El niño que encontró una fortuna y cambió su destino

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Era una tarde fría de otoño en Barcelona. Javier, un chico de once años, rebuscaba entre los cubos de basura del barrio en busca de botellas vacías para vender. Su madre, Lucía, trabajaba como limpiadora y apenas les alcanzaba para pagar el alquiler. Al pasar por una calle elegante, vio a un hombre bien vestido tirar una chaqueta de piel a un contenedor.

Javier se detuvo. Aquella prenda parecía nueva, de esas que solo se ven en los escaparates del Paseo de Gracia. Con timidez, se acercó y murmuró:
—Señor, ¿puedo quedarme esta chaqueta? Es para mi madre, pasa mucho frío.

El hombre, sin mirarlo, hizo un gesto indiferente y se alejó en un coche oscuro. Javier recogió la chaqueta con cuidado, feliz de darle esa sorpresa a Lucía. Al llegar a casa, ella lo reprendió al principio.
—Hijo, no deberías coger cosas de la basura.
—Pero está como nueva, mamá —insistió él—. Mira, ni un rasguño.

Lucía cedió ante su insistencia. Colgó la chaqueta en una silla y siguió preparando la cena. Mientras, Javier metió la mano en el bolsillo y encontró un sobre grueso, sellado con cuidado. Lo abrió con curiosidad y el corazón le dio un vuelco: dentro había montones de billetes.

—¡Mamá! —gritó con voz entrecortada—. ¡Mira esto!

Lucía corrió y, al ver el dinero, se quedó sin aliento. Contaron los billetes uno a uno: treinta mil euros. Durante un instante, el silencio fue espeso. La tentación era enorme. Con esa cantidad podrían escapar de la pobreza, pagar deudas, empezar de cero. Pero Lucía apretó los labios.

—Esto no es nuestro —afirmó—. Lo devolveremos mañana.

Al día siguiente, con el sobre en mano, se presentaron en el edificio lujoso donde Javier había visto al hombre. El portero, receloso, llamó al dueño del piso. Cuando el hombre apareció en el hall, su mirada se cruzó con la de Lucía. Su rostro palideció.

—¿Lucía? —susurró él, atónito—. ¿Eres tú?

Ella también se quedó paralizada. Habían pasado más de diez años, pero nunca olvidaría esa voz. Era Adrián, su gran amor de juventud y el padre que Javier nunca conoció.

Adrián los invitó a pasar al salón. Todo en aquel lugar hablaba de dinero: muebles de diseño, cuadros valiosos, un piano de cola junto al ventanal. Javier, impresionado, no se atrevía a sentarse. Lucía sostenía el sobre con ambas manos.

—Esto estaba en el bolsillo de su chaqueta —dijo con calma—. Mi hijo la encontró en el contenedor.

Adrián la miró con una mezcla de vergüenza y asombro.
—No era basura —confesó—. Fue un arrebato… una estupidez. Había discutido con mi socio, sentía que todo se derrumbaba. Llevaba ese dinero para una inversión, pero en un ataque de rabia lo tiré.

Lucía asintió, sin palabras. Él la observaba con intensidad.
—No puedo creer que seas tú. Pensé que habías desaparecido.

Ella bajó la mirada. Hacía más de una década, cuando Adrián era un joven empresario sin fortuna, habían estado enamorados. Pero un malentendido y las presiones de su familia adinerada los separaron. Lucía descubrió que estaba embarazada poco después, sin poder encontrarlo.

Adrián miró a Javier.
—¿Él es…?

Lucía tardó unos segundos en asentir.
—Sí. Tu hijo.

El silencio que siguió fue casi irrespirable. Adrián se levantó, tembloroso, y se arrodilló frente al niño.
—No sé qué decir… No sabía de tu existencia.

Javier, confundido, lo miró con los ojos como platos.
—¿Tú eres mi padre?

Adrián lo abrazó con fuerza. Lucía, en un rincón, contuvo las lágrimas. Aquel reencuentro era tan absurdo como inevitable.

En las semanas siguientes, Adrián intentó acercarse a ellos. Llevó a Javier a su empresa, le compró libros, lo invitó al Camp Nou a ver al Barça. Con Lucía fue más difícil. Ella temía que todo terminara como antes, con promesas rotas. Pero Adrián insistía en que había cambiado.

—He aprendido lo que de verdad importa —le dijo una tarde—. Y no es el dinero.

A pesar del dolor del pasado, algo en Lucía empezó a ceder. Ver la felicidad de su hijo le recordaba todo lo que habían perdido.

Pero la vida no espera cuando el corazón quiere creer. Una sombra del pasado de Adrián regresó para ponerlos a prueba.

Una noche, mientras Lucía y Javier cenaban en su humilde piso, alguien golpeó la puerta con fuerza. Era Claudia, la exmujer de Adrián. Llevaba una mirada gélida y una sonrisa afilada.

—Así que tú eres la famosa Lucía —dijo, cruzando los brazos—. No para de hablar de ti.

Lucía mantuvo la calma.
—No quiero problemas. Solo busco lo mejor para mi hijo.

Claudia rió con desdén.
—No te hagas la inocente. Adrián quiere cedparte de su empresa a ti, pero no lo permitiré, así que más vale que te alejes si no quieres problemas.

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