada. Labio partido con puntos.
Abrió los ojos cuando entré.
—Ha vuelto —dijo.
—No me fui. Estaba justo fuera.
—¿Lo promete?
—Lo prometo.
Buscó mi mano. Se la di. Se agarró como si fuera lo único sólido en su mundo.
—¿Cómo te llamas, cariño?
—Lucía.
—¿Cuántos años tienes, Lucía?
—Nueve.
—¿Puedes contarme qué pasó?
Negó con la cabeza, rápida, asustada.
—Está bien. No tienes que hacerlo. Ahora no.
—¿Está él aquí? —susurró.
—No hay nadie aquí. Solo yo y los médicos.
—Me encontrará. Siempre me encuentra.
—¿Quién, Lucía? ¿Quién te encuentra?
Subió la manta hasta la barbilla. Se hizo lo más pequeña posible.
—Jorge —dijo—. El novio de mi madre.
Dos policías llegaron a las tres y media. Un hombre y una mujer. La mujer era una inspectora llamada Laura Reyes. Era tranquila, paciente, con experiencia.
Intentó hablar con Lucía. Lucía no la miró. Siguió agarrándome la mano y mirando la pared.
—Lucía, sé que tienes miedo —dijo la inspectora Reyes—, pero necesito entender qué pasó para poder protegerte.
Nada.
—¿Puedes decirme dónde vives?
Los ojos de Lucía se volvieron hacia mí. Asenté.
—Calle del Pino, 12 —susurró—. La casa amarilla.
—¿Y quién vive allí contigo?
—Mi madre. Y Jorge.
—¿Jorge es el novio de tu madre?
—Sí.
—¿Dónde está tu madre esta noche, Lucía?
—En casa. No puede salir. Jorge no la deja.
Reyes y yo intercambiamos una mirada.
—¿Jorge te hizo daño esta noche?
El agarre de Lucía en mi mano se apretó. Asintió una vez.
—¿Puedes contarme qué pasó?
Largo silencio. Los monitores pitaban.
—Rompí un vaso —dijo Lucía—. En la cena. Fue sin querer. Se me resbaló.
Lo dijo como si se disculpara. Como si romper un vaso fuera un delito.
—Jorge se enfadó. Me agarró del pelo. Me golpeó la cabeza contra la encimera. Me caí. Había sangre por todas partes. Mi madre gritaba.
Dijo todo esto con voz plana. Casi como ensayado. Como si lo hubiera reproducido en su mente tantas veces que había perdido los bordes.
—¿Y luego qué pasó?
—Le dijo a mi madre que se callara o le daría peor. Fue al garaje a buscar algo. Mi madre me dijo que huyera. Me dijo que corriera y no me detuviera.
—¿Y saliste corriendo?
—Por la puerta trasera. Por el patio. Al campo. No veía. Estaba oscuro. Encontré la carretera y seguí andando.
—¿A qué distancia está tu casa de donde te encontró este hombre?
Me miró. —No lo sé. Anduve mucho tiempo. Luego ya no pude andar más. Y me arrastré.
La inspectora Reyes lo apuntó todo. Su rostro no cambió, pero su bolígrafo se movía más rápido.
—Lucía, dijiste “él viene”. ¿Crees que Jorge te siguió?
—Siempre viene. Cuando me escondo, me encuentra. Cuando huyo, me atrapa. Dice que nunca podré escapar.
—Esta noche escapaste —dije yo.
Me miró. Por primera vez, algo más que miedo cruzó su rostro.
—Por usted —dijo.
Reyes salió al pasillo. La seguí, pero dejé la puerta abierta para que Lucía pudiera verme.
—Enviamos patrullas a esa dirección —dijo Reyes—. Si la madre está allí, también la sacaremos.
—¿Y Jorge?
—Si está allí, lo detendremos. Agresión agravada a un menor. Violencia doméstica. Posiblemente más, según lo que encontremos.
—¿Y si no está allí? ¿Y si está buscándola?
—Lo encontraremos.
—Ella dijo que siempre la encuentra. Eso significa que esto ya ha pasado antes.
—Lo sé. —Encontraremos a tu madre, Lucía —dijo la inspectora Reyes—, y te reuniremos con ella cuando esté a salvo.