El pasado regresa: Cuatro niñas en la calle le recuerdan a la esposa que abandonó.

6 min de leitura

El todoterreno negro frenó con una suavidad casi arrogante ante el semáforo en rojo del Paseo de la Castellana. Afuera, Madrid bullía con su mezcla de cláxones, turistas y el aroma de castañas asadas que se colaba como un suspiro cálido en la noche fría. Adentro, los cristales tintados guardaban el silencio almohadillado de la opulencia.

Mauricio Delgado aflojó el nudo de su corbata de seda y se permitió un instante de satisfacción. La fusión con el conglomerado internacional estaba cerrada. Otro contrato de nueve cifras firmado con su nombre. Otro paso para convertir a Corporación Delgado —que antaño fue un negocio familiar— en un imperio global.

—¿Tomamos la M-30 para regresar a la oficina, don Mauricio? —preguntó el chófer, Luis, mirándolo por el retrovisor.

Mauricio observó la Plaza de Cibeles a lo lejos, blanca e imponente como un sueño que ya no le conmovía.

—No, Luis. Déjame aquí. Necesito estirar las piernas.

Luis dudó, pero el tono de Mauricio no admitía réplica.

—Como usted diga.

Mauricio descendió. El aire olía a lluvia reciente y a chocolate caliente de alguna cafetería cercana. Caminó con la espalda erguida, como si el peso de la ciudad le perteneciera por derecho. A sus cincuenta y dos años, las primeras canas en su pelo oscuro no mermaban su autoridad: la acentuaban. Sus ojos —un azul claro, penetrante, heredado de su abuela vasca— habían hecho bajar la mirada a rivales en mil salas de juntas.

El semáforo peatonal se puso en verde. Mauricio avanzó con la muchedumbre, calculando mentalmente la reunión del consejo que tenía en cuarenta minutos. Fue entonces cuando las distinguió.

Cuatro niñas idénticas, acurrucadas en una esquina, colocaban ramos artesanales en cubos de plástico. Vestían chaquetas desiguales, claramente de segunda mano, y guantes sin dedos que dejaban ver sus manos enrojecidas por el frío. Un cartel apoyado en uno de los cubos decía: “Flores por esperanza. 1 euro.”

Mauricio habría seguido su camino, como siempre. Tenía por costumbre ignorar todo lo que le recordaba que el mundo no era un club privado. Pero algo le detuvo: la línea delicada de sus mandíbulas, la dignidad en la inclinación de sus cabezas… y esa absurda sensación de familiaridad que no lograba explicarse.

Una de las niñas alzó la vista.

Mauricio contuvo la respiración.

El estruendo de la ciudad se tornó en un murmullo lejano, como si alguien hubiera bajado el volumen del universo. Aquellos ojos… los ojos de su estirpe. El azul exacto de los Delgado. No en un rostro. En cuatro.

La vibración de su móvil le sobresaltó. Se le resbaló el maletín de la mano.

—Don Mauricio, el consejo consulta si llegará con retraso —dijo la voz de su asistente, lejana como si llegara de otro planeta.

—Yo… te llamo luego —murmuró, colgando sin apartar la mirada.

La niña que lo había mirado primero dio un paso adelante y le tendió un pequeño ramo de margaritas y claveles.

—¿Quiere flores, señor? Son muy bonitas. Cuestan un eurito.

La cadencia de esa voz quebró algo en el interior de Mauricio. No por su tono infantil, sino por su eco: la misma musicalidad que tuvo antaño la voz de Beatriz Molina, su exmujer, antes de que él la expulsara de su vida.

—¿Quiénes… quiénes sois? —se le escapó.

La niña frunció el ceño, como si la pregunta le resultara extraña.

—Yo soy Alma. Ellas son Lucía, Vega y Noa —dijo, señalando a sus hermanas—. Somos “las niñas de las flores”. Así nos conocen.

Noa, la más menuda, tiró de la manga de Alma con urgencia.

