Me desperté en la oscuridad, con un dolor que palpitaba como una sirena en mi cabeza y la certeza de que mi vida pendía de un hilo, de una decisión que no era mía.
La voz de mi marido atravesó la bruma, demasiado calmada, peligrosamente serena.
—Buenas noches, agente. Un despiste en la carretera comarcal.
Un latido.
Y entonces, la verdad, afilada como un cuchillo:
—Ella ya no es un problema. Mañana todo estará a mi nombre.
Un susurro de mujer tembló cerca de mí.
—¿Y si aún está viva?
Él sonrió en la oscuridad; se le notaba en la voz.
—No lo está. Lo comprobé.
El miedo me anegó el pecho, pero lo contuve. Aguanté la respiración y me quedé quieta, escuchando, esperando el instante preciso de su siguiente movimiento.
Lo primero fue notar la arena entre los dientes y un regusto a metal en la boca. Tenía la mejilla aplastada contra la gravilla fría. En algún lugar arriba, un motor ronroneaba en ralentí, firme, paciente, como si el tiempo no importara.
No abrí los ojos. Dejé que las pestañas se posaran en mi piel y me concentré en no mover un músculo. La cabeza me martilleaba en oleadas sordas, y al intentar tragar, una punzada me recorrió la garganta.
Entonces oí a Javier.
—Buenas noches, guardia civil. Un pequeño incidente en la nacional —dijo con ese tono seco que reservaba para camareros y dependientes.
Un instante después, bajó la voz.
—Ya está resuelto. Mañana todo estará solucionado.
Una mujer soltó una risa baja. No era policía. Demasiado familiar. Demasiado cerca.
—¿Y si todavía respira? —preguntó ella.
—No —cortó Javier—. Ya me cercioré.
El estómago se me encogió. Me obligué a no moverme, conteniendo el aliento como cuando era niña y jugaba a escondidas, como cuando te sumerges en el agua y temes que alguien te vea.
La gravilla crujió cerca de mi oreja. Una bota rozó mi mejilla. Contuve un escalofrío.
—Dios… —murmuró la mujer, casi admirativa—. Lo has logrado.
Javier exhaló.
—Tenía que ser limpio. Si reaccionaba, lo contaría todo.
La voz de ella se volvió práctica.
—El tráfico va a hacer preguntas. Necesitas una coartada.
—Ya está —dijo Javier—. Ella quiso conducir. Se cruzó un jabalí. Dio un volantazo. El todo terreno volcó. Trágico.
Imaginé nuestro todoterreno, el que compramos la primavera pasada después de que él me convenciera de que era “una inversión”. El mismo que insistió en asegurar a mi nombre, porque “simplificaba la gestión”.
Una radio crepitó a lo lejos. Así que sí, había un agente cerca, o al menos acercándose. Mi corazón latía con fuerza, suplicándome que me moviera, que gritara, que hiciera algo.
Pero Javier conocía mis gestos. Sabía cómo se me tensaban los hombros cuando me asustaba, lo mal que se me daba fingir.
Una mano me tocó la muñeca.
Quise retirarme, pero no lo hice. Dejé el brazo flojo, inerte.
Los dedos de Javier presionaron mi muñeca, buscando el pulso. Después resopló, satisfecho.
—¿Ves? Nada.
La mujer dijo:
—Vamos entonces, antes de que pase alguien.
Y de repente, tan cerca que noté la colonia de Javier y el aliento a tabaco de ella, oí el clic metálico de algo que se abría —como el cierre de un maletero—, seguido del frufrú de un plástico rozando la gravilla.
El sonido se detuvo a mi lado.
Mantuve los ojos cerrados, pero mi mente reconstruyó la escena: un falso toldo. Algo para envolver. Javier siempre detestó el desorden.
—¿Seguro que no quieres dejarla aquí? —preguntó ella—. Ya parece un accidente.
—No —la voz de Javier se tensó—. Los accidentes se investigan. La gente… se busca. Tiene que desaparecer un tiempo. Hasta que se resuelvan los trámites.
Se me secó la garganta. Desaparecer.
Una puerta se cerró de golpe en algún punto de la carretera. Una voz masculina surgió entre los árboles.
—¿Todo bien por ahí?
Javier recuperó su tono al instante.
—¡Sí, agente! ¡Por aquí!
Pasos acercándose. Supe que era un guardia civil por el modo en que sus botas pisaban el terreno.
—¿Señora? —preguntó—. ¿Me oye?
Relajé el cuerpo. Entreabrí los labios, como en un sueño. No respiré. La quemazón en el pecho era feroz, pero aguanté.
Javier se interpuso; lo oí en el crujir de la gravilla.
—Se… nos fue, agente. Hice lo que pude. Comprobé sus constantes.
El agente suspiró.
—Lo siento. Estas carreteras son traicioneras de noche. Voy a llamar a sanitarios y grúa. Señor, ¿qué pasó?
Javier soltó la historia del jabalí con la fluidez de lo ensayado. Mientras hablaba, la mujer se acercó de nuevo a mis pies.
—El plástico está listo —murmuró, como si arreglara algo sin importancia.
El agente pidió la documentación. Javier se alejó unos pasos. Eso creó un espacio.
La mujer se agachó junto a mí.
—Lo estás haciendo perfecto —susurró, refiriéndose al plan—. Va a salir bien.
Su mano se deslizó bajo mi hombro para tantear mi peso.
Entonces supe que no podía esperar más.
Dejé que mi pecho se elevara levemente y tosí, suave, débil, como un reflejo.
La mujer se quedó petrificada.
Tosí de nuevo y abrí los ojos. El dolor era atroz, pero logré enfocar. Su rostro estaba a centímetros del mío. No era autoridad. Solo alguien que había ayudado a mi marido a intentar callarme.
—No… no, no —musitó.
Mi boca formó una sola palabra:
—Socorro.
La voz del agente cortó la noche.
—¿Qué ha sido eso?
Ella se irguió de golpe.
—Ella… es que…
Alcé la mano, temblorosa, y señalé.
—Él… él lo ha hecho.
Las botas del agente crujieron al avanzar.
—¡Señora, quédese conmigo! ¡Señor, atrás! ¡Manos a la vista!
Javier protestó.
—¡Está desorientada! ¡Se ha dado un golpe!
El agente se arrodilló a mi lado y me palpó el cuello con cuidado. Su expresión cambió.
—Tiene pulso. Central, necesito urgencias médicas. Posible agresión previa.
Pensé que ya estaba a salvo. Me equivoqué.
Vi la mirada de la mujer desviarse hacia la espesura.
Los pasos de Javier retrocedieron.
Entonces, de forma brusca, Javier se abalanzó sobre el agente y la noche estalló en voces alteradas.
Todo pasó a la vez.
El agente logró apartarlo, pero Javier llevaba la ventaja de la sorpresa y la desesperación. Forcejearon, las botas patinando sobre la gravilla. La radio del agente pitó al balancearse contra su pecho.
La mujer alzó las manos al momento, fingiendo ser solo una testigo, como si no hubiera estado metida hasta el cuello segundos antes.
Me incorporé sobre un codo. El mundo se bamboleó y los bordes de mi vista se nublaron, pero la adrenalia me sostuvo.
—¡Señora! —gritó el agente sin mirarme—. ¡No se mueva!
Javier intentó abalanzarse de nuevo. Esta vez, el agente reaccionó rápido: lo esquivó, le sujetó el brazo y lo empujócontra el flanco del todoterreno, que crujió con el impacto, y las esposas se cerraron sobre sus muñecas con un clic frío y definitivo.