El magnate y el secreto del hijo de la limpiadoraAl descubrir que era su propio hijo, perdido hace muchos años, su corazón se llenó de una emoción abrumadora.

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Un millonario decide seguir al hijo de su asistenta… ¡y descubre una verdad que le rompe el alma!

Un hombre adinerado decide seguir al hijo de la mujer que limpia su casa y lo que descubre le parte el corazón en dos. Alejandro Montenegro tenía cuarenta y cinco años, el cabello engominado hacia atrás y una expresión severa que rara vez abandonaba su rostro. Vivía solo en una mansión al sur de la ciudad, con ventanales inmensos, muebles de diseño y una piscina que casi nunca usaba. Era propietario de una firma de arquitectura con más de doscientos empleados. Poseía tres coches de alta gama, dos relojes de lujo y una vida que, desde fuera, parecía perfecta. Pero la verdad era que Alejandro no tenía a nadie con quien compartirla. A veces se quedaba mirando su cena sin apetito, pensando en que nada le ilusionaba ya. Lo tenía todo, pero ya no sentía nada.

Cada mañana repetía la misma rutina. Se despertaba a las seis, tomaba café solo, revisaba sus correos y bajaba al comedor, donde el personal de cocina le tenía el desayuno preparado. No hablaba mucho; solo asentía con la cabeza si algo estaba bien o fruncía el ceño si algo no era de su agrado. Entre quienes trabajaban en su casa estaba una mujer que llevaba tres años a cargo de la limpieza. Se llamaba Carmen, aunque todos la llamaban Carmina. Tenía treinta y ocho años. Siempre llegaba con el pelo recogido, la ropa limpia pero desgastada, y una expresión seria pero amable. Nunca hablaba más de lo necesario. Hacía su trabajo con eficacia y sin molestar. Carmina tenía un hijo de dieciocho años que cada día venía a buscarla a las tres de la tarde. Se llamaba Diego, un chico delgado, de tez morena clara, mirada serena y una mochila vieja colgada al hombro. Casi nadie reparaba en él. Entraba por la puerta de servicio, saludaba en voz baja a los empleados y se sentaba a esperar a su madre en la zona de personal. A veces ayudaba a barrer el patio o a organizar bolsas de basura. Nunca pedía nada, siempre esperaba con paciencia.

Un día, mientras Alejandro bajaba la escalera hablando por teléfono, lo vio. Diego guardaba varios tápers en su mochila, ayudando a su madre. Carmina le hablaba en voz baja pero firme. Le decía que cerrara bien la mochila para que no se abrieran. Él asintió. Cuando Carmina terminó su turno, salieron juntos. Alejandro no dijo nada, pero aquella imagen se le quedó grabada. Pasaron varios días y el empresario comenzó a notar que, siempre a la misma hora, Carmina apartaba comida sobrante del almuerzo del personal y del propio Alejandro. Lo hacía con cuidado, sin desperdiciar, sin coger nada que no le correspondiera. Después lo metía en la mochila de su hijo. Nadie decía nada, pero Alejandro lo notaba, y le producía una curiosidad intensa.

Una tarde, Alejandro tuvo una reunión cancelada y no supo qué hacer con su tiempo. Asomó por la ventana y vio a Diego saliendo de la casa con su mochila. Algo en él le picó la curiosidad. Sin saber muy bien por qué, bajó al garaje, subió a su todoterreno y comenzó a seguirlo. Mantuvo la distancia. Vio que Diego caminaba tranquilo, sin mirar atrás. Avanzaba por la acera con paso seguro, como quien sabe muy bien adónde va. Doblo en una esquina, cruzó una avenida y entró en una zona más humilde de la ciudad. Alejandro redujo la velocidad, lo siguió hasta que el joven se detuvo bajo un puente. Había unas seis personas sentadas en el suelo, con mantas, bolsas de plástico y botellas de agua. Lo que ocurrió después le dejó sin aliento. Diego sacó de su mochila los cinco tápers, uno por uno, y se los fue entregando a aquellas personas. No era una simple entrega. Se agachaba, los miraba a los ojos, les preguntaba cómo estaban. Uno de los hombres se levantó y le dio un abrazo. Una mujer le acarició la mejilla. Un chico de su edad le ofreció su único refresco. Diego sonreía. Se notaba que no era la primera vez que lo hacía. Alejandro observaba desde su vehículo. Nunca había visto algo así de cerca. No era un acto de caridad, era algo más. Había respeto, había costumbre, había cariño. Diego no buscaba aplausos, no llevaba móvil, no grababa nada; solo estaba allí, como parte de su día.

Esa noche, Alejandro no pudo conciliar el sueño. Pensó en su propia juventud, en cómo todo lo que tenía se lo había ganado con esfuerzo, sí, pero también con cierta dureza. Siempre creyó que la vida era para competir, para ascender, para ganar. Pero aquel chico con su mochila gastada había hecho más por seis personas en veinte minutos de lo que él había hecho en años. Al día siguiente, repitió la jugada. Lo siguió de nuevo, mismo camino, mismo puente, mismos tápers. Y otra vez aquella entrega, sin prisa, sin espectáculo, con el mismo respeto de siempre. Durante la semana, Alejandro no dijo ni una palabra sobre lo que había visto. Solo permanecía más tiempo en casa para poder salir a la hora exacta en que Diego se marchaba. Cada día se convencía más de que aquello no era casualidad. Aquel joven no lo hacía por obligación ni por complacer a su madre. Lo hacía porque quería.

Un viernes por la tarde, mientras estaba en el despacho de su casa, Alejandro llamó a uno de sus ayudantes y le pidió el expediente completo de Carmina. No por cotilleo, sino porque necesitaba entender quién era aquella mujer que había criado a Diego. Al revisar los documentos, supo que era viuda desde hacía más de quince años, que nunca había faltado al trabajo, que siempre llegaba puntual, que nunca había pedido un anticipo. Vivía en un piso pequeño en un barrio modesto. Había cambiado tres veces de empleo antes de llegar a su casa, y en todos la describían como trabajadora, discreta y formal. Cerró la carpeta sin decir nada. Después bajó a la cocina, sirvió agua en un vaso, se apoyó en la encimera y se quedó mirando la puerta por donde cada día salían Carmina y su hijo. Algo se removió en su interior, algo que no sabía nombrar. No era lástima, era otra cosa. Curiosidad, admiración, o quizá una mezcla extraña de emociones que hacía mucho que no sentía.

El sábado por la mañana se despertó más temprano de lo habitual. El sol entraba con fuerza por la ventana. Bajó a desayunar como cada día. Pero esta vez, cuando Carmina entró a limpiar el comedor, él alzó la mirada. La observó con atención. Ella no se percató. Siguió limpiando como siempre, como si nada estuviera cambiando. Pero sí, algo estaba cambiando. Eran las tres de la tarde y el sol caía a plomo sobre el patio trasero. Carmina acababa de salir de la cocina con su delantal doblado en la mano. Diego ya la esperaba junto a la puerta de servicio. Tenía la mochila abierta y se notaba que intercambiaban unas palabras rápidas, como cada día. Ella metió con cuidado los cinco tápers, los acomodó para que no se volcasen y luego puso encima una servilleta doblada con una goma, como si…

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