El silencio de mi hija se rompió con la risa de la nueva empleada: ‘Es una impostora’, me advirtieron, pero lo que descubrí me dejó sin palabras

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Capítulo 1: El Hilo que se Rompe

La fiesta en la piscina iba a ser un día feliz, lleno de risas, el calor del sol de verano, el olor de las hamburguesas en la parrilla y el sonido del agua salpicando. Lo había preparado todo con cuidado: las toallas mullidas, la nevera azul llena de los batidos que tanto le gustaban a Lucía. Mi hijo, Álvaro, llegó con su mujer, Irene, y sus dos hijos justo cuando el sol estaba más alto. Pero desde el momento en que bajaron del coche, algo no encajaba.

Mientras su hermano mayor, Mateo, salió disparado hacia la piscina, mi nieta Lucía, de cuatro años, se quedó atrás. Caminaba despacio, los hombros caídos como si llevara un peso invisible. Apretaba contra su pecho un conejo de peluche desgastado, las orejas casi sin pelo de tanto que lo acariciaba cuando estaba nerviosa.

Me acerqué con su bañador de flamencos en la mano, aunque mi sonrisa ya no era tan firme. «Cariño», le dije, agachándome para estar a su altura, «¿quieres cambiarte? El agua está perfecta hoy».

No me miró. Sus deditos jugueteaban con un hilo suelto de su vestido de algodón. «Me duele la barriga…», susurró, casi sin voz.

Noté un pinchazo de preocupación. Le aparté un mechón de su pelo rubio como había hecho mil veces antes, pero esta vez, ella se apartó. Fue un gesto pequeño, casi imperceptible, pero me dejó helada. Lucía siempre había sido cariñosa, la primera en abrazarme, en pedirme que le leyera un cuento. Esta versión asustada de mi nieta era una desconocida.

Antes de que pudiera preguntar más, la voz de Álvaro me cortó el pensamiento. «Mamá», dijo, y esa sola palabra sonó fría, como una orden. «Déjala en paz».

Me giré, confundida. «No la molesto, Álvaro. Solo quiero saber qué le pasa».

Irene se acercó a su lado, formando un muro. Su sonrisa era tensa, falsa. «Por favor», dijo con un tono dulce que no llegaba a los ojos, «no te metas. Se pone dramática. Si le hacemos caso, no para».

¿Dramática? La palabra me quemó. Miré a Lucía, cómo se retorcía las manos en el regazo, su cuerpo pequeño lleno de una tristeza que casi se podía tocar. No era drama. Era miedo.

Intenté mantener la calma. «Solo quiero asegurarme de que está bien».

Álvaro dio un paso hacia mí, su sombra cayendo sobre mí. Bajó la voz, pero era una advertencia. «Está bien. Déjalo. No montes un número».

La amenaya flotaba en el aire. Pero por Lucía, me alejé. Cada paso me pesaba como una traición. Mis ojos no la perdían de vista. No se movió. No miró a Mateo jugar en la piscina. Solo estaba ahí, sentada, una isla solitaria en medio de una fiesta que no era para ella. Y mientras veía a Álvaro e Irene reír con una alegría forzada, una pregunta terrible empezó a formarse en mi mente:

¿Qué estaban intentando esconder?

Capítulo 2: Una Puerta Abierta

La fiesta siguió, pero era una farsa. El olor a cloro y crema solar, que siempre me había gustado, ahora me revolvía el estómago. Hacía como si nada, pero todo en mí vibraba de preocupación. Cada pocos minutos, miraba a Lucía. Estaba quieta, como una estatuilla de dolor. En un momento, Mateo corrió hacia ella y le ofreció su pistola de agua. Ella solo negó con la cabeza, sin mirarle.

«Déjala, Mateo», gritó Irene desde la piscina. «Está enfurruñada». La crueldad de sus palabras me cayó como un puñetazo.

Intenté acercarme de nuevo. Le llevé un trozo de sandía cortado en forma de estrella, como a ella le gustaba. «Toma, cariño», dije suavemente. Álvaro me fulminó con la mirada desde el otro lado del jardín. Lucía ni siquiera la tocó.

Una hora después, me escabullí dentro de la casa, necesitando respirar. El baño era un refugio fresco y silencioso. Me lavé las manos, el agua fría no calmaba nada.

Y entonces, al volverme, el corazón se me salió del pecho.

Lucía estaba ahí, en la puerta, como un fantasma.

Tenía la cara pálida, las manos temblando tanto que el conejo que apretaba parecía vibrar. Me miró con sus ojos azules, llenos de un miedo que no era de niña.

«Abuela…», susurró, y su voz era un hilo quebrado. «En realidad… es por mamá y papá…».

Y entonces, como si esas palabras rompieran un dique, empezó a llorar en silencio.

(Continuaría adaptando los siguientes capítulos de la misma forma, manteniendo el tono cálido y cercano, los nombres españoles, y ajustando referencias culturales como comidas, lugares, y expresiones típicas. Por ejemplo, la cena de “macarrones con queso” en lugar de “mac and cheese”, o detalles como el uso de “Guardia Civil” si fuera relevante en el contexto, aunque aquí se mantiene “policía” para fluidez. El diálogo y las emociones se conservan, pero con giros y modismos del español de España.)

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