—Tenemos que irnos. Doña Carmen se va a preocupar.

En menos de un minuto, recogieron sus cubos y ramos con una eficiencia practicada y se desvanecieron entre la multitud.

Mauricio se quedó solo, con el maletín en el suelo y un vacío que le ardía en el pecho.

Diez años.

Diez años desde que Beatriz lloró frente a él, con una mano sobre su vientre aún plano, repitiéndole que era un milagro.

Diez años desde que él, diagnosticado como “estéril” desde la universidad, la acusó de infidelidad y la echó de su hogar para proteger el apellido Delgado.

Esa noche, en su ático de Salamanca, Mauricio abrió una caja de cuero que no tocaba desde hacía años. Fotos, postales, recuerdos de cinco años de matrimonio. En la imagen de su boda, Beatriz sonreía con ojos verdes y una esperanza intacta. Mauricio se vio a sí mismo más joven, aún capaz de una felicidad que ahora le parecía ajena.

Recordó la última discusión con una claridad dolorosa.

—Es un milagro, Mauricio —había dicho Beatriz, temblando—. Los médicos se equivocaron. Son nuestros bebés.

Y él, frío, elegante, devastador:

—Los especialistas fueron claros. Yo no puedo tener hijos. ¿De quién son, entonces?

Beatriz se fue al día siguiente. Sin una nota. Sólo dejó su ausencia y su anillo sobre la mesa del comedor.

Mauricio creyó haber ganado. Se aferró a esa versión porque le permitía seguir adelante sin mirar el abismo que se abrió tras su marcha. Y su hermana, Elena Delgado, alimentó esa narrativa con una calma perfecta.

“Sólo te estaba utilizando.”
“Ya te lo advertí.”
“La familia es lo primero.”

Ahora, cuatro pares de ojos azules le gritaban que la verdad había sido muy distinta.

Llamó a su jefe de seguridad.

—Gómez… necesito que localices a cuatro niñas. Son idénticas, de nueve años. Y encuentra a Beatriz Molina.

La respuesta llegó al día siguiente, como una bofetada.

—Señor… Beatriz está en el Centro de Inserción Social Madrid I. Condena de seis meses por un hurto. Lleva cuatro ingresada.

A Mauricio se le nubló la vista.

Un hurto. Beatriz… la mujer que pedía disculpas por coger la última galleta. La mujer que cantaba canciones mientras arreglaba flores silvestres en un jarrón de la cocina.

La tarde siguiente, Mauricio siguió a las niñas desde la Castellana hasta calles cada vez más humildes. Las vio dividir un solo bollo de pan con jamón en cuatro partes iguales en una panadería de barrio, como si repartir el hambre fuera su rutina. Después entraron en un edificio desgastado con un letrero descascarado: HOGAR ALBA — Refugio para mujeres y niños.

Doña Carmen, una mujer mayor de mirada resuelta, las recibió con abrazos sinceros. Las niñas le entregaron el dinero de la venta como si le entregaran un tesoro.

Mauricio cruzó la calle y llamó a la puerta.

—Siempre necesitamos voluntarios —dijo doña Carmen, escudriñándolo de arriba abajo. Su ropa “informal” no lograba disimular del todo su posición—. Y necesitamos hombres que no vengan a jugar a héroes. ¿Qué sabe hacer?

Mauricio tragó saliva. Sintió, por primera vez en años, una vergüenza auténtica.

—Puedo repartir comida. Arreglar cosas. Acompañar a las niñas… si me lo permite.

Doña Carmen no sonrió, pero abrió la puerta.

—Empiece hoy. Y una advertencia: ellas no se fían fácilmente.

En la cocina, las cuatrillizas —porque eso eran, lo supo sin que nadie se lo confirmara— servían potaje con delantales que lesEsa tarde, mientras las niñas corrían hacia los columpios, Mauricio le tendió la mano a Beatriz y, por primera vez, no para exigir, sino para construir.

Leave a Comment