Bajó las escaleras del frente tan rápido que casi se cae en el último peldaño, luego saltó de golpe al césped descalza, gritando como si alguien se estuviera quemando. Todos pensaron que estaba loca.
—¡No puedo más!— aulló, agitando los brazos como si intentara espantar pájaros.
Los vecinos asomaron la cabeza por las ventanas, algunos entre sorprendidos y otros entre molestos. Doña Carmen, la de la esquina, hizo la señal de la cruz y murmuró algo sobre “juventud de hoy”.
Pero ella seguía allí, pataleando en el pasto húmedo de rocío, riéndose entre sollozos, tan libre como un niño que descubre por primera vez la lluvia. La brisa le revolvía el pelo y el sol le doraba la piel.
—¿Estás bien?— le gritó alguien desde un balcón.
Ella se levantó, todavía jadeando, y les lanzó una sonrisa radiante.
—¡Nunca mejor!— respondió, antes de echar a correr calle abajo, dejando atrás un rastro de risas y miradas de incredulidad.
Y así, entre murmullos y chismes, se convirtió en la leyenda del barrio: la chica que un día se volvió loca de alegría en mitad de la tarde